lunes, 21 de enero de 2013

Lágrimas en los pañales, por María del Mar Quesada.



Yo tenía 8 años cuando fui a un campamento de verano cerca de Santander, era la primera vez que estaba dos semanas sin mis padres, pero fueron unas vacaciones divertidas. La mañana del día que volvíamos a nuestra ciudad  me llamaron por megafonía,  pensé que mis padres habían venido a recogerme y  así no tendría que ir en el autobús, sin embargo era otra familia la que me reclamaba. Era la familia Valdés, amigos de juventud de mis padres que vivían en Santander. Al saber  que yo estaba tan cerca de ellos, decidieron que pasara unos días con ellos. A mí, nadie me preguntó si me quería ir con ellos, de hecho mis padres no conocieron sus intenciones hasta que no llegamos a su casa. Tenían dos hijos, Pablo  de nueve años que nos ignoraba y Natalia de 7 años,  una niña muy guapa y muy seria,  cuando  jugábamos  juntas nunca nos enfadábamos.

El primer día, después de almorzar,  la madre ordenó a Natalia  que fregara los platos y recogiera la cocina, cogió un banquito para ella y otro para mí y nos pusimos a  fregar, la primera vez me pareció un juego y comprobé que no era la primera vez que Natalia lavaba los platos, pero dejó de ser divertido cuando tuvimos que “jugar a las casitas”  todos los días por obligación, mientras su madre dormía la siesta.  Un día,  Natalia le dio una mala contestación a su madre,  ésta dirigió una mirada  agresiva al  padre.  Éste se levantó de pronto  cogió a Natalia del pelo, la llevó hasta la cama y la empujó, se quitó el cinturón y empezó a pegarle. Sentí miedo de verdad por primera vez en vida.  A partir de esa noche estuve llorando casi todas las noches. En mi corta edad creí comprender por qué  Natalia dormía con pañales, pese a no tener edad para ello. Mis lágrimas eran  vertidas por  los ojos, sin embargo ella  tendrían muchas más lágrimas y por eso tenía que verterlas en los pañales por la noche.

En esos días cada vez que  mi madre llamaba por teléfono,  la madre de Natalia siempre le decía que yo estaba bien, así que un día que conseguí hablar con mi madre, me puse a llorar desconsoladamente y le pedí que viniera. Al día siguiente mis padres fueron  a buscarme.

Durante los siguientes años nuestras familias se veían en bautizos, comuniones  y vacaciones de verano. Quince  años después,   cuando yo tenía 23 años, un fin de semana de otoño que mis padres tuvieron que ir a Santander,  se trajeron a Natalia en el viaje de vuelta. Había roto con su novio y mis padres al verla tan triste y destrozada, la invitaron a pasar  unos días con nosotros, sus padres a regañadientes la dejaron venir. 

Llamaba la atención su abatimiento y tristeza, yo que había pasado ya por alguna ruptura de enamorados, no entendía como podía estar tan derrumbada  por un novio. Una tarde nos fuimos de compras, en una  tienda ella vio una falda y le dije que se la probara.

-        Seguro que no me queda bien, tengo unas piernas muy feas.
-        ¡Tú estás loca, pero si tienes unas piernas preciosas! – y era verdad, yo se las había visto.
-        Roberto, mi novio siempre me decía que no me sentaban bien las faldas, ni los vestidos porque no tenía unas piernas bonitas.
  
Intuí que debajo de aquel comentario había mucho más.  Natalia era una mujer de 22 años alta, de piernas largas, poco pecho, pelo castaño claro, ojos verdes,  era  guapa aunque tenía la cara marcada por el acné, no era ningún adefesio como le había hecho creer su novio.

Poco a poco se fue relajando conmigo y empezó a confiarme su historia. Había estado tres años con  Roberto, había sido una relación con muchos altibajos, con muchas idas y venidas. Sin ella expresarlo abiertamente, él la había estado humillando psicológicamente hasta dejarla como una muñeca rota. Yo solo lo había visto una vez en mi vida,  no me quedaron ganas de verlo más. Ese fin de semana que fui a Santander,  su novio decidió llevarnos a tomar café en una  cafetería del pueblo vecino. Estábamos  parados en un semáforo y sin avisarnos aparcó el coche en doble fila en una avenida ancha y  dijo que iba a comprar tabaco.  Nos quedamos  en el coche esperando,  cuando habían pasado 10 minutos, salimos  del coche y fuimos al bar. Entramos y vimos a  Roberto  sentado en la barra, tomándose un café tan tranquilo mientras charlaba con una muchacha que resultó ser la camarera. Natalia le preguntó qué estaba haciendo y él  contestó que no tenía que dar explicaciones, que se estaba tomando una café y punto. Para no montar una escena  delante  de mí, Natalia le pidió por favor que  saliera fuera para hablar.  Roberto  se levantó con mucho genio y le dijo que antes  pagara el café. Después de pagar su café, salimos del bar, el coche no estaba, se había ido. Nos había dejado tiradas como colillas. Esperamos durante 40 minutos y viendo que no venía y  Natalia tenía que  ir  a trabajar, llamó a su  hermano para viniera a recogernos, le explicó que el coche se había estropeado y que su novio lo había llevado a un taller. Durante esos 40 minutos de espera, Natalia evitó hablar sobre lo que había ocurrido y yo estaba tan impresionada con lo que había visto, que no supe tampoco qué decir. Al día siguiente, Natalia  lo llamó y el muy desvergonzado no solo no pidió perdón, sino se quejó de que le había fastidiado el sábado, y no tenía ganas de verla en unos días.  Desconozco qué ocurrió después.

Cada vez que me contaba un episodio de su noviazgo, comprendía menos como una mujer con carácter fuerte, se había dejado doblegar como la plastilina. Recordando aquel verano  de los campamentos,  me sinceré y le comenté que me lo pasé llorando porque tenía miedo de hacer algo malo y su padre me pegara. Como si hubiera descorchado una botella de champán,  comenzaron a brotarle unas lágrimas cargadas de dolor y tristeza,  se me encogió  el alma de verla así.  Con toda la pena  de su alma rota me explicó:

-        ¡El peligro no era mi padre, sino mi madre! Ella  no  me ha puesto nunca una mano encima, pero ha conseguido que mi padre fuera su brazo ejecutor. Mi padre es un pobre hombre, tímido, apocado y dependiente emocionalmente de la bruja de mi madre,  que lo  manipula y además no es nada afectiva con él. Cuando yo,  que para mi desgracia  he  heredado el carácter de mi madre, me enfrentaba a ella, ésta conseguía con una sola mirada  que él  ejecutara su rabia sobre mí. A  mi hermano nunca lo han tocado. 

Ante mi cara de asombro, Natalia continuó.

-        ¡De verdad, mi  padre es una buena persona!...  solo que no tiene carácter y se ha  dejado manipular para complacer a su  esposa. De hecho, cada vez que él  me pegaba una paliza y mi madre no lo veía, se abrazaba a mí llorando y me pedía perdón desolado. Para mí, era muy duro verlo llorar como un niño pidiéndome perdón, yo sé que él me quiere, pero siempre  ha tenido  miedo de enfrentarse a  mi madre.

Yo no me atreví a  hablar, la abracé y con miedo de saber la respuesta le pregunté hasta cuándo había durado aquello. Natalia me respondió que la última vez había sido hacía un año. No volví a preguntar más, sencillamente dejé que se desprendiera de su vida de dolor.

Sin dar muchos detalles a mis padres, les pedí que convencieran a la familia Valdés para que  Natalia  se quedara en casa más tiempo, a fin de cuentas estaba en el paro no había prisa para volver,  así que las dos semanas se convirtieron en meses.  Durante ese tiempo hubo un cambio en Natalia, empezó a cuidarse y arreglarse,  buscó trabajo y empezó a quererse. Yo procuraba estar con ella todo el tiempo que mi trabajo me permitía.

Un sábado al mediodía llegué a casa y Natalia había salido con un chico que la había llamado por teléfono. El chico en cuestión era Roberto su novio.  La había encontrado y vino a marcar su territorio. Ese fin de semana apenas estuve con ella, pero no vi cambios en ella,  parecía contenta y segura así que no me preocupé.

Como se acercaba la Navidad, Natalia nos dijo que quería ir a Santander con su familia.  Así que se iría en tren el último sábado antes de Navidad. El viernes antes  de su partida habíamos organizado una salida de despedida,  sin embargo  cuando llegué de trabajar, me encontré a  Natalia con los ojos verdes rojos del llanto; el impresentable de su novio le había llamado para decirle que se iba a vivir con su nueva novia. El destino parecía ir en contra de la libertad de Natalia, pues me confesó que el fin de semana que vino su novio, se habían acostado sin usar ningún anticonceptivo y llevaba una semana de retraso.  Decidí llevarla  hasta Santander en mi coche, no la podía dejar sola, me sentía responsable. En aquel momento, mi rabia era tal que si me hubiera encontrado a ese cabrón lo hubiera matado.

