lunes, 18 de marzo de 2013

La riñonera, por María del Mar Quesada.


“Dios mío, que pesada es mi madre. Todo el día  machacándome. Come, duerme, ponte esto, no vengas tarde, llámame, deja ya el móvil, llévate esto, por  si hace frio, por si hace calor.  ¡Dios, papá! ¡Vaya regalito me has dejado! ¡Qué ganas tengo de irme de viaje y perderla de vista unos días!”

Kike está preparando la maleta para irse de viaje a Estambul con sus amigos, es como su viaje de fin de curso, pero solo él lo vive así, pues sus amigos ya están en la universidad. Él no pudo ir con sus compañeros de instituto, porque su padre había muerto un mes antes del viaje de fin de curso. 2º de Bachillerato fue horroroso para él, nada más empezar el curso su padre enfermó, Kike  dejó de lado sus estudios para acompañarlo en su enfermedad, pero le prometió que seguiría estudiando y cuidaría de su madre si se quedaban solos.  Cuando el padre murió,  Kike cumplió su promesa, pero en vez de matricularse del curso completo solo lo hizo de la mitad de las asignaturas y comenzó a trabajar por horas en una tienda de repuestos de bicicletas. Tardó dos años más en sacarse el bachillerato, pero a cambio tuvo ingresos suficientes para no tener que pedirle dinero a su madre y ayudar a la economía familiar.
La muerte de su padre le ha enseñado que la vida es arbitraria y  tu presente puede cambiar mañana sin previo aviso, por ello, se prometió a sí mismo esforzarse para tener un futuro profesional, pero como no podía esperar a terminar la carrera y encontrar trabajo para realizar sus proyectos, decidió trabajar y estudiar al mismo tiempo. El  primer premio  a su esfuerzo sería este viaje aplazado.

Pese a haber demostrado madurez en sus decisiones y tener 21 años, su madre sigue tratándolo como un niño. Siempre ha sido muy protectora con su hijo pequeño, pero desde que murió su marido hace tres años, en su  subconsciente subyace el miedo de perderlo como a su esposo, así que está pendiente de Kike a todas horas. Ella no se quiere dar cuenta que su hijo ha madurado, que poco a poco es más independiente  del nido materno, sabe que es un chico responsable aunque despistado, pero le cuesta asimilar que conforme pasa el tiempo la irá necesitando menos. Últimamente se ha vuelto  tan absorbente que en algunas ocasiones, él  le ha contestado mal, pero ella ni se ha  inmutado. Cuando esto ocurre,  el recuerdo de su padre y la promesa que le hizo, se repite  como un mantra para Kike: “Respeta a tu madre, ella es la única mujer en tu vida que te querrá siempre, hagas lo que hagas”.

La noche antes de salir de viaje, Kike revisa la maleta que llevaba haciendo desde hace una semana, y en su interior se encuentra cosas que él no ha introducido: un pijama de invierno y un forro polar pese  a que es verano, tres pares más de calcetines, unas zapatillas de estar en casa y algo extraño, una riñonera marrón. “Maldita sea, ya ha metido la mano en la maleta, será posible, ¿dónde se cree que voy? ¿a Siberia,… Ni muerto me llevo la riñonera de la edad de piedra. Vamos me la pongo, me ve Julia con ella puesta y adiós entrar en su cama por las noches. ¿Y ésto? ¿Qué tiene dentro la cochambre ésta?,… el pasaporte, la tarjeta sanitaria, ¡uy! 200 euros…”.  Saca la riñonera de la maleta y mientras mete el dinero en su cartera y se dispone a vaciar el interior de la mini bolsa, suena el móvil de Kike. Es Julia:

-          Kike, llévate tu cargador del móvil que siempre se te olvida y luego se lo estás mendigando a todo el mundo.
-          Oye, que ya tengo a mi madre para recordarme todo, pero gracias…. Se me había olvidado, ahora lo busco.
-          Lo sabía, mira que eres despistado, cuando no son las llaves de tu casa, son las del coche, o las gafas de sol, o la cartera. Cualquier día se te olvida la cabeza. Bueno mañana nos vemos.
-          Vale, hasta mañana.

Kike suelta la riñonera y  se pone a buscar el cargador.  

La mañana siguiente,  Kike se despide de su madre en el pasillo. Ella le dice por enésima vez:
-          ¿Lo llevas todo, cariño?
-          Que sííí.
-          Te puse la riñonera para que lleves todo encima, por si te quitan la mochila. ¿No te gusta?
-          No mamá. Bueno que me tengo que ir, te llamo cuando llegue al hotel. Un beso.
-          ¿Seguro que no la quieres? ¿Lo llevas todo?
-          Que no. Digo que sí, lo llevo todo, pero  que no quiero llevarme esa yaya.
-          Como quieras. Pásatelo bien hijo y ten mucho cuidado.

El primer trayecto Madrid-París se le pasa muy rápido. En el aeropuerto de Orly, cuando se disponen  a pasar   el control de seguridad, para embarcar en el avión que los lleve a Estambul,  les piden los pasajes y el pasaporte. Kike busca en el bolsillo de su mochila, encuentra los pasajes, pero no el pasaporte. Extrañado y un poco nervioso, comienza a mirar por todos los bolsillos de la mochila,  luego en sus pantalones y en la cazadora.  Julia  que lo observa, le pregunta:

-          ¿Qué ocurre Kike?
-          No encuentro el pasaporte
-          No te pongas nervioso, intenta recordar dónde lo guardaste  ayer. Ve paso por paso.

Kike de repente ve en su cabeza la secuencia,  pero no la de ayer, si no la de esta mañana: su madre en la puerta con la riñonera en la mano, preguntándole si lo llevaba todo y entonces se acuerda. “Mierda, en la riñonera.  Mi madre”.

El extraño amor de Martins, por José Miguel García.


Martins despertó con la cabeza cargada y las piernas doloridas como si hubiera corrido el Maratón un par de veces. Aunque se  encontraba francamente mal y el estómago le pasaba como si en vez de gin tonics hubiera bebido cemento, logró sentarse en el borde la cama. Al cabo de un rato, cuando fue tomando conciencia, pensó en Monic. Vagamente recordó que al llegar de madrugada no la había visto, aunque tampoco estaba seguro porque en el estado en que alcanzó la cama lo inaudito hubiera sido que conservara algún recuerdo coherente.

Comprobó con indiferencia que había dormido vestido. Al volver el cuello, la encontró sobre en el sillón mirándole con sus inmensos ojos verdes. Hipnotizado se hundió en sus iris como un submarino a la deriva, dudando si encontraría una carga de profundidad que le hundiera el día antes de comenzarlo o la sombra de una sonrisa que le abriera puertas a la esperanza. Por fortuna no hubo ninguna explosión: entre Monic y él había una complicidad a prueba de salvavidas, confirmó aliviado con una mueca de sonrisa.