Devolvía a Natalia en peores condiciones en que  me la había encontrado. Durante aquel  viaje en coche, ella no hablaba, solo lloraba. Yo solo pensaba cómo una persona podía llegar  a conseguir la anulación física y emocional de otra bajo el paraguas del amor.  Entendí que  Natalia había sido capaz de soportar todas las humillaciones de las personas que quería, porque lo único que anhelaba  era el abrazo y las palabras cariñosas del perdón posterior. Ese momento de disculpa, era  la única prueba de amor que ella conocía.

miércoles, 16 de enero de 2013

Andrés, perdón y gracias; por Víctor Varela.


No entiendo cómo se atreve a dirigirse a mi este simple operario de informática. Tengo a mi cargo a más de cien de estas miserables cucarachas chantajistas. Pero no me va a sacar nada. Antes invierto todo lo de la cuenta de despidos en papel higiénico y ambientadores. ¿Es que cree que con ese pelo desaliñado y esa barba de cuatro días va a darme pena? Lo que me da es asco.

Don Julián esto, Don Julián lo otro, que si necesito pagar las facturas, que si los libros de mi hija... Yo también necesito pagar mis facturas, y son muchas mas que las tuyas seguro. Y si el Ayuntamiento no me paga ¿de donde quiere que saque el dinero? ¿Lo pinto?

Tres años llevo pagándole todos los meses religiosamente y solo en los últimos tres no he podido cumplir con sus nóminas. Pero da igual como se lo explique. ¡Que no hay dinero, coño! Pero no, mantendré la compostura. Yo no estoy a la altura de estos bichejos. No necesito dar pena. Por mí como si se echa a llorar. Es lo que me toca aguantar. Venga, ve terminando ya, que voy a llegar tarde a la reunión del club. Que si, que vale, que ya te pagaremos la semana que viene....

¿Cómo? Y encima se atreve a insinuar una amenaza... No te tengo miedo, ahora si que no vas a ver ni un euro hasta que me salga de las narices. Esta gente es peor de lo que pensaba. ¿A que tengo que llamar al de seguridad para que lo eche? Bueno, ya, ya parece que esta acabando...

- Bien, entonces quedamos en eso. No te preocupes... esto... Andrés, que la semana que viene recibiremos la transferencia y seguro que os pagamos a todos. Eso, vale, hasta luego... que si... la mano... venga... sonrisa y …. ¡por fin!
- ¿Marisa? Si queda alguno dile que vuelva mañana.

A ver, ¿lo llevo todo? Si, la cartera... ¡vaya, tengo que sacar dinero del cajero! Hoy me toca pagar la primera ronda... ¿Las llaves del BMW? Si, en el bolsillo ¿Dónde lo dejé aparcado? Ah
si, es verdad, en la avenida por las malditas obras.
Oigo pasos, alguien me sigue. ¿Dónde estará el puto coche? ¿Quién será? Cada vez está mas cerca.... ¡Andrés! ¡Maldita sea! ¿Querrá atracarme? Pues se va a llevar un desengaño, porque no llevo nada.... ¡Puta chusma de mierda!
No, no es eso, quiere matarme. ¡Seguro que se droga!
No puedo ir más rápido, ¡me va a estallar el corazón!
- ¡Socorro! ¡policía!
- ¡Don Julián! Si soy yo, Andrés
- ¡Alejate, asesino!
- ¡Don Julián, ¿se encuentra bien? Su abrigo... me lo dió Marisa, se lo dejó olvi... ¡Don Julián, a
su izquierda! ¡La furgoneta!
Mis últimas palabras fueron: Andrés, perdón y gracias...

El Coleccionista, por José Miguel García.


Cuando conozco a alguien  no le miro a los ojos ni a los labios, le miro a sus manos, a sus dedos. Los dedos dicen todo de quien los posee. Desde hace algún tiempo me asalta la duda si no son ellos los que nos poseen a las personas. Hay dedos de muchas clases, delgados y huesudos, cortos y rechonchos, firmes, gastados, suaves, húmedos, carnosos, raquíticos; dedos mendicantes, dedos feroces, dedos de artistas, dedos prostitutas, de abuelas, de señores, de desalmados, dedos de abandono, de tristeza, dedos alegres, juguetones... todos muy distintos pero siempre pequeñas obras de arte, reducidos libros donde se escriben las vidas de quienes se creen su dueños. Siento por ellos una inmensa fascinación.

      No tengo aficiones normales como la mayoría de la gente, será por esa razón por la que me siento especial. Si llegaran a conocer lo que hago, muchos pesarían que estoy loco. En realidad no me importa en absoluto, desde niño he sabido ocultar mis sentimientos, construir mi propio mundo, vivir en él ajeno a las opiniones de los demás y pasar desapercibido como si fuera invisible. Pero ya no soy un niño, he cumplido los veintiocho años y llevo una vida corriente, tengo trabajo y  el aprecio del doctor Jacobson, mi jefe, un viejo forense  medio ciego y algo enfermo. Soy su ayudante en la morgue del Hospital  Danderyd, una pequeña ciudad cerca de Estocolmo. Aunque hice dos años de medicina, al encontrar este trabajo decidí no continuar en la universidad, allí era imposible ser yo mismo. Aquí soy feliz, tengo todo lo que deseo.

      Mi trabajo consiste en trasportar a los que mueren en el hospital hasta el depósito y, cuando lo autorizan, los adecento, los maquillo y los visto antes de que los lleven a la tumba para que tengan un aspecto agradable. Que parezcan dormidos en vez de muertos es  lo que se me pide y lo hago bien. Durante el tiempo que llevo ejerciendo la profesión no he tenido ninguna queja... ni de los difuntos ni de los familiares. La verdad es que a estos últimos nunca les pregunto, pero a los difuntos sí lo hago y entiendo su silencio como el visto bueno a mi tarea.

      No es un trabajo complicado, basta con no tener en cuenta las miradas de miedo y asco de los demás cuando me ven pasar empujando la camilla por los pasillos del hospital y tener cierto gusto para dar un toque de color aquí y allá, sobre todo alrededor de las mejillas y en la parte baja de los ojos, peinar los cabellos con mimo hasta conseguir que parezcan que sueñan. Hay muchas personas que tienen reparo ante la muerte; yo no la tengo, creo que es una parte de la vida: una senda que hay que seguir para que la existencia no se detenga. No me imagino un mundo sin muerte. Sería terrible.

       Mi madre murió hace unos meses, una parada cardíaca decía en su parte de defunción. Aunque el doctor Jacobson se ofreció para buscar a alguien de otro hospital que quien hiciera mi tarea, me negué en rotundo: nadie mejor que yo la conocía, nadie lo hubiera podido mostrar en la muerte como era en la vida, nadie podría haberla preparado mejor que yo. Disfruté como nunca ese día. Ha sido mi mejor obra, una verdadera obra de arte. A pesar de sus ochenta y dos años, cuando la incineraron no parecía tener más de cincuenta. Con el cabello desmadejado sobre los hombros, la sonrisa pintada en los labios y ni una sola arruga en el rostro, era la digna representación de una diosa dormida; una valquiria de quien Odín estaría orgulloso esperándola en su paraíso. Es cierto que no lloré su muerte, supongo que la quería, pero lo cierto es que no se llorar. Ahora que reparo en ello, creo que jamás he llorado.

      Nunca me ha parecido nada macabro desenvolverme entre difuntos, es más, desde pequeño me gusta observarlos y ahora disfruto pasando mis horas con ellos. Recuerdo que el primer cadáver que vi fue el de mi abuelo. Murió con noventa años, yo entonces no contaba mas de nueve, en su rostro casi no tenía carne -la había devorado el cáncer-, sólo dos cuencas profundas sobre los pómulos sobresalientes como dos montañas, una barbilla larga y la boca hueca era todo lo que quedaba de aquel hombre que, años atrás, me subía en sus hombros instándome a tocar las estrellas.

      Todos los presentes en el velatorio quedaron atónitos cuando me acerqué, le tomé la mano y tras mirarlo fijamente durante un rato le besé en los labios. Fue un beso frío, como si hubiera besado a una estatua deforme, y sin embargo sentí lo mismo que cuando me obligaban a besar a mi tías: nada. Pero no fue el beso lo que me marcó, fue el tacto de su mano. Tenía todos dedos encogidos por la artrosis, menos el índice que permanecía firme como si quisiera indicarme el camino. Desde entonces no hay difunto ni vivo en el que no repare en sus manos y, en particular, en el índice de la mano derecha.

      He aprendido mucho desde que tengo este trabajo. En las manos descubro mucho más de lo que pueda imaginarse. Cuando estoy a solas en el depósito miro de frente al cadáver y le pregunto: ¿ Quien eres?, ¿ Que has hecho en tu vida? ¿ Has sido feliz ? ¿ Has amado?. ¿ Ha valido la pena?. Miro sus labios entreabiertos como si me fueran a contestar y me invento las respuestas, hago mis deducciones y trazo las líneas de una vida imaginaria. Cuando ya creo tenerlo todo atado me detengo en sus manos. Miro el dedo índice de su mano derecha y entonces se si he acertado. Los dedos humanos tienen para mi una atracción especial desde que acaricié el de mi abuelo, una especie de obsesión que da sentido a toda mi existencia.

       Llevo aquí toda la noche con la mirada fija en el dedo del doctor Mac, es el primer dedo vivo con el que inicio mi nueva colección. Es un dedo  delgado, fuerte y bien formado. Un dedo triunfador. Para que no se estropee he llenado de formol el tarro donde lo conservaré y le he hecho el vacío. Me ha costado encontrar entre los tarros del laboratorio uno a su medida. Es un dedo mas largo de lo normal, entrenado para su oficio de cirujano.

      Después de mucho buscar, en la zona más alejada del laboratorio, medio oculta entre otras muchas cajas encontré una sin abrir con veinte tarros de cristal de cierre hermético. Al principio me disgustó que fueran un poco más grandes de lo que hubiera deseado, pero ahora me alegro. La pieza luce mucho más y podré comprobar si es cierto el mito popular que afirma que las uñas crecen después de que el cuerpo ha muerto. Haber dejado unos centímetros de margen me da esa posibilidad aunque no creo en esa superchería: nada crece después de la muerte salvo la muerte misma.

      Como he dicho es mi primer dedo vivo, tengo muchos dedos más, cerca de cuarenta : treinta y ocho para ser exactos, obtenidos de cadáveres. Pero no es lo mismo, esos son dedos muertos que no me han costado ningún esfuerzo conseguirlos. Desde hace dos años hay pocos cadáveres en esta ciudad a los que no le falte el dedo índice. Admito que ha sido un ejercicio necesario, algo así como el coleccionista de sellos que empieza su colección con sellos usados para después del entrenamiento iniciar por fin  la verdadera colección: la de sellos nuevos. Hace unas semanas supe que estaba preparado para subir el escalón, he dado el paso y ha merecido la pena.

       En el tiempo que he estado estudiando el dedo del doctor Mac he descubierto mil detalles que con los otros ni siquiera había imaginado: he observado que las arrugas que van desde la uña al primer nudillo son muchas más de las que hay entre ése y el siguiente, estas son horizontales, pero las de la parte inferior son verticales, la uña ha cambiado de color tres veces en menos de veinticuatro horas, - por cierto que el doctor Mac debió hacerse la manicura hace poco porque la uña está perfectamente cortada-. Pero de todo, lo que  más  ha llamado mi atención son las crestas de la huella, siempre he creído que la mitad de una huella era idéntica a la otra, sin embargo con la de Mac no ocurre. He marcado la huella sobre un papel y al doblarlo he comprobado que no coincide. No puedo aún sacar una conclusión final, el método científico me obliga a comprobar esta hipótesis en un número aceptable de casos. Conforme aumente la colección lo verificaré y si fuera cierto le dedicaré un capítulo en el libro que estoy escribiendo.

      Cada vez que recuerdo el mimo que puse al cortarlo no puedo evitar que una sensación de felicidad me invada. Cierro los ojos y recreo el filo impoluto del bisturí dirigiéndolo hacia la base y, con el máximo cuidado para no tocar ningún hueso, aunque no me fue posible hacer lo mismo con los tendones, adentrarse en la carne y tras un pequeño esfuerzo cortar sus cadenas. Fue un corte limpio, un corte digno del mejor cirujano. Digno del dedo del doctor Mac. Apenas sangró y estoy seguro de que él no se dio cuenta, tan sólo oí un leve quejido en sus labios. La anestesia evitó que gritara y de haber fallado hubiera sido imposible que se escuchara nada desde la calle: este sótano es profundo y además le había llenado la boca de gasas. No me gusta dejar nada al azar.

      Es un poco tarde, dentro de tres horas tengo que volver al trabajo, lamento tener que despedirme del doctor Mac. Me gusta utilizar ese eufemismo mas que decir que lo voy a hacer desaparecer. No estaba en mis planes que esto ocurriera, pero me vio un segundo antes de que le hiciera efecto el barbitúrico que le puse en el café. Oculto en el aparcamiento observé como llegaba a su coche algo aturdido. Esperé unos minutos, pero como luego comprobé, no fueron suficientes. La impaciencia me hizo precipitarme. Aunque estaba a un paso del desmayo, volvió la cara al sentir que se abría la puerta del coche, seguramente para pedir ayuda y me reconoció. No me cae mal el doctor Mac, de hecho es el único que se dirige a mi cuando nos cruzábamos por el pasillo del hospital: él vestido de verde recién salido del quirófano y yo de blanco conduciendo la camilla con el último difunto.

       -Hola Fran, me suele decir- eres un buen chico, estudia y algún día serás el forense de este hospital. No lo dejes mucho que tu jefe está a punto de jubilarse.

       Yo sonrío, agacho los ojos y le miro las manos sin que él se de cuenta. La última vez que nos cruzamos puso su mano sobre mi hombro y me dio unos golpecitos cariñosos sin decir nada. Al sentir el contacto fue como si un terremoto se hubiera desatado en mi interior, una corriente de mil voltios corrió libre por mis venas disparando la adrenalina hasta ponerme al borde del infarto: me sentí como si un ángel me hubiera rozado con sus alas.

      Sujetándome  a la camilla para no caer le vi alejarse por el pasillo hacia la máquina de café. Siempre lo hacía después de una operación y repetía tras cambiarse para volver a su casa. Quedé fascinado recordando sus manos hasta que de pronto comprendí que todo lo ocurrido era la señal que anunciaba el comienzo de la colección de los dedos vivos.

      Dos semanas he tardado en trazar el plan. Hoy por fin he comenzado a cumplir mi sueño.

lunes, 14 de enero de 2013

Solo abrazado a ella, por Matilde López de Garayo.


Me dirigía a casa de Emma, en el maletero, una bolsa de viaje, el portátil y las carpetas del expediente Palas, un caso de divorcio y custodia que nos estaba resultando complicado por la cantidad de bienes y patrimonio que poseían, la falta de colaboración por parte de ambos esposos y la custodia del menor incapacitado.

La Navidad se había colado en la rutina laboral y con ella las tensiones familiares, las prisas, y todos los desajustes propios de estas fechas y que yo había desterrado junto con su espíritu de armonía, cordialidad y buenas  intenciones, hacía dos años, cuando recibí   la notificación de mi divorcio por carta.

Fue una sacudida seca, cortante y fría en toda mi concepción de los sentimientos humanos, de la lealtad, del respeto, del matrimonio, y aquel Santiago de cuarenta y cuatro años, sensible, detallista y enamorado, murió el día que cerré por última vez mi hogar, ese hogar que había compartido durante cinco años con la mujer de mi vida, ¡Bueno!, Eso creía yo, el caso es que los últimos tres años había estado viviendo un engaño, una quimera.

Desde mi separación, paulatinamente, me había ido convertido en una persona arisca, huraña, y porque no decirlo, algo misógino.

Creo que esto último fue lo que provocó que Alberto, el director del bufete me convocara a una reunión y me impusiera unas nuevas condiciones de trabajo, nuevas, ¡No! , nueva, se llamaba Emma.

Conocía algunas referencias de ella, que por lo menos, no me habían disgustado, como  su seriedad, disciplina, y el éxito en casi todos los casos que los que había intervenido. Alguna vez habíamos coincidido en la cafetería, con más compañeros, y de los comentarios de aquellos desayunos supe que era viuda desde hacía dos Navidades, ¡Qué coincidencia!, Que se había instalado en Madrid el año pasado, consiguiendo al instante un trabajo en uno de los bufetes más prestigiosos de Madrid, el mío. Sin embargo estos comentarios habían quedado en el olvido hasta que ese jueves de noviembre, entró en mi despacho para iniciar nuestra relación profesional, fue cuando realmente la miré por primera vez.   