A diferencia de las mujeres - con las que había compartido la cama, el cuarto de baño y las frustraciones-  que jamás quisieron aceptar que un hombre necesita para no hacer amistad con el psiquiatra, perderse algunas noches y levitar en el sopor amargo del alcohol hasta perder la memoria, Mónica era de ese raro tipo de damas que son capaces de entenderlo. Siempre se ha preguntado si será así porque es extranjera; pero para él sigue siendo un misterio  que jamás haya habido un reproche o una mala cara, a pesar que su horario como detective del distrito de Albany Parkde de Chicago, es tan imprevisible como una flor del desierto.

Es consciente, sin embargo, de que Monic no es perfecta. No tiene la rubia melena de Franscis, ni aquellas largas piernas de Julie que parecían arrancar donde le concluían los ojos, pero a cambio atesora otras virtudes que le compensan, en especial la que echó tanto de menos en otras convivencias fracasadas: el silencio. Tras muchas intentos de vivir en pareja, que acabaron antes que las burbujas del champan con las que se juraron algo parecido a un sucedáneo de amor eterno, incluida una semana en las Bahamas, y la condición expresa de que ella no quedara embarazada y el compromiso de ser infiel sólo lo justo, cree que al fin ha encontrado a la compañera ideal.

Con la imperiosidad que da la urgencia, Martins, tras darle los buenos días, se dirigió al cuarto de baño dispuesto, como otras veces, a no mirarse al espejo para evitar las ganas de escupir en el reflejo de su rostro. Pero cuando se halló ante él fue distinto. Cayó en la cuenta que era la primera vez que lo hacía en semanas y comprobó, no sin sorpresa, que era menos viejo de lo que había supuesto. Pensó que la naturaleza humana es asombrosa, ni sus cincuenta y ocho años a cuestas ni la mala vida habían sido suficientes para dejar aquella mañana cartones secos en su cara.

De pronto recordó que el  espejo hacía semanas que no existía, en un arrebato lo había convertido en un montón de estrellas esparcidas por las baldosas del cuarto de baño. Supuso que Rubillia, la negra de cien quilos, que de vez en cuando ponía un atisbo de orden en el caos congénito del viejo apartamento, había tomado la inusual iniciativa de llamar al cristalero. Su mente policíaca relacionó rápidamente la causa de que la factura del mes anterior hubiera subido hasta los cien dólares y que hacía algunos días que sus zapatos no masticaban cristales.

Animado por el buen augurio, decidió adecentarse la cara con un afeitado. Ante la ausencia de jabón, tomó de la cocina un bote de lavavajillas para hacer espuma y con el bisturí, que había guardado como recuerdo entre las pruebas de los crímenes del doctor Friman, repaso su rostro hasta que las manchas de la rala barba desaparecieron. En el tránsito, el tembloroso pulso de su mano derecha le jugó una mala pasada adornándole la cara con varios cortes, cuyas hemorragias intentó mitigar con trozos de un ajado periódico deportivo.

No es fácil ser detective en Chicago, pensó, mientras se miraba satisfecho, sin reparar en la sangre que gota a gota manchaba el cuello de su camisa, pero si lo eres, tienes que cuidar la imagen lo suficiente para que en la comisaría no te detengan confundido entre los delincuentes. Decidido por la frase que le había llegado a la mente como el eructo del último  gin tonic, se acercó a la nevera y rescató un tetrabrik de jugo de mango del que dio un trago antes de mojarse los dedos con su zumo. A continuación  los pasó por el rostro dejando en sus mejillas sabor a fruta  y en el aire una blasfemia nacida al rozarse los cortes.

Se cambió de camisa y de chaqueta, pero no de pantalón -los otros había olvidado recogerlos de la lavandería-, pero no le preocupó demasiado porque los que llevaba puestos eran, en cierto sentido, una prueba viva de los últimos tres crímenes sin autor de su distrito. No le faltaba razón ya que le habían acompañado a los lugares donde se habían cometido y era seguro de que entre sus costuras la policía científica hubiera encontrado pruebas decisivas. Sonrió con malicia al imaginar que, de saberlo, el fiscal no habría dudado en presentarlos como testigo de cargo.

Volvió a mirarse al espejo ahora enfrascado en anudarse la corbata. Cuando lo consiguió comprendió que jamás conseguiría la gracia y la consistencia que le  hubría dado la pelirroja Turner. De aquella chica se separó el día que dio por concluido el curso de nudos marineros al que tuvo que acudir por prescripción psiquiátrica. Sin embargo, no le causó ningún trauma, porque cayó en la cuenta de que lo único que le retenía a su lado era la esperanza de que un día ella se decidiera en cambiar el de la corbata por uno corredizo que le ayudara a poner fin a su existencia. Aquella fue una mala época en la que su vida le importaba tanto como el anuncio de gel con sabor a fresas, pero afortunadamente ya la había superado.

El sonido del teléfono le sobresaltó  e instintivamente echó mano a su pistola. Sintió un pinchazo en la cadera recordándole que había pasado la noche sobre su inseparable compañía. - Siempre me hace daño lo femenino, pensó con sorna.

Repuesto del inicial sobresalto, siguió el estridente sonido hasta el dormitorio. Al cabo de un instante encontró el cable y al tirar de él apareció el teléfono bajo la cama. Lo descolgó y preguntó:
-Aquí Martins, ¿quién es?

 Desde el otro lado, la voz desagradable de la telefonista de la comisaría le recordaba que a las nueve tenía una reunión con el teniente Curtiz y que estaba esperando  el informe escrito del último caso.

-De acuerdo, estaré allí dentro de un momento-, contestó sin convicción y colgó.

Recordó que no había escrito el informe, pensó que lo grabaría en la casete camino de la comisaría y al llegar, tras invitar a Judit a un café, le pediría que se lo pasara a papel. Sabía que le caía bien, lo que era un dudoso gusto, pero ya se sabe que en ese tema todo es imprevisible. Lo que admiraba de ella, además de sus generosos pechos, era la facilidad con que movía los dedos sobre las teclas de la máquina. Una vez la vio escribir mientras con una mano se pintaba los labios y con la otra sostenía un espejito, al tiempo que conseguía reproducir los acordes de una vieja canción country poniendo el contrapunto del bajo con los clics del carro. Esa chica, pensaba, había confundido su profesión, de tener la misma facilidad sobre un piano o sobre el cuerpo de un hombre hubiera sido una estrella en el  Broadway o una reputada masajista de la quinta avenida.

Sacó la pistola de la funda y tras comprobar que estaba cargada, se cercioró de que el seguro estaba puesto -costumbre que había adquirido el día que por accidente se le disparó en un pié y le dejó un zapato inservible y una leve cojera-. Se dirigió a la cocina y miró el reloj: marcaba las siete de la tarde.

- Maldita sea, masculló entre dientes, un día de estos tendré que dar un susto  al chino que me vendió las pilas gastadas-.