No es que fuera una belleza, pero sus grandes ojos oscuros, expresivos, su nariz pequeña,  recta y unos labios delgados, le proporcionaban un atractivo agradable, delicadamente sensual, apenas maquillada se podía apreciar la suavidad de su piel. Me incomodé un poco al sentir su mirada posada en mi rostro. Bajé los ojos al instante, ofuscado por haberme descubierto observándola.

Pero no fue la única contrariedad que sufrí en los siguientes días. Mis comentarios sarcásticos  y secos,  ella los ignoraba por completo, y reconducía cualquier intento de ofensa o comentario peyorativo contra el sexo débil, a una inteligente crítica hacia mí. Hasta tal punto estaba influyendo en mi persona, que en unos días había conseguido que me volviera a comportar como un ser civilizado y empezando a aceptar de nuevo a la sociedad que me rodeaba, la sociedad y a sus mujeres. ¡Incomprensible!

Por eso el 21 de diciembre conducía por la M-601, y me desviaba por la salida de Navacerrada hasta llegar a su adosado en Cercedilla, en plena Sierra de Guadarrama.

Cuando llegué a su casa, me acompañó a un pequeño despacho al lado del salón, rodeado de estanterías llenas de libros, no sólo de leyes sino de novelas, ensayos y poesía. Me senté a su lado y saqué todo el dossier ya clasificado. Empezamos a leer, comentar y anotar, como ayuda la mesa llena de códigos, revistas profesionales y el acceso al memento en el ordenador. Permanecimos durante cuatro horas sin descansar.

A las nueve de la noche dimos por terminada la jornada, había comenzado a llover hacía dos horas, y la tormenta estaba justo encima de nosotros. Entramos en la cocina y mientras preparábamos la cena, empezamos una conversación insustancial. Pronto me di cuenta que el tema  giraba en torno a Alberto, el director del despacho, y otra vez ella había utilizado su habilidad para hacerme hablar de aquello que me escocía desde hacía dos Navidades, mi divorcio.

-Fue una encerrona por parte de Alberto, sabe que desde mi separación, me cuesta relacionarme con mujeres, las esquivo, bueno, las esquivaba –Y aproveché la ocasión para mirarle a los ojos, últimamente me costaba menos sostener la mirada, proseguí -Procuraba evitarlas, evitaros, él me decía que lo personal no podía interferir en lo profesional. Ahora pienso que llevaba algo de razón.

Me entrega una botella de vino para abrirla y  comenta -Alberto siempre actúa con doble intención, una la conoces, otra...- se encoge de hombros y me sonríe, con una sonrisa franca que empieza a gustarme, lo que no me agrada es el tono de confianza que utiliza cuando habla del jefe, ya se lo he notado en varias ocasiones, y mi imaginación empieza a funcionar.

Abro un Marqués de Riscal, gran reserva del 2006

-¡Buen vino! –Exclamo asombrado, y disimulando mi azoramiento. Ella me contesta totalmente relajada y sin demostrarme  si ha descubierto alguna vacilación en mis palabras.

-Creo que compartimos nuestra afición por el néctar de los dioses, esté precisamente me lo regaló Alberto. – Yo me quedo un poco cortado, y se me agolpan miles de preguntas en la cabeza, sin embargo sólo atino a balbucear

-¿Es que tienes una...? ¿Parece que lo conoces muy bien?- Me detengo intentando analizar la  emoción que estoy sintiendo en estos momentos, ¿Cómo puedo formularle unas preguntas tan directas?, ¿Celos?, ¡No puede ser! Bebo un poco de vino e intento remediarlo diciéndole -Soy un imprudente, perdona

-No tiene importancia, ¿Qué si lo conozco?, Si y bastante bien- Vuelve a sonreír y acerca la copa para brindar. Se calla dejándome con la incertidumbre de ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo?

Sé que es su forma de decirme “Ahora antes de perder los nervios, te calmas y tomas perspectiva”, me disculpo y salgo de la cocina, noto cómo se me ha acelerado las pulsaciones, y estoy a punto de estallar por mi necedad.

Entro en el salón y observo los cuadros de la pared, todos son acuarelas, donde un denominador común aparece en ellos, una mujer, me da la impresión que es Emma, Emma en al cocina, en un jardín, en un huerto, en la playa, y me detengo en esta pintura. Mientras le doy vueltas a la copa de vino llevándola a mi nariz para apreciar inconscientemente  el aroma  a madera de roble, a fresas y frutos silvestres, y su equilibrio y sabor ligeramente ácido, me empieza a tranquilizar, al igual que los cuadros, al igual que esa  marina.
Un mar de aguas claras y azules, alguna nube salpicada en el cielo, suaves olas, una barca cerca de la playa y una mujer dentro de ella, con un vestido largo, color crema. La mujer, se encuentra de pie, un poco inclinada, y con delicadeza está echando el ancla por la borda. Puedo imaginar la suave brisa que  mueve su melena castaña, la barca y el agua.  Mezclado con los aromas del vino me viene del recuerdo del olor a sal y pescado al tiempo que observo las gaviotas planeando sobre el lienzo, o sobre la arena de la playa, con sus  pequeños saltos buscando algún alimento que hubiera traído la marea.

Me quedo absorto en la belleza de la composición y no me doy cuenta que ella está a mi lado hablándome, hasta que suavemente me roza el brazo

-Las pintó mi marido hace cinco años, cuando se estaba abriendo camino, por fin, en  el mundo del arte, ¡Hubiera sido un gran artista! – Es la primera vez que puedo notar su tristeza, y exclamo con toda sinceridad.

-Es un buen artista, hacía tiempo que una pintura no me conmovía tanto, y ésta lo ha hecho- Bebo mi segunda copa de vino.

Pienso en todo el amor que se desprende de aquellos cuadros, de todas las fotografías que están dispersas en cualquier rincón del salón, en el marido de Emma que fue capaz de plasmar sus sentimientos de una manera tan  sutil y hermosa y pienso en mi compañera, en mi desconocida compañera, en su dolor, posiblemente escondido entre esa sonrisa franca, sana, asimilando su destino, su pasado y presente sin rencores ni resentimientos por la vida, con la vida... Y pienso en mí, en mi obcecación por  sentirme víctima,  amargando a todos los que estaban a mi alrededor, sin querer salir de mi estado de confort, y no sé si es el vino, el que me está embriagando, o la acuarela, pero noto que mis ojos se están humedeciendo.

Y analizo mis sentimientos y el torbellino de emociones delante de ese dibujo, de lo que significa y de la lección que me está dando de la vida.

Suavemente Emma me despierta de mi ensimismamiento y me enseña una foto de una  pareja de casados, parecen  felices, al igual que sus acompañantes que por la edad y parecido deben ser los padres de ellos. Es entonces cuando reconozco a Alberto, con unos cuantos años menos. Se cierra la incertidumbre y siento un poco de vergüenza.

-¿Cenamos?- Me pregunta, y me dejo llevar hasta la cocina. Son momentos placenteros, reconciliadores con la vida, conmigo mismo, y me siento bien.

Finalizamos la cena y subimos a descansar, antes de dirigirme a mi habitación Emma me coge del brazo y me dice:

-Duerme conmigo

Me incomoda la invitación y contesto automáticamente -No estoy preparado para...-Me tapa los labios con su mano y susurra –Sólo dormir, hoy no quiero estar sola...

Además del olor a lluvia, a tierra mojada, que se filtra a través de esas rendijas invisibles, un tenue aroma a flores flota en el cuarto, su perfume está  impregnado en las cortinas, en la madera de los muebles de pino, seguro que en el interior de su armario, ese aroma se me antojaba ahora fresco, natural y relajante. Acerco mi nariz a su melena para aspirar su olor, su pelo es sedoso y cae sobre mí. Inconscientemente empiezo a acariciarlo con suavidad, ella se estremece un poco, y me aprieta en su abrazo, sin alterar su respiración acompasada y dormida, es cuando me imagino que el resto de su piel debe ser igual de suave que la de su cara y aunque en ese momento hubiera comenzado a besarla, permanezco observando mi alrededor, y el equilibrio que se adivina en la habitación.

Los truenos cada vez se oyen más lejanos, más retardados y del efecto de los relámpagos va sosegando poco a poco las sombras que proyectadas, baila caóticas y desbocadas en el cuarto. Al final se van quedando paradas, tranquilas, y siento que mi rencor y enojo interior me dan por primera vez un respiro.