Antes de marcharse se acercó al dormitorio para despedirse de Monic, la tomó entre sus brazos y le dio un beso en la boca, un beso suave y largo sin grumo de lujuria. Ahora la lujuria sólo era un viejo recuerdo que había rodado sin frenos hasta un lugar recóndito del que no tenía intención de rescatarla. Mirándola de frente le comentó que no era seguro que pudiera estar a la hora de la cena, por lo que sería mejor que cenara sola; se excusó comentando  que en su oficio no había horario fijo.

Mónic se apretó contra su pecho como devolviéndole el abrazo y sin palabras dio a entender que comprendía que así era y que así había que aceptarlo. Con ternura inusitada la volvió a colocar sobre el sillón y tras decirle que la quería, comprobó que quedaban manzanas sobre la mesa de la cocina.

 Antes de cerrar la puerta se volvió y se sintió feliz como no lo había sido nunca, tan sólo recordaba una ocasión parecida cuando al despertar del coma, tras el último intento de suicidio, pidió un periódico y comprobó que los  Bulls habían ganado su cuarto anillo.

 Mónica desde el sillón con su vestido verde brillante le vio partir, para un segundo después hizo con la lengua un escorzo en la boca y fijó la mirada en una mosca posada sobre un resto de pizza.
De haber observado toda la escena, un buen psiquiatra hubiera dado por seguro que aquella iguana tenía algo de humana y que Martins no estaba tan loco como pudiera parecer.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Las cajas de los juegos de mesa, por Carmen Gómez Barceló.


Otra vez igual. Esta vez no podré. No podré. A ver…A ver. Uy, qué suave es esta cinta de velcro. ¿Para qué servirá? Tengo el vivo de la bocamanga deshilachado, es muy vieja esta bata. A ver, una botica, eso es interesante. En las boticas pasan cosas. Estas dos manchas  no se me quitan. Normal, los años… 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 1, 2… Otra vez. Deja de contar, por Dios. Estoy nerviosa, de nuevo estoy nerviosa y cuento. Concéntrate, concéntrate. Ahora, a ver, una historia. ¿Qué historia? Las cajas de los juegos de mesa. Ahora tienen polvo. No jugamos ya. Vale, las cajas de los juegos de mesa.
Las cajas de los juegos de mesa.

Ahí están, quietas, tranquilas, las cajas de los juegos de mesa han quedado un poco olvidadas en esta casa. Parece que  quieren hablar, que  quieren decir que están tristes y aburridas porque hace tiempo que nadie las abre y lo que es peor, hay pocas esperanzas de que vuelvan a hacerlo, a ser útiles. Es curioso, es de las pocas cosas que están ordenadas aquí. Debe ser por eso, porque no se usan, qué triste. ¿Va el orden unido a la quietud? ¿ A lo inerte? ¿Cuándo existe el orden, este convive con la involución, o mejor dicho, con la no evolución? Algo así debe decir la teoría del caos. Si esto es así conozco a alguien que está en continua evolución. Tal vez lo mejor será guardar todas las cajas de juegos de mesa, una etapa dará paso a otra, es la jugada de la vida. Las etapas pasadas se llevan  en el recuerdo, pero es insano vivir de su renta, insano y lo que es peor, inútil.

Las cajas de los juegos de mesa se acabarán guardando en el trastero, pero aún no, aunque esta decisión lleve consigo la dualidad de albergar esperanza  o prolongar la agonía.

martes, 12 de marzo de 2013

Realidad y deseo, por José García.


Podían ser las primeras luces de la mañana o el resplandor vespertino que acompaña la caída del día. Cada cual se apresta a consumar su quehacer, en el rol donde, cada uno de forma individual y colectiva, ha de desenvolverse en la vida; llevando entre sus aperos la voluntad y el arrojo para afrontar sus adversidades, así como la ilusión y el carácter para abordar sus retos de futuros. En la translación de esa vitalidad que tiene el ser humano para superar cualquier dificultad, anteponiendo a estas la realización de sus sueños. Como bien relata Ana Frank en su diario. El día, el momento, podría ser en cualquier lugar o rincón del mundo; podría ser el día  soleado, propiciando una luz y colorido intenso, o gris aplomado, pudiendo mostrar también ese halo de viveza y luminosidad, que el blanco de la nieve le transfiere al paisaje; en cualquier caso, el día, el tiempo, puede ser bello, si se tienen deseos y ganas de vivir, por o para alguien o algo. O puede convertirse en tragedia, si tienes la fatalidad de tropezar con el mal, que me temo que existe.

Si tuviera que decir quién soy, podría adoptar una personalidad múltiple y en cualquier lugar del planeta. Podría llamarme Peio, en la plaza de Guernica de vuelta a casa, tras mi jornada como recadero en un comercio; o Anke en Dresde, Sergey en Stalingrado, Akira en Hiroshima o Nagasaki, Nguyen en cualquier aldea perdida de Vietnam, o Salvador en Santiago de Chile; en esos momentos de calma tensa, que se viven en zonas de conflictos bélicos; o haciendo cola en cualquier comercio, para comprar pan posiblemente, como, Voislav en Belgrado, Mirsad en Sarajevo, Amila en Bagdad, Aisha en Gaza, Fátima en Siria, o en cualquier mercado de Paquistán, Nigeria, Mali o Kenia; puedo estar en un tren en Colombo (Sry Lanka),o en un autobús en Tel Aviv; rezando en una iglesia, mezquita o sinagoga en cualquier parte del mundo, o en un avión en pleno vuelo; también puedo ser Alexey en aquel colegio de Beslan (Osetia del Norte), Mijaíl y Alexandra en el Teatro Dubrovka de Moscú, Montse en aquel Hipercor de Barcelona, Paula despertándome en la Casa Cuartel de Zaragoza, Brid en Omagh, Evelyn en Bari; y como no, puedo ser Michael, bombero de New York o José, el puertorriqueño que trabajaba en la limpieza de las torres gemelas; puedo ser Manuel, Ahmed o Sara, aún casi dormidos, subiendo al tren en la estación del Pozo del Tío Raimundo, o Andrew en el metro de Londres. Gentes, seres humanos ajenos e indefensos ante la acción de aquellos que hacen del mal y la violencia el referente para alcanzar sus objetivos, y que les deslegitima socialmente.

Se produce un ruido estremecedor, todos quedan enmudecidos y ensordecidos, nadie parecer hablar ni escuchar a nadie, todos parecen haber adquirido un lenguaje de signos y gesticulaciones, el silencio parece haberse apoderado del lugar; sin tiempo a la reacción, una explosión de fuego, que arrasa y calcina todo cuanto le rodea, con una subida de temperatura que quema la piel; inmediatamente da paso a una ennegrecida y polvorienta nube, de la que empiezan a emerger, como si de fantasmas se tratara, seres polvorientos y ensangrentados, tambaleantes y desorientados, que pese a ello reflejan en sus caras y en sus miradas la incredulidad de no saber que está ocurriendo, y al mismo tiempo el horror. Poco a poco la nube de polvo va desapareciendo dejando a la vista un panorama desolador; edificios derruidos, amasijos de hierro y aluminio, personas calcinadas y petrificadas, al igual que el entorno, personas que se revuelven, heridas, por el dolor u otras que no se atreven ni a moverse por miedo a comprobar si ello es posible o no; poco a poco vas recuperando la audición y no te llegan más que lamentos de dolor y de rabia, no encuentras palabras para expresar lo que estás viendo, lo que ha ocurrido. Te asaltan sentimientos enfrentados y afloran las lagrimas cuando recuerdas como hace solo un instante estos edificios, aviones, trenes y calles estaban llenos de ilusiones  de vida y futuro, ahora truncadas violentamente y lloras de amargura, impotencia y dolor, al tiempo que te aflora la rebeldía, la rabia y el desprecio, contra aquellos que a su vez, desprecian la libertad y la vida.

¿A qué motivos ruines sirven estos crímenes?
¿Qué sin sentido y sinrazón mueve a estos asesinos?

Durante largo tiempo me embargaron estos sentimientos, aunque en mayor o menor intensidad me acompañará siempre, reflexionando largamente una y otra vez sobre estas actitudes, ¿Qué creencia religiosa, política o sentimiento nacionalista e independentista, puede sustentar estos hechos?

Nadie está en posesión de lo absoluto, ni puede ni debe imponerlo a los demás, y aunque la cuestión de lo absoluto tiene su caldo de cultivo en el totalitarismo, hoy surge un absoluto democrático, sustentado en el neoliberalismo imperante, que se intenta imponer a los demás.

Me he preguntado y preguntado a los demás, una y otra vez. Si la velocidad de la luz o del sonido no se aceleran o detienen, ante límites o fronteras físicas o políticas, ni ante la pertenencia a raza, religión o civilización alguna, si el día y la noche actúa por igual para todos, si todo esto es universal como la ciencias, porqué no asumimos nuestras identidades con respeto hacia los demás, o en una alquimia prudente e inteligente que nos haga recuperar los amplios horizontes de lo pagano, donde los dioses se toleraban mutuamente, en vez de potenciar los espacios cerrados del monoteísmo, en el que se enfrentan distintas concepciones de un mismo dios.

Porqué la promesa, la esperanza que para todos los individuos o colectivos, sin discriminación de raza, credo e ideología, representa La Declaración Universal de los Derechos Humanos, no lo hacemos una realidad. Que la realidad y deseo se conviertan en derecho.

Tierra y mar, por Carmen Gómez Barceló.




11 de Noviembre de 2012

Hemos zarpado a las 7horas a.m. con tiempo estable, soleado y  viento favorable. El día ha transcurrido con la normalidad  que es de esperar en un barco mercante. He intentado hablar contigo y ha sido imposible. ¿Dónde estabas?

13 de Noviembre de 2012

Navegando a 20 nudos hemos sido interceptados por un buque de la armada. Han revisado minuciosamente la documentación y una vez comprobado todo nos han permitido proseguir la ruta. La jornada ha sido bastante ajetreada por lo que no he tenido tiempo de pensar demasiado en ti. Tampoco he podido hablar contigo. También he llamado a mi hija Carolina y me ha dicho que su madre andaba ajetreada como siempre con las cosas de la tienda. No he querido pensar nada.

16 de Noviembre de 2012

Hemos estado almorzando por turnos ya que las condiciones atmosféricas  están cambiando por momentos y hay que estar alertas ante cualquier contratiempo.  A mediodía me ha llamado Teresa y me contado que las niñas habían actuado en la función del colegio, y que había tenido que cerrar la tienda, y que habían estado muy graciosas. Cuando he terminado de comer me he asomado por la popa y  estuve pensando en ti. La estela de espuma que dejaba la embarcación dibujaba figuras en el mar. Me hablaban de ti. Por un momento sentí la necesidad de liar el petate y volver. Por la tarde ha habido problemas con la emisora y mi móvil no funciona en esta jurisdicción, o sea que tampoco hoy podré hablar contigo. No sé si te quiero y tampoco sé si tú me quieres a mí. Habrá que solucionarlo.

20 de Noviembre de 2012

El día de hoy ha transcurrido más tranquilo que de costumbre. Ha pasado la perturbación que nos había complicado un poco las cosas, pero como siempre después de la tormenta ha aparecido la calma. Se respira un aire tremendamente limpio y los iones negativos que salpican las olas apaciguan las almas. El confort inunda mi cuerpo. Hoy no te necesito y cuando me has llamado hasta me ha molestado un poco por eso he preferido no contestar a tu llamada.

25 de Noviembre de 2012

El barco me queda pequeño, empiezo a agobiarme, no paro de andar de proa a popa, de babor a estribor, me cuesta concentrarme y la ansiedad se apodera de mí. El médico me prescribe un Diazepán y me ordena retirarme a mi litera. Estoy confuso pero la medicación me induce al sueño. ¿Estarás en casa? ¿Qué estarás haciendo? Cuando vuelva creo que habré superado mi dependencia de ti. No me apetece nada volver  al calvario de mi vida contigo. 


30 de Noviembre de 2012

Hoy por fin hemos hablado. He adivinado por tu voz que te alegrabas de oírme. También me he dado cuenta que no te ha preocupado  que no hayamos  encontrado el momento para comunicarnos, lo que confirma la tranquilidad con que te enfrentas a todo frente a la tortura que para mí ha supuesto siempre no tenerte cerca.

24 de Diciembre de 2012

Volvemos a casa. Es Nochebuena y cenaré con mi mujer y mis hijas. Espero que el agua del mar me haya bautizado de nuevo liberándome  de la obsesión por ti.    

jueves, 7 de marzo de 2013

¡Lo que cuesta ir a la escuela! por José Miguel García.


Vamos cariño, es la hora. El despertador ha sonado hace un buen rato y has tenido tiempo de disfrutar del último sueño. Sí, ya sé que es el mejor momento de toda la noche, como no lo voy a saber, ¿por qué crees que cuando tienes que levantarte temprano pongo la alarma del reloj un buen rato antes?

Haz una cosa, aunque no abras los ojos, céntrate en el calorcito suave con el que te envuelve la cobertera. ¿A que te sientes estupendamente? Pues aprovecha, da un salto de la cama ahora mismo y te doy cien besos de regalo. No sé si te he contado que una vez leí en un libro que si te levantas sonriendo y con buenas sensaciones te espera un día lleno de alegría.

Vaya por Dios, ni te has movido. No conozco a nadie que duerma más que tú, pareces un osito blanco  entre la nieve de las sábanas. Ni se te vaya a ocurrir decir que las sábanas que te pongo en la cama no son tan blancas como la cal. Mientras te desperezas te cuento un pecadillo. Ya sé que no está bien pero, aunque tenga que confesárselo un día al Padre Rufino, no puedo evitar sentirme orgullosa cuando en los ojos de las vecinas veo la envidia reflejada cuando miran las sábanas tendidas en la azotea. Pero si alguna me pregunta cómo lo consigo, me hago la tonta, ni me pasa por el pensamiento contarle a nadie el secreto de su blancura. Que rabien. Bueno, a nadie no, a ti si te lo contaré algún día, como mi madre me lo contó a mí cuando me fui a casar con tu padre.