Hacía tiempo que no me abrazaba a una mujer, que no sentía su calor corporal cerca de mí. Agradezco la sensibilidad, la sensatez, la psicología que ha utilizado conmigo y esta noche que sin ella saberlo me ha despertado un poco mi ilusión por volver a sentir. No sé como reaccionaremos mañana al despertarnos, si fingiremos que estos momentos no han existido o contribuirá a consolidar nuestro compañerismo, nuestra iniciada amistad, solo sé que hay momentos en la vida que son especiales, tan especiales como la  delicada acuarela del salón, sé que todas las emociones que he experimentado ante la pintura me han liberado de la cadena del resentimiento, un lastre que me ataba al recuerdo de una relación inexistente, que me ha transmitido la serenidad de sus olas, de su arena fina, del vestido moviéndose con la brisa, que las gaviotas con su vuelo y en la arena, me han proyectando una sensación de libertad, hasta el punto de conseguir abstraerme de mi ceguera, y provocar el anhelo de quedarme prendido en sus tenues colores, con el deseo de que el tiempo se congele al acordarme de la sensación de plenitud e ilusión que entraba por mis venas.


 Eso es lo que siento en esta noche, ahora calmada, con mis sombras dormidas, con mis temores abandonados y el deseo de que este momento sea interminable, mientras que  me aferro a una ancla real, a una mujer, y me duermo, sólo abrazado a ella. 

Amor en superficie, por María del Mar Quesada.



Cómo decirle  a tu mujer que la quieres,  pero que sexualmente no te atrae.

Mi matrimonio iba bien, pero cuando tuvimos a los mellizos mi mujer, Cristina, tuvo una depresión postparto, gracias a mi suegra pudimos seguir con nuestra vida rebosante de llantos, biberones y pañales por partida doble. Pasados unos meses mi mujer se recuperó, pero se sintió culpable de no haber atendido a sus hijos durante la depresión, así que me planteó pedir una excedencia  de tres años para cuidar a los niños, yo lo vi una buena idea, a fin de cuentas entre los gastos de guardería para dos, mujer de la limpieza y canguros su sueldo desaparecería, yo tenía una buena posición en mi trabajo y con mi sueldo podíamos vivir holgadamente. Cristina se descubrió como una buena madre entregada, pero se olvidó de sí misma como mujer.

A mí siempre me han gustado las mujeres muy femeninas, eso no quiere decir que me gusten disfrazadas,  ni pintadas como una puerta, pero con un vestido bien elegido, un poco de maquillaje y unos buenos tacones, se realza la belleza de cualquier mujer. Cristina que siempre había seguido esas premisas, en el momento que dejó de trabajar y su prioridad fueron los mellizos y la casa, se olvidó de su feminidad y sus armas de seducción. Después del parto se quedó con algunos kilos que redondearon un poco su figura, yo no la veía tan mal, sencillamente tenía más formas, no obstante ella comenzó una espiral de dietas con efectos yo-yo que la desesperaban a ella y a mí,  nunca sabía que me iba encontrar en el plato o en mi casa. Pero lo que más me preocupaba, era su apariencia, ya no iba a la peluquería, no se maquillaba, no se ponía tacones; su lencería, que tanto me gustaba, dio paso a la comodidad del algodón cien por cien, los camisones transparentes dieron el relevo a los pijamas que eran más calentitos para levantarse por la noche; los vestidos y faldas estrechas sucumbieron bajo el liderazgo de los pantalones cómodos; los tacones quedaron recluidos en la oscuridad del zapatero a favor de las dichosas bailarinas. Todos estos cambios siempre tenían la misma  explicación: la falta de tiempo y la comodidad para estar con los mellizos.

Para no tener sexo la excusa era el cansancio, para mí que la última vez que tuvimos sexo del bueno fue la noche que concebimos a los mellizos, debimos quedarnos exhaustos y a ella no le quedó ganas de más. La dejadez y poca feminidad de Cristina me echaba para atrás, sobre todo las noches que hacía frío y se metía la camiseta del pijama dentro de los pantalones y se dejaba los calcetines puestos para dormir, así que el cansancio que empezó siendo mi enemigo, llegó a ser mi amigo algunas noches. El sexo se había convertido en una mera y rápida forma de satisfacer una necesidad física, como ir al baño. Pero soy hombre y yo quería algo más.

Al departamento que yo dirijo llegó una compañera nueva, físicamente era una mujer normal, no tenía nada especial, pero reconozco que  sabía sacarse partido y yo me fijé en ella en el momento que se hizo evidente que yo le atraía. Un día en un centro comercial, mi compañera de trabajo me vio con mis hijos, Cristina y  su conjunto cómodo y  pensó que mi mujer era la niñera de los niños. Empezó a interesarse por mi vida familiar y cuando comprobó que mi matrimonio no estaba en su mejor momento y creyó que mi mujer no era rival para ella, comenzó a fraguar mi infidelidad.  A las pocas semanas en un comida de empresa  bebí demasiado, como ella no había bebido se ofreció a llevarme en su coche, en mitad del camino me comentó que no sería buena idea llegar en esas condiciones a mi casa. La verdad era que no estaba tan borracho como aparentaba, es que cuando bebo me desinhibo y parece que estoy peor. Me llevó a su casa para que se me pasara la borrachera y allí ocurrió lo que ella tenía planeado porque sencillamente, yo me dejé llevar.

Así llevábamos dos meses, realmente esa situación lo único me solventaba era darle rienda suelta a mi necesidad de sexo. No me gustaba sentirme atrapado, no me gustaba tener que estar mintiendo y tener que recordar en todo momento mis mentiras para que no pillaran. No solo mentía a mi mujer, a mi familia y a mis amigos, yo no estaba enamorado de mi compañera; me mentía a mí mismo. Realmente yo quería  Cristina solo estábamos pasando una mala temporada,  quería recuperar a  la mujer de  antes del embarazo de la cual yo presumía.

Decidí romper la relación con mi compañera, tenía que conseguir que mi matrimonio volviera a funcionar. Dos semanas después de romper, llegué a mi casa una tarde y me encontré a Cristina preciosa, se había puesto un vestido negro ceñido que marcaba sus formas de mujer, había ido a la peluquería, se había maquillado y se había puesto sus tacones negros. Yo no supe qué decir, le pregunté si íbamos a salir y me dijo que no,  cenaríamos en casa y tendríamos toda la noche para nosotros solos. Fue una noche inolvidable, tuvimos cena para dos, vino, velas,  lencería sexy y sexo  apabullante. Sin embargo, lo impactante fue el postre: un circuito de videos caseros, enviados  por mi compañera a mí mujer, donde un hombre estúpido engañaba a su estupenda esposa con una compañera de trabajo. Cristina se había vestido para pedirme el divorcio y demostrarme lo que me iba a perder por ser tan egoísta e impaciente.

Lo inevitable, por Carmen Gómez Barceló.


-Ha sucedido. Se ha atrevido a hacerlo y he recibido la notificación que nunca esperé tener que leer: “Petición de divorcio”.

Dieciocho años han pasado desde el día en que le pedí matrimonio y ella contra todo pronóstico aceptó.  Nunca me ha engañado, pues yo sabía la verdad,  y aún así el día que me dijo que se casaría conmigo se convirtió en el más feliz de mi vida. Era tan bonita, tan resuelta y tan simpática para todo el mundo como falsa para conmigo.  Yo lo sabía, pero siempre me decía a mí mismo que un día cambiaría, que llegaría a quererme. Lo que hubiera dado por ver en su rostro una sombra del color de sus mejillas cada vez que casualmente  se encontraba con “el imbécil”.

El imbécil” ha marcado nuestras vidas desde el comienzo, pero mi amor por ella quiso que me convirtiera en sordo para no oir su llanto en la soledad de nuestra alcoba, ciego por no querer ver sus  ojeras y mudo para no gritarle que se dignase a mirarme solamente de vez en cuando, que se compadeciese de mí y me respetase siquiera un poco y que se olvidase de ese que ni lloraba por ella, ni la miraba, ni la respetaba.
Alguien pensará que he sido un estúpido al soportar este calvario a cambio de nada, que no tengo dignidad ni soy un hombre, pero ¿Para qué quiero ser un hombre sin vida? Si mi existencia no vale nada sin ella, si solo quiero morirme si no la veo, si me arrastraría hasta el infierno porque me quisiera siquiera un poco…Y de un beso, del sueño de un beso, eso ya hubiera sido como abrir las puertas del cielo y perderse en él.

Tantos años intentando lo imposible hasta la extenuación y no he podido evitar el final que nunca quise pensar a pesar de la evidencia. Y me deja. Se va seguramente con él aunque no me lo haya dicho. Le dará los besos que no se merece, y le dirá las palabras que su boca nunca pronunciaron para mí

No me rindo, me obligan a rendirme y me voy. No dejaré salir al animal que me habita al que he tenido que apaciguar durante dieciocho años y solo me queda poder comprobar que el imbécil sea digno de tamaño sacrificio.