Si fueras una niña sería distinto, pero eres lo que Dios me ha dado y no tengo más remedio que aguantarme. No me malentiendas, estoy muy orgullosa de ti; lo que quería decir era que es un secreto de mujeres y tú,  siendo varón, no lo puedes entender como lo haría una hija. Pero no te preocupes que te quiero muchísimo, tanto o más que si fueras niña, lo que pasa es que no puedo evitar echar de menos no haber tenido una hija. Perdóname.

Para que veas que es cierto lo que digo y que no me importa que seas niño, un día de estos te lo voy a decir, porque no voy a durar para siempre y un día tendrás que casarte y ese secreto va a ser de las pocas cosas importantes que te voy dejar en herencia. Así se lo podrás contar a tu mujer, aunque como están las muchachas hoy no me extrañaría que no le hiciera ni caso. ! A ver si cuando llegue el momento tienes buena vista y eliges a una mujer como Dios manda y no una niñata de esas que se creen que la vida es el Gran Hermano!

Sigues sin moverte del nido. Algunas veces me parece que estás medio cocido. Pues ni se te vaya a ocurrir hacer lo mismo que el lunes de la semana pasada que tuve que ir al médico a que me hiciera un justificante. Tú sabes que yo no sirvo para mentir y me puse tan colorada que estoy segura que el doctor se dio cuenta. Si no fuera porque nos conoce de toda la vida no me da el papel. Así que… nunca más.

Digo yo que ahora que falta tu padre, va siendo hora de que eches seriedad y te vuelvas más responsable. Por la noche nunca tienes prisa, te sientas en el ordenador y se te pasan las horas muertas. Anoche tarde aún andabas con él, lo sé porque era la hora de tomarme la pastilla de los mareos y vi la luz encendida por debajo de la puerta. No comprendo que placer te da estar horas y horas delante de ese trasto, si fuera la tele lo entendería, porque podías estar viendo una película o el telediario, pero en el ordenador… en fin, tú sabrás.  

Por mucho que holgazanees no te voy a dejar tranquilo. Hoy te levantas te pongas como te pongas. Por mis canas vas a llegar a la hora aunque te tenga que llevar a empujones. Si dentro de dos minutos no te veo en movimiento enciendo la luz de arriba. Me va a dar igual que te moleste la bombilla. Prefiero hacer eso que tener que pasar otra vez la vergüenza con el médico.

Venga. Jesusito, que todos los días me haces lo mismo y ya estoy cansada. A saber  a quién sales, porque ni tu padre, que en paz descanse, ni yo hemos sido nunca remolones. Que yo sepa sólo había en la familia un tío de tu padre, un tal Emigdio, que tenía fama de serlo  ! Por Dios que nombre más feo, no me imagino a quién se le ocurrió darle ese castigo! La abuela contaba que cuando hacía la mili un día le metieron fuego a las sábanas para que se levantara, pero después se supo que tenía una enfermedad que había cogido en África cuando estuvo en la guerra. Por lo visto allí hay una mosca  que cuando te pica te mete en la sangre un bichito que da sueño. Pero quitando a Emigdio que estaba, como te he dicho enfermo, no hay otro caso como el tuyo.

 Igual te retrasas porque no eres feliz en la escuela y por eso no te gusta ir. Ya sé que todos los niños no son buenos y algunos disfrutan haciendo llorar a los que son más débiles, pero así es la vida y no te queda más remedio que ser fuerte y tirar “palante”.

Antes era distinto, un tortazo a tiempo era mano de santo. Ahora no, ahora si le das un grito a un niño te acusan de maltratador y los maestros están asustados. Yo no quiero meterme en cosas de las que no entiendo, pero lo que es cierto y nadie me lo va a negar, es que antes era otra cosa,  la gente hablaba más y había más humanidad y  otro respeto. La gente se conocía y cada uno sabía su sitio, sin embargo ahora te llevas media vida viviendo en un piso y no conoces ni a quién vive al otro lado del tabique y no digo ya de los que viven en el  bloque de enfrente.

Me podrás llamar antigua, pero  es lo que pienso. Desde que la gente se pasa las horas mirando a la tele no es lo mismo. Con la tele es que no te puedes ni mover. Con la radio era otra cosa, la enchufabas por la mañana y podías hacer las faenas, tendías la ropa, ponías el puchero, hablabas con la vecina desde la ventana. Entonces todo el mundo se conocía y si una mañana no te asomabas a dar los buenos días ya sabían que estabas mala y no faltaba la tacita de caldo, y quien se ofrecía a hacerte los “mandaos”; incluso se hacían cargo de los niños y de las faenas de la casa. Era … como te diría, un tiempo más humano. ¡Lo que me gustaba oír por el ojo patio las coplas de moda que alguna muchacha cantaba con más ganas que arte! Era una tontería, lo sé, pero alegraba el día aunque en la cazuela tuviera los garbanzos contados, un pedazo de tocino, una cabeza de ajo y una bolsita de las del  avión para darle color al potaje.

No creas que se me ha olvidado lo que me dijiste la otra tarde de que estás triste en esa escuela Jesusito, pero eso no justifica que no vayas. De todas formas el mejor remedio es el que yo te diga, que más sabe el diablo por viejo que por diablo y deja las tonterías de ir a ver la psicóloga que eso es para los locos. Lo que tienes que hacer es levantarte, vestirte en un periquete y desayunar. Ya verás como con la barriga llena ves la vida con otros ojos. Por cierto, te he preparado un cala-cao de rechupete y unos bollos de leche que quitan el sentido; los he puesto con mantequilla en la plancha, y a fuego mínimo para que no se enfríen, pero si tardas mucho se van a poner medio secos y luego te quejas. Venga y levántate.

¡Hombre, por fin amaneces!, pues que sepas que te queda media hora y ya tienes que correr para llegar a tiempo. Sobre la silla del salón tienes el pantalón azul que tanto te gusta planchado de esta mañana, con la raya firme como un soldado de regulares, y la camisa de  cuadros que te hace tan guapo. Encima te pones el jersey que te dé la gana, pero que abrigue, que en la calle hace frío. En el cajón de arriba están. No he sacado ninguno porque siempre me dices que no se conjuntar los colores, ¡mira usted que torpe mamá!

Antes de ir a la cocina, pásate por el cuarto de baño y te quitas las legañas, a ver si la gente se va a creer que tu madre es una descuidada.

 Se me olvidaba, ha llamado hace una hora Julián, el de cuarto curso, para decir que hoy no puede ir. Me ha dicho que estaba malo, pero no me enterado de qué.

¡Que guapo vas, hijo mío!, pero date prisa de una vez, que para ser el jefe de estudios no das ejemplo precisamente.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Carta sin emisor, por María del Mar Quesada.