Adiós mi  amor, mi vida, mi razón de ser. No creo que pueda nunca dejar de amarte.

jueves, 10 de enero de 2013

¡Vuela!, por José Miguel García.


La vieja maleta reposaba a mi lado con las pocas pertenencias que aún conservaba. Allí, de pié, observada por el tribunal, me sentí un reo que espera su condena a muerte, aunque en mi caso no me esperara la muerte sino la vida y la libertad.

 Tras la mesa, sentado en el sillón de las solemnidades, con los codos descansando sobre los reposabrazos y las manos entrelazadas sosteniendo la barbilla, el padre Provincial presidía y me miraba sin parpadear desde los ojos grises que otras ocasiones me habrían hecho temblar, pero que en este momento no me intimidaban. A su izquierda, Sor Inés de la Santa Gracia, Priora del convento, cubierta de su toca blanca leía atentamente la nota del obispado. Apartado en un lateral de la habitación estaba, también de pié, el padre Javier, un joven aragonés, a quien designaron como mi conductor espiritual cuando dejé a las claras mi intención de abandonar el convento para convertirme en seglar. Era la  primera vez que descubría su altura y porte ya que las reglas de clausura obligaban a comunicarnos a través del enrejado del confesionario. Aún recuerdo sus intentos con su voz amable y cargada de fe que sin embargo no había consiguió variar ni en un ápice mi decisión, por el simple motivo de que ya estaba tomada. Siempre le agradeceré su humanidad y el apoyo al saber que al menos él me comprendía.
El repique de la campanilla  llegó desde el claustro llamando a la oración a las monjas. El sonido agudo y repetitivo hizo removerse en su asiento a Sor Inés, acostumbrada como estaba a presidirla durante los muchos años en los que era responsable de las reglas del convento. Levantó los ojos y como dándose cuenta de lo que allí requería su presidencia, se retuvo para enfrascarse de nuevo en la lectura. Dí por seguro que habría encargado a Sor Tránsito, la madre más antigua, la dirección de los maitines aquella tarde.

A pesar del nerviosismo que me atenazaba, reparé en el precioso crucifijo de marfil que reposaba sobre la maciza y bien labrada mesa de nogal desde donde presidía el tribunal. Aunque la distancia no me permitía leer la leyenda de la Madre Teresa de Jesús impresa en su peana, vino clara a mi memoria la que era el santo y seña de la congregación:"Juntos andemos Señor; por donde fuiste, tengo que ir; por donde pasaste, tengo que pasar".

Tal vez fue la frase que resonó en mi pecho, templada y firme, como contaban que era la Santa, o quizás fue la marginación que durante meses había soportado de mis superioras  lo que me hizo sentir vergüenza. Una vergüenza inmensa y descorazonadora, dura y lacerante como jamás había sentido en toda mi vida, tanto que logró doblarme de dolor  un instante como si me hubieran clavado un puñal en las entrañas. Ante la mueca de sufrimiento que se reflejó en mi rostro, el padre Javier dio un paso adelante para acercarse, pero un gesto del Provincial lo retuvo. Necesitaba tanto un abrazo consolador que, ante su imposibilidad, una sensación húmeda y caliente acudió a mis ojos porfiando por escapar  Me repuse lo justo como para respirar profundamente hasta lograr cambiar las lágrimas por un trago salado. Había decidido no llorar, mantenerme firme, incluso distante; aún sabiendo que me resultaría muy difícil me había prometido conseguirlo. Volví el rostro hacia el padre Javier para agradecerle la intención. Aunque no me miraba, vi en su cara signos de cansancio y resignación: la misma que supuse reflejaría la del  soldado que presencia la rendición de la guerra perdida; al fin y al cabo él lo era  de Dios y  había perdido la batalla encomendada.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo haciéndome temblar, lo achaqué al invierno que semanas antes había llamado a la puerta haciendo acto de presencia las primeras nieves y hoy, cuando todo acababa, a pesar de que el sol estaba presente, sentía en mis adentros que el frío y la humedad que de pronto se me había calado  en los huesos y en el alma.

Por el ventanal cubierto de gruesas cortinas un tímido rayo de sol se coló dándole un aire fantasmal a mis jueces. La luz me hizo bajar los ojos al suelo. Aturdida, intenté desviar mis pensamientos de aquel lugar. Quise refugiarme en los brazos de mi madre, en el calor de mis hermanos, en las cosas sencillas que conocí durante mi infancia, pero sin quererlo volvieron como en una película velada los meses de angustias que había experimentado desde que me sinceré con Sor Inés, poniéndole al corriente de mis intenciones. Recordé sus reproches, las largas charlas en el confesionario con el padre Javier, las innumerables horas de meditación, sola y de rodillas, apartada de las hermanas como una apestada, la mortificación del cuerpo y del espíritu en el vano intento de encontrar un salida a lo que llamaron una pérdida de fe transitoria. El padre Provincial, tosió levemente para aclararse la garganta y quedé expectante a sus palabras, pero siguió en silencio a la espera de que la Priora diera por concluida la lectura. Rememoré la mirada fría de la madre y para ignorarla desvié los ojos hacia mi alrededor buscando la tranquilidad perdida. No pude, todo lo que me rodeaba parecía estar diseñado para acusarme: la magneficencia de la habitación, el color oscuro de sus altas paredes y sobre todo los inmensos cuadros de las Santas Beatas, que colgaban de las paredes, me parecieron tan amenazantes que a punto estuve de perder la compostura y huir de aquel lugar.

Seguí de pié un buen rato, el suficiente para sentirme desnuda, pero no porque no estuviera cubierta con el pesado hábito negro o  echara de menos la toca que hasta entonces pensaba me defendían de todo mal, o por que no pudiera mantener entre las manos el escapulario, que me habían arrebatado a pesar de que había rogado que era el único recuerdo que quería conservar; estaba desnuda a pesar de vestir las mismas prendas de seglar con las que llegué para profesar a los diecisiete años. Era una desnudez de siglos, la de tantos hombres y mujeres incomprendidos, la desnudez del abandono de quienes hasta entonces había creído mis hermanas y mi familia, por la  única razón de no haber podido o sabido encontrar lo que pensé que se encerraba entre los muros del convento: mi vocación religiosa.

Miré a Sor Inés y fui consciente de que no podría perdonarla. Supe que mi falta de caridad contradecía todo lo que había aprendido y venerado a lo largo de los años de clausura, pero la frialdad de la que había hecho gala durante mi calvario era superior a lo perdonable. Al menos lo era para mi.

 Por fin  levantó los ojos del escrito y tras recibir con un gesto de cabeza la venia del padre Provincial, dijo: -Cuando salgas por esa puerta ya no serás Sor María de las Angustias, a partir de este instante serás María, una mujer como tantas. Con tu grave error pierdes toda la dignidad con que la Iglesia te había colmado al consagrarte a nuestro amado Jesús.

Hizo una pausa y mirándome de arriba abajo continuó con inusitada dureza : - María, no olvides que con tu decisión has deshonrado este convento, esta congregación y lo que es mas importante: a Dios. De nuevo hizo una pausa y continuó su reproche: - Cuando llegaste aquí, pusimos en tus manos la posibilidad de dedicar tu vida y tu espíritu al Señor. Lo único que debería importarte.

 Pasó su mano sobre el crucificado, hizo la señal de la cruz y continuó: - Has decidido desertar, abandonar y con ello despreciar todo aquello que es fundamental para nosotras y razón de nuestras vidas como hijas del Señor: la oración, el trabajo, el silencio y la pobreza. Se detuvo unos segundos y terminó: Le pediré a Dios en mis oraciones que te perdone.

 Al oír sus palabras dentro de mi algo se rompió, pero a diferencia de lo que era previsible, me sentí fuerte ante lo que sabía injusto. Con arrogancia inesperada levanté el rostro y mirándola desafiante contesté: -No tenga dudas de que haré lo posible para que me perdone por elegir vivir la vida de manera distinta a la que hasta ahora he vivido entre estos muros, como también le pediré en mis oraciones que le perdone por la falta de amor cristiano  que ha tenido conmigo y del que debía ser ejemplo.

Sin darle tiempo a reaccionar seguí:  - No desprecio ni critico la vida contemplativa y mucho menos el silencio o el trabajo, no dudo de sus enseñanzas de Dios ni sus mandamientos, lo que me rebela es  la incomprensión que he sentido ante una decisión que solo a mi me pertenece. No se si llegará a entender algún día que puedo servir a Dios  desde las personas a las que quiero, desde los hijos si así ocurre, desde el trabajo y la vida, desde la felicidad y el dolor que la existencia diaria lleva aparejada. Con humildad fingida terminé: Espero que consiga comprenderlo.

Sor Inés apartó la mirada, bajó su rostro hasta ocultarlo bajo la toca y uniendo las manos pareció orar su desconcierto. Por primera me sentí ganadora de aquella incruenta batalla, aunque mi triunfo fue breve pues El padre Provincial que se había dado cuenta de mi actitud y del azoramiento de Sor Inés, se levantó de golpe y en tono amenazante gritó golpeando la mesa:

      - !María, no olvides que aún estás en esta santa casa!. No sólo has pecado contra tus hermanas sino que ahora añades el de soberbia. !Dios es testigo de ello!
      - !Mujer!, continuó apretando los músculos del rostro y con los ojos queriéndose salir de las cuencas, - recuerda siempre que no sólo dejas el convento, sus enseñanzas y su ejemplo, sino que incumples la promesa que hiciste al que hasta hoy era tu Esposo.

 Terminó la frase señalando hacia lo alto con el dedo índice y tras un instante afirmó con inusitada crueldad: - Te esposaste con Jesucristo y le juraste amor y dedicación todos los días de tu vida, sin embargo no sólo eres capaz de despreciar ese sagrado vínculo sino que aún te atreves a añadir un pecado capital a tu alma. No dudes de su perdón, porque Dios es amor, pero recuerda siempre que será muy difícil que encuentres un camino que te acerque de nuevo a Él. Puede perdonar pero no olvidar tus pecados y un día tendrás que responder de ello ante el Altísimo. 

Sus palabras retumbaron en la habitación multiplicándose con un eco interminable  hasta convertirme en algo pequeño y tan frágil como el cristal. Cuando pensé que el llanto me rendiría, se levantó, firmó el documento que reposaba sobre la mesa y lo pasó al padre Javier. Cruzando las manos volvió a mirarme con desprecio y añadió con impostura estudiada: - Yo, Padre Provincial de las hermanas Carmelitas, en calidad de representante de su Eminentísima y siguiendo sus instrucciones, te expulso de la Orden  y  te niego la bendición de la Santa Madre Iglesia.

 Dando por concluida la entrevista caminó hacia la puerta seguida de Sor Inés que continuaba con la cabeza agachada. Todo el espacio se pobló de un silencio denso dentro del cual la voz del padre Provincial parecía seguir rebotando por las paredes. Al cabo de unos segundos, que se hicieron interminables, el padre Javier se acercó y me entregó el documento que confirmaba mi exclusión de la Orden. Sin mirarlo lo guardé entre mis ropas mientras limpiaba las lágrimas que esta vez no había podido evitar. Tras sacudirme atropelladamente la falda, alcé la maleta y  me volví hacia la puerta que aún  permanecía abierta.

Con las manos cruzadas a la espalda y dando largos y lentos pasos, el padre Javier me acompañó sin hablar hasta la salida. Atravesamos el claustro en silencio, tan sólo alterado  por el canto de los pájaros que se acurrucaban entre los cipreses para defenderse del frío de la  tarde. Al acercarnos a  la portería, desde la capilla nos llegaron ecos de las oraciones de las monjas.

Ninguna de ellas me esperaba para despedirse, pero noté sus miradas cómplices siguiéndome desde los rezos y las celosías que les aislaban de todo. Sonreí con amargura sin sentirme mal, sabía que ocurriría porque así se había ordenado desde las altas estancias. Lo que el Obispo no sabía era que la noche anterior muchas vinieron de hurtadillas a mi celda para darme un abrazo y desearme suerte.

El padre Javier con un gesto indicó al portero que no hacía falta que se acercara. Al llegar descorrió con energía los dos cerrojos que anclaban la puerta, después la empujó suavemente entre las protestas de  los goznes  al entreabrirse. Por su hueco apareció el mundo cubierto de una fina capa de nieve. Me volví y miré a mi acompañante. El padre clavó sus ojos negros en los míos,  levantó su mano derecha y haciendo el gesto de la cruz dijo: -El Dios a quien yo amo si te bendice. Suerte María.

Me tomó de la mano y apretándola con cariño sonrió. Un segundo después cerró sin estruendo la puerta tras de si. Abrí los ojos dispuesta a llenarlos de todas las cosas que había perdido durante aquellos años. Lo primero que vi fue la pequeña plaza con las hojas de los  árboles pintadas de blanco y a tres niños que gritaban mientras corrían en pos de una pelota haciendo equilibrios para no caer. Respiré profundamente el aíre helado y sentí por fin la sangre cabalgar por las venas.

Diminutos copos comenzaron a acariciarme el rostro mientras otros se me enredaban en el cabello: estaba nevando. Dejé la maleta en el suelo, tomé un puñado de nieve y amasé una bola. Hice acopio de todas las fuerzas que me quedaban y la lancé lo mas lejos que pude mientras gritaba:  !Vuela !         

Cuando el amor es un desconocido, por José García.


Tenía aún dieciséis años cuando conocí a Salvador. El sería mi primer y único novio, ya que a los pocos meses de conocernos formalizamos nuestras relaciones. Estas continuaron durante seis años. Tras los cuales y después de estrepitosos meses de preparaciones y nervios, por fin se cumpliría la ilusión de una chica de veinte pocos años en la década de los setentas. Llegó el día y ahí me encontraba, ante el altar y junto a Salvador. Vestida de blanco. El traje largo, ceñido y escotado, ciertamente algo atrevido para la época, el velo caía por la espalda hasta cubrir todo el traje. Dentro de unos minutos seriamos marido y mujer. Sellaríamos con un beso nuestro compromiso y nos juraríamos amor eternamente.

Había soñado con ese momento, como el más bello y feliz de mi vida. Sentía una gran dicha que deseaba gritar y compartir con todos, familia y amigos. Eso sí deseando con pasión y nervios el momento de quedarnos solos y disfrutar esos momentos de intimidad que conservaríamos para siempre. Al día siguiente partíamos de viaje de luna de miel, a Italia: Florencia, Roma y Venecia por éste orden. Todo prometía ser perfecto e inolvidable, y en verdad que lo fue. Aunque no como lo esperaba, ya que nada hacía presagiar en el infierno que se convertiría para mí el deseado y esperado viaje de luna de miel. Fue en nuestra primera parada Florencia, allí, en la cuna del renacimiento, fue donde se truncó todo, donde mi vida daría un vuelco total e inesperado, donde por un momento sentí morir y no precisamente de amor, aunque sí por causa de.

Era una mañana de final de la primavera, habíamos llegado la noche anterior. Salimos del hotel temprano, después de degustar un buen desayuno, dispuestos a disfrutar de la belleza natural de esa joya histórica, cultural y artística que es Florencia, la ciudad de los Medici. Comenzamos por La Basílica de Santa Cruz, en la plaza del mismo nombre, continuamos con La Basílica de Santa María de la Flor, que es la catedral, con su fachada neogótica de mármol multicolor, blanco, verde y rojo. Edificaciones que junto al Baptisterio de San Juan (del que se dice puede ser el edificio más antiguo de la ciudad), y el campanario Giotto, conforman un conjunto armónico dentro de la arquitectura de la ciudad. Volvimos un poco sobre nuestros pasos para llegar a la Plaza de la Señoría, donde pudimos contemplar una colosal réplica del David de Miguel Ángel a las puertas del Palacio Viejo. La Galería Uffici, ya en dirección al Puente Viejo, puente medieval sobre el rio Arno, curioso por estar repleto de comercio fundamentalmente de joyería, que posiblemente fue construido para conectar el Palacio Viejo con el gigantesco Palacio Petti, en cuyo interior se encuentra el Jardín de Boboli de estilo versallesco. El palacio y jardín lo visitamos después de dar buena cuenta de una exquisita lasaña en una cercana y pequeña Trattoria. Estaba entusiasmada y conmovida por cuantas delirantes leyendas y misterios parecían ocultarse en cada rincón de esa enigmática ciudad, imaginándolos testigos mudos de posiblemente más de una historia o vendetta de amor.