Córdoba octubre de 2012


Tu ausencia está en la eternidad de mis recuerdos. Aunque siempre has estado ausente físicamente, no has dejado de acompañarme nunca. Me he inventado tu vida y me he inventado la mía contigo. Tu recuerdo tiene la facilidad de curarme mis heridas, mis desvelos y mis ausencias. Tú, sin saberlo, provocas mi sonrisa con solo imaginarme tu cara, tu sonrisa, tus manos, tus ojos azules, presentes  en mi memoria y cambiantes conforme pasan los años.

El día que te conocí, sentí una descarga de emoción tan fuerte que supe que jamás volvería a sentir algo igual. Al instante esa emoción se transformó en miedo, el miedo a perderte tan pronto. Tenía que dejarte, no me quedaba más remedio que salvarte de mi propia vida, no podía condenarte a mi existencia sin seguridad, a mis noches al raso, a los días sin comida, a los inviernos gélidos, a los veranos asfixiantes. Tú, no te merecías la indigencia en la yo que nací.

Durante toda tu gestación en mi vientre estuve acompañada por tu padre,  que nos cuidó y nos dio amor, hicimos proyectos contigo, nos imaginamos un vida  los tres juntos. Cuando miraba sus grandes ojos azules inmersos en esa piel morena, surcada por la vida, me convencía de que nuestra salvación serías tú. Tú estabas existiendo en mi, para redimir nuestras vidas, pero los sueños siempre acaban cuando uno despierta y nuestra ilusión acabó cuando tu padre hizo su último viaje al mundo de las tinieblas. Nos quedamos solas tú y yo en la inmensidad de las calles. Cuando llegó el momento de tu partida de mi cuerpo, comenzaste a respirar aire puro, aire sano que desintoxicaba tu sangre. Comprendí que no podía llevarte conmigo.  Uno de los tres tenía la oportunidad de realizar nuestros sueños y esa serías tú.

Solo pedí poder verte de vez en cuando hasta que te encontraran una familia, por suerte pude ver tus primeros dientes, tu primer gateo e incluso pude escuchar tus primeros balbuceos que para mi fueron tus primeras palabras. Sabía que un día llegaría  a la casa cuna y no te encontraría, pero mi fe en tu futuro me había preparado para tu ausencia.

Hoy te escribo desde mi pequeño apartamento alquilado, que puedo pagar gracias un  humilde trabajo y todo ello te lo debo a ti. Mi propósito fue recuperarte, no como madre, pues ya no me corresponde,  sino como una especie de ángel custodio. Han pasado 20 años, no sé dónde estás, pero sé que algún día vendrás a buscar tus orígenes.  Cuando busques en la casa cuna te encontrarás esta carta. Me conformaré con que la leas y sepas que no he dejado de quererte, que tú naciste del amor verdadero entre dos marginados de la sociedad y que en otras circunstancias me hubiera quedado contigo, pero las facilidades no aparecen cuando las necesitas. Prefiero que me condenes al anonimato en tu corazón por abandonarte, pero así  evité  condenar  tu preciosa vida junto a mí.

No obstante si tú quieres, puedes encontrarme, yo te estaré esperando siempre.


Tu ángel custodio

martes, 5 de marzo de 2013

La particular bitácora, por José García.


Hemos zarpado de Buenos Aires, rumbo de vuelta a casa, pasamos frente a Montevideo e iremos arrumbando junto a la costa hasta alcanzar la latitud del Cabo de Santo Agostinho, para un poco más adelante arribar a Recife, capital del Estado de Pernambuco (Brasil). Nos acompaña un viento suave que ronda los 10 km/h (5 nudos aproximadamente), no obstante cuando salgamos a mar abierto cambiaran estas condiciones, aunque no mucho, según las predicciones meteorológicas, al menos mientras continuemos en latitud sur.
De todas formas nada comparable con el temporal que soportamos en el paso por Tierras del Fuego, en el Estrecho de Magallanes, con vientos casi huracanados y olas de casi 8 metros de altura. El mar embraveció de tal manera que la nave crujía como nunca. La perturbación de las aguas causada por la violencia de los vientos, amenazaba con mandarnos al garete. Pero afortunadamente lo superamos sin daños estructurales  y nada hace prever que nos encontremos con otra situación igual de aquí a casa.

Hago una pausa atraído por el aroma de una humeante y caliente taza de café. Entre sorbos me abstraigo en la conversación telefónica que ayer mantuve con Alicia, pues me dejó preocupado, la noté un tanto abatida, sé que es difícil afrontar la educación de los niños, sobre todo cuando ya no lo son tanto. Están en una edad muy difícil, en la que empiezan a querer caminar y pensar por sí mismos, tomar sus propias decisiones; aunque nos parezca que no cuentan con la experiencia suficiente. En conciencia creo que hemos hecho nuestro trabajo y no hay que abatirse por eso; solo nos queda seguir educándoles con el ejemplo y quererlos. Por más que a veces nos empeñemos, no nos queda más que ayudarles a realizar sus sueños, que no necesariamente han de ser los nuestros.

No hay que desanimar, pues todo esto hay que hacerlo sin esperar nada a cambio. Cuando ellos alcancen nuestra situación y compartan estas preocupaciones, solo entonces, si se sienten orgullosos como hijos y nos dedican un te quiero, podemos sentirnos compensados y satisfechos por el esfuerzo realizado. Cierto que sin esfuerzo y disciplina nada es posible, pero debemos mostrar confianza en ellos y en sus posibilidades. Y sobre todo hemos de tener en cuenta que no hay nada como despertar cada mañana con un beso. Es algo que aprendes en la distancia.

Han pasado 6 días desde que zarpamos de Buenos Aires y arribamos, tras arrumbar el Cabo de Santo Agostinho, a Recife. En la mañana zarparemos de nuevo, rumbo a las Islas Canarias. Para combatir el tedio del clima tropical de Recife, me dispuse a refrescarme con una limonada, mientras observaba como ésta jugaba con los cubitos de hielo moviéndolos y haciendo crujir dentro del vaso, al tiempo que diminutas burbujas afloraban hacia la boca del mismo, divagué en la memoria, sobre la última conversación telefónica con Alicia; la intuí a la defensiva, como si hubiera tenido algún reproche hacia ella, nada más lejos de mi ánimo, cierto que a veces me siento tan triste que ni siquiera palabra pronuncio; que es difícil demostrar como siento, como soy, sintiéndote cerca pero teniéndote lejos; aunque quiero que sepas que son tus ojos los auténticos faros que me guían en este inmenso y oscuro océano, que cada noche me voy contigo de la mano, como si estuviéramos paseando al atardecer en la tranquila y fina arena  de la playa, para así quedar dormido. Pero esto solo se decirlo con dos palabras; te quiero.

Ya hemos cruzado el ecuador, por lo que navegamos en latitud norte o positiva, mañana en la tarde avistaremos las Islas Canarias, más concretamente con la Isla de Hierro, la primera con la que nos topamos. Es de resaltar el cambio en las condiciones meteorológicas que se produjo ayer, nos sacudió un tremendo ventarrón, que en momentos amenazó con convertirse en temporal. La velocidad del viento superó los 50 km/h (unos 30 nudos), con olas de 5 metros de altura, aunque todo pasó sin incidentes de importancia alguna, solo el nuevo, Andrés, en una de las sacudidas se golpeó el brazo izquierdo y tuvo que ser atendido, no pasando la situación a mayores. En estos momentos el viento ha amainado y es moderado; hace 11 días que zarpamos de Buenos Aires, y nos disponemos a arribar en Santa Cruz de Tenerife, ya vemos el final cerca pues en menos de 2 días llegaremos a Cádiz final de trayecto, habrán transcurrido algo más de 12 días desde Buenos Aires y algo más de un mes desde que iniciamos la travesía desde el mismo Cádiz. En total han sido unas 14.000 millas, con una navegación media de 400 millas diarias.

He podido percibir tus miedos, pero no temas, la naturaleza en general como el océano en particular, se comporta hostil cuando se les desafía. Ya te sueño, cara al mar y con el cabello al aire, esperando el atraque, y ardo en deseos de acariciarlos con mis manos y poder abrazarte, aunque en esos momentos hable el silencio.

sábado, 2 de marzo de 2013

Sobrevivir, por Carmen Gómez Barceló.



Yo era una niña bastante endeble ya que mi nacimiento no estuvo rodeado de muy buenas condiciones. Mi madre víctima de la posguerra, y recién parida, quedó embarazada de mí arrastrando una considerable desnutrición para ambas. Unos años  más tarde yo no era más que una décima parte de mis hermanos, o sea, una entre diez . Este panorama  me hizo desarrollar unas habilidades, que no eran precisamente las facultades físicas, para salir adelante y significar algo en mi gran familia a la que por otro lado adoraba.

Como no era graciosa como mi hermana más pequeña ni dispuesta como mi hermana mayor, ni revoltosa como el resto, empleaba mil artimañas para hacerme notar. Por ejemplo, me tiraba de la litera para que mi padre me cogiera unos minutos en sus fuertes brazos; O fingía algún dolor para disfrutar de la mirada compasiva de mi madre, que en ese momento dejaba todo por atenderme y  proporcionarme alguna medicina que yo aún a sabiendas de que no la necesitaba, la engullía con agrado..

Los juegos de mis hermanos consistían en correr unos detrás de otros, tirarse por los terraplenes más peligrosos del barrio, jugar al látigo, cosa que yo  odiaba ya que tenía que elegir entre jugar con ellos y quedarme sin aire o no jugar y quedarme sentada. Por supuesto yo prefería lo último. A pesar de todo quería a mis hermanos muchísimo y me sentía realmente orgullosa de todos ellos, eran increíblemente vitales y alegres.

Todas estas actividades  me mantenían algo aislada de ellos pero para nada infeliz ya que mi cabeza estaba llena de ideas por realizar. Durante el tiempo que estaba sola era capaz de crearme todo un mundo solo para mí , pasaba las horas haciendo comidas exóticas con los jazmines del patio y cuidando con amor verdadero a un viejo ladrillo envuelto en un trapo al que consideraba en verdad mi bebé. Entretanto oía a mi madre algún comentario sobre la posible inestabilidad que me acechaba. Era consciente entonces de que nadie  comprendía nada.

Al empezar el colegio me di cuenta que me encantaba. Me gustaba todo lo que allí se hacía, cada cosa nueva que aprendía me llenaba de gozo  a la vez que observaba como mi prestigio crecía dentro de mi familia . Por fin había algo que me gustaba y que además  complacía a los míos. Por primera vez sentí la aprobación de unas personas que no me conocían de nada como eran los profesores junto a una incipiente complicidad con mi padre que duraría ya, toda la vida .

Sin saberlo estaba sentando las bases, estaba configurando un disco duro, con una elemental base de datos  que a fuerza de incorporarle información en forma de experiencia  se transformaría algún día en un ordenador más completo. Cada persona sobrevive tirando de los recursos que posee de millones de maneras diferentes, por eso no somos iguales, lo que me parece genial.     

El arte de cuchares, por José Miguel García.


Es obvio comentar que un buey es algo así como dos o tres veces un toro de verdad. Lo es por lo alto, por lo gordo y por los cuernos, lo que comparado con los escasos centímetros que mediamos Juanito y yo -presuntos maletillas-, hacía que el desafío de David y Goliat pareciera una tonta fruslería comparado con aquello que nos habíamos propuesto.

Pero ni que el tamaño de la cabeza del morlaco duplicara nuestro tamaño nos amilanó porque sabíamos que la gloria nos esperaba entre la impresionante cornamenta del rojizo buey dando saltos de uno a otro como si de una malabarista se tratara. Tras mirarnos, para darnos mutuos ánimos, y apretar con decisión los dientes de leche, capote en mano desafiamos a los elementos y al cornúpeta desde una prudente distancia. No tengo claro si lo hicimos a puerta gayola, aunque en buena lógica pienso que la estampa del lance de los dos torerillos, aquella tarde a las afueras de Gines, hubiera sido complicada que quedara para la posteridad retratada salvo que hubiéramos contado con una escalera o un banquillo que nos alzara del suelo.

En el fragor de la faena,- nuestro fragor, porque como imaginarán el buey pasaba de la situación-, los egos toreros de los que hacíamos gala no estaban en disposición de permitir dejar pasar por alto aquella afrenta de indiferencia vacuna, así que nos fuimos arrimando, poquito a poco, muy poquito a poco, con expresiones que llamaran su atención y nos hicieran visibles a la inoportuna ceguera animal. Una vez y otra se oyó en la semioscuridad de la vaquería dos voces infantiles entrecortadas gritando a coro: ¡ Eje bishoooo!.

El día daba sus últimos suspiros y la luna, desde...  desde donde tiene que salir la luna, hizo su entrada por el horizonte para no perderse la imagen tan pinturera, tan artística y tan torera que se recortaba al contraluz en aquella memorable tarde de otoño, y desde luego, que no se la perdió. En uno de esos ¡Eje toro!, el bicharraco, en el culmen de la indiferencia, doblo las patas delanteras y como si nada le esperara se dejó caer sobre el suelo tumbándose tranquilamente. Aquello para nosotros fue un golpe bajo, tan bajo como la moral que se nos iba escapando por instantes.

Sin embargo, animados por la confianza de la mansedumbre del animal nos fuimos arrimando cada vez más, cierto es que con actitud menos torera, hasta ponernos a pocos centímetros de sus cuernos. La confianza no sólo pierde al hombre hecho y derecho, sino que incluso a los aspirantes le da motivos para arrepentirse como vimos a continuación. El buey rumiaba con la tranquilidad infinita que daban sus cortas entendederas, tan sólo movía el rabo de vez en cuando para espantar alguna mosca cuando nos sorprendió con una sacudida de la cabeza pillándome de refilón. Ocurrió como el juego de los bolos que le das a uno y se caen casi todos, pues aquí no hubo casi, porque los dos salimos despedidos por los aires para ir a caer a varios metros despatarrados a todo lo largo.