Ya de regreso en la habitación del hotel, mientras Salvador hacía uso del teléfono, decidí darme un baño. Extrañada de que no hubiera irrumpido en el baño, salí envuelta en la toalla aún medio mojada. Estaba sentado, mirando fijamente el teléfono e inmóvil, a contra luz, junto a la terraza que tenía la habitación, lo que me impedía ver con claridad su semblante, aunque se me antojaba inapropiadamente serio. Levantó la mirada y ante mi interrogante presencia respondió con un triste y melancólico:

-Lo siento.
No sabía exactamente a que se estaba refiriendo, pero me heló la sangre:
-Pero porque dices eso, ¡qué ha pasado!
-No puedo continuar con ésta situación, no puedo seguir engañándote ni engañándome, no debí hacer éste viaje y no debí casarme contigo.
-¡Pero qué demonios estás diciendo! ¡Qué ocurre!, dime algo o me volveré ¡loca!
-Sé que me odiaras para toda tu vida, pero estoy enamorado de otra persona.

De momento sentí frio, y un repentino pudor ante la persona que creí conocer y que ahora se mostraba como el mayor de los desconocidos. Me vestí apresuradamente, mientras trataba de poner en orden cuanto estaba pasando, así como controlar la reacción de mis sentimientos que en estos momentos eran un autentico caos. No sabía que decir, miles de palabras, preguntas e improperios se agolpaban en mi mente, pero no era capaz de articular nada, tenía un nudo en la garganta que parecía ahogarme. Pensé que todo podía ser un mal sueño, del que pronto despertaría. O una pesada broma, que en cualquier momento me abrazaría, besaría y me diría que era a mí a quien amaba. Cuando ya casi no podía respirar rompí en sollozos.

-¡Porque! ¡Porque!, repetí varias veces, he hecho algo mal, o es algo que no haya hecho. Como has podido dejar que la situación llegara a este extremo. Es que después de tanto tiempo, al menos como persona, no he significado nada para ti. Como has podido menospreciar mi dignidad y mis sentimientos de esta manera. Porque has sido tan cobarde. Quedamos unos minutos en silencio, que parecieron eternos. Al cabo de los mismos y   antes  de que respondiera a todos mis interrogantes, no pude contenerme uno más.

- Quien, quien es ella.
Pausado y titubeante rompió el silencio con el que había estado escuchando.
-Lo siento, de verdad, aunque no puedas creértelo. No eres tú, soy yo y mis sentimientos los que han cambiado y los únicos responsables. Espero que con el tiempo puedas disculpar mi comportamiento. Ella es una compañera de trabajo, que a fuerza de compartir horas de trabajo, almuerzos, viajes y charlas, hemos llegado a compartir nuestros sentimientos y enamorarnos.

En aquel momento pensé que era el ser más ruin, un miserable que estaba arruinándome la vida. No era posible que esta persona que tenía ante mí, fuera aquella otra que me ilusionaba y con la que comencé éste viaje, y que incluso, hace tan solo unas horas, besé en el idílico Jardín Boboli.  Pensé en gritarle, insultarle, decirle cuanto se me ocurriera para herirle, sentía una  rabia enorme que abrasaba mis entrañas. Pero no, no podía hacerle sentir menos culpable por un acalorado desahogo. Hice mi maleta y tras hacerle observar la conveniencia de no hacer el viaje de vuelta juntos abandoné el hotel. No soportaría permanecer una noche más a su lado después de lo ocurrido, solicité un taxi en la recepción del hotel sin saber exactamente dónde dirigirme. Ya en el taxi decidí ir directamente al aeropuerto, cogería el primer enlace que me llevara a casa. La cabeza parecía que me iba a estallar y me sentí la más desdichada de las mujeres. Camino del aeropuerto, lloré amargamente, era un mar de dudas y preguntas sin respuestas. Deseaba y temía al mismo tiempo llegar a casa, pues no podría explicar todo lo ocurrido sin sentirme avergonzada y humillada.

Pasó el tiempo, y aunque dicen que éste todo lo cura, al recordar todo lo ocurrido, no dejas de sentir un cierto resquemor amargo, por el amor propio herido. Pero afortunadamente superado, pues efectivamente el tiempo, al menos, te brinda otras perspectivas bajo las que considerar lo sucedido. E indudablemente, mejor así, a vivir más tiempo en el engaño y soportar más humillaciones. Y además, aunque no he vuelto a pasar por la vicaría, encontré una persona con la que compartir mi vida y mis sentimientos, junto a dos maravillosos hijos, que han puesto color a mi vida. De todo ello he aprendido a disfrutar la vida en cada momento, día a día, sin esperar ni pensar que nos deparará mañana. He aprendido a vivir el amor. Que éste es como el buen vino, burbujeante y con matices cuando es joven, pero que con el tiempo adquiere solera y se convierte en generoso.

La colección de besos, por Cristina Pérez Rodríguez.



Con cara serena y sentado en su butacón de piel marrón situado justo al lado del ventanal de la habitación, repasaba en su cabeza todos aquello momentos que compartió con la que hace tan solo 2 semanas había sido su mujer, su preciosa mujer.

Solo cuando llega el final de una historia, el ser humano se pregunta cómo empezó todo y qué hemos hecho para provocar que se termine. Mario encendió la llama de aquel amor, invitando a Marga a cenar una noche más de verano. Bastaron pocas horas, para que entre ambos, saltara la chispa del deseo,  y terminaran compartiendo copa de champan y pasionales besos.

Las armas de seducción de Mario, fueron calando poco a poco en el corazón bien entrenado de aquella mujer morena de curvas exuberantes. Para la próxima primavera floreciente, la parejita ya había dado un paso mayor de valentía, prometiéndose amor eterno.

Ahora, junto aquel ventanal, por donde los rayos de sol parecían iluminar una fotografía de ambos, Mario secaba sus lágrimas con la manga de la camisa. La camisa que Marga le regaló en Navidad y que él en su momento, rechistó por el color verde odioso de la tela.

Suena el teléfono.
-        Diga?
-        Mario…
Reconocida la voz de Marga, se reincorpora y se adecenta como si ella pudiera verle a través del auricular.
-        Sí, dime
-        Siento que tengamos que arreglar los problemas de nuestro matrimonio, que un día fue, de esta forma…pero no me lo pones fácil.
-        Es difícil ponerlo fácil, cuando aun tengo sentimientos hacia a ti…
-        Por favor, no sigas por ahí. Solo te llamaba para…bueno, es igual. Nos vemos el jueves Mario. Cuídate.
Con un helador cuídate, Marga se despide de Mario arrepentida por haber hecho aquella llamada, cuando de fondo se escucha la voz de un joven treintañero. Un guaperas que consiguió arrebatarle de sus brazos a la mujer que más que quería.
Terminada la conversación telefónica más fría y corta que recuerda jamás, vuelve a acomodarse para cerrar los ojos.

-        Soy coleccionista de canciones Marga. Me encanta la música y creo que soy una de las pocas personas a las cuales le encanta su trabajo.
-        Pues yo soy coleccionista de besos.
-        ¿Coleccionista de besos? Pero ¿qué tontería es esa Marga?
-        No es ninguna tontería…tengo guardado bajo llave todos los besos que me he dado en mi vida y cada uno de ellos son diferentes y cada uno de ellos tiene una cosa especial.
-        Buah! Como se nota que tienes demasiado tiempo libre cariño… A ver, dime uno de los besos que tengas guardados.
-        Déjalo Mario, no me lo preguntes para que me sienta mejor. Lo seguiré guardando en secreto. Cuando realmente quieras saberlo me lo preguntas.

No es el primero ni el último recuerdo que a Mario se le viene a la cabeza. Tiene mucho tiempo para pensar y aunque no quiera siempre vuelve ella a su mente para recordarle una vez más, que descuidó lo que debe ser cuidado todos los días a cada momento.

Aquella noche en la que juntos preparaban la cena, recuerda perfectamente como Marga sacó el tema de la colección de besos guardados, y que ella escondía en algún lugar. Reconoce ahora que no le prestó atención, ni siquiera dejó que se explicara y tampoco se interesó para saber de qué iba aquello.

Ahora ansiaba por saber qué era aquello de los besos, y sobre todo cuál era su colección personal. Sabía que después de  años de matrimonio, debía de tener alguno guardado en la que él y ella, juntos, fueran los protagonistas. Algún beso que ella considerara importante, especial, y por ello debía de ser guardado.
Lo que Mario no sabía de toda esta historia, es que su mujer, guardaba cada uno de los tipos de besos que entre ambos se daban en algún momento del día. Los había de todas las clases y de todos los gustos.
Marga los depositaba en un tarro de cristal que escondía en uno de los cajones de su cómoda. Eran simples papelitos amarillos con un nombre y una breve descripción de cada uno de ellos por detrás.

Después de años de matrimonio, Marga coleccionaba más de 30 tipos de besos en secreto a expensas de un día ser desenfrascados para compartirlos con la persona que había protagonizados la completa y absoluta totalidad de ellos.