Creo que no he referido que estas circunstancias ocurrieron bien entrado el mes de octubre, pero un octubre de los de antes, cuando se ponía a llover a primeros de septiembre hacía una “paraita” en navidad y después de Reyes seguía cayendo agua hasta el aburrimiento. Ni que decir tiene que además del barro natural producido por los múltiples aguaceros y que los bueyes son generosos en todos los aspectos y especialmente en sus excrementos, habían convertido el recinto en una especie de masa fétida en la que estábamos inmersos de pies a cabeza. Al intentar alzarnos, no sin dificultad y tras varios traspiés, en el resbaladizo amasijo nos vimos envueltos en algo pegajoso, caliente y hediondo que no sólo nos revolvió el estómago sino que fue más allá llevándose de paso el orgullo torero, el color  de las capas, el de las ropas y el del rubio cabello que adornaban nuestras cabezas aquel tiempo. Hasta las botas de agua, antes negras, quedaron incrustadas en el lodazal que amenazaba con arrastrar junto a ellas, y hasta los mismísimos infiernos, los pies y el resto del cuerpo.

De tal guisa, Juanito y yo nos miramos, nos lloramos, nos abrazamos e intentamos salir del coso renunciando a las botas hundidas, con tal suerte que, en el preciso en que alcanzábamos la valla que lo delimitaba,  apareció el encargado del avituallamiento de la bestia montado en un carro cargado de paja. No es que fuera muy listo el arriero, es que era evidente que pringados como estábamos, lanzando al aire  sollozos destemplados y, por si hubiera alguna duda, las capas en  mano daban fiel testimonio de la evidencia del intento torero.

 El hombre bajó del carro como alma que lleva el diablo y tras superar el vallado de un salto a una mano, comprobó con satisfacción que estábamos, aunque sucios, físicamente enteros y sin otras heridas que no fueran las del orgullo. Tras resoplar largamente echando afuera la angustia vivida hasta la comprobación de la integridad inmaculada, dio lo que  nos pareció sinceras gracias al cielo por no haber ocurrido una desgracia.

Pero el ángel salvador fue un espejismo porque al cabo de nada se volvió un demonio sin cuernos ni rabo para largarnos tal reprimenda que parecía que la hubiera ensayado durante largo tiempo. La adornó con exabruptos y amenazas de todo tipo, poniendo especial énfasis en las relacionadas con cortarnos ciertos atributos, entre los que sobresalía la coleta, o tal vez dijera la colita, supongo que comprendan que con el nerviosismo del momento no tenga memoria exacta de sus palabras, aunque me temo que lo más seguro es que se refiriera a ambas. Afortunadamente todo quedó en amenazas y una de las dos seguimos conservándola.

 Cuando se quedó a gusto, y tras dar su ración de paja al animal, nos alzó por la tirilla de la camisa sin decir ni una palabra, satisfecho, supongo, con la perorata. Con más asco que fuerza, nos subió al carro donde, al ritmo cansino de la mula y movido de lado a lado por los baches del carril, nos fuimos acercando a las primeras calles a la vez  que nos rebozábamos en los restos de paja sobre los que nos colocó. Los restos vegetales se asieron a la masa de barro que nos envolvía consiguiendo que más que dos aspirantes a toreros tuviéramos el aspecto de una pareja de espantapájaros enanos.

El pueblo, que no estaba a más de diez metros, andaba revolucionado porque las respectivas progenitoras habían echado en falta a sus retoños y, como es sabido, eso siempre desemboca en histeria. Cuando llegamos aún no era colectiva, pero tenía visos de que de haberle dado tiempo lo hubiera conseguido. Afortunadamente nuestro ángel-demonio salvador puso en antecedentes, voz en grito, a la parroquia de que traía a los retoños, si no o de buen ver, al menos con la salud incólume. La información calmó, hasta donde pudo, aunque sin lograrlo totalmente hasta que un abrazo maternal y una revisión completa de miembros y zonas vitales lo confirmara.

Es curioso, pero cuando esperas que el cielo caiga sobre tu cabeza, un golpe de suerte inesperado, una liebre que salta o un abrazo hace que todo quede en suspenso colgado de un tenue hilo que depende no ya de ti o de los tuyos, sino de los comentarios de las vecinas.

 Las vecinas, como es bien sabido, son la memoria colectiva del pueblo llano, aunque esa memoria suela extraviarse ante la realidad con cierta asiduidad y dependiendo de las ocasiones y de a quién criticar. Lo que no hay duda es que son diversas y múltiples, como lo es el contenido de una caja de la suerte donde al meter la mano sin mirar puedes alcanzar un suave peluche o un clavo con el que te pinchas. Así son ellas, índices bursátiles del barrio donde se cuece la historia y el futuro de quien, como nosotros, habíamos dado libre albedrío a la imaginación en busca de lo que suponíamos el tesoro de la consagración taurina. Aunque no sea disculpable, me gustaría indicar que entonces Diego  Puertas o Paco Camino eran  en la España de mi infancia lo que son hoy Messi o Ronaldo para los niños.

Como decía, a pesar de los pocos años con los que contábamos, no sé si por intuición o por ciencia infusa, porque lo que es evidente es que no lo era por conocimiento científico, sabíamos que las vecinas tenían el poder de cambiar el curso de los tiempos y, sobre todo, el curso del castigo que nos esperaba por nuestra travesura; por eso, cuando la distancia fue lo suficiente corta como para que nuestros sollozos pudieran derretir sus corazones, comenzamos a llorar como si el mismo lucifer nos estuviera desgarrando las entrañas.

Los  plañideros lamentos hicieron su efecto en la mayoría de la concurrencia femenina y en especial en Doña María, una mujerona de pelo blanco que lloraba incluso cuando le contaban un chascarrillo, hasta tal punto que no pudo aguantar más y salió corriendo hacia el carro que nos portaba como condenados a garrote, dejándose atrás una zapatilla de pana de esa de estar en casa pero que servían lo mismo para la camilla de cisco que para ir a la Iglesia los domingos.  Mientras se acercaba moviéndose en su cuerpo todo lo que en una mujer entrada en quilos y en años es movible, se le escapó de lo más profundo de su pecho un “angelitos” que tuvo, durante unos segundos el poder de detener al mundo y quizás las represalias.

Al llegar al lado del carro y distinguir en la oscuridad nuestras fachas embardunados de heces, barro y paja, este hecho actuó con un freno definitivo en sus ímpetus de abrazarnos y se conformó, quizás con dolor, con alargarnos la mano que, cuando intentamos asirla en gesto de agradecimiento, disimuladamente retrajo. De todas formas duró poco su minuto de gloria porque las que eran nuestras madres llegaron un instante después, y mal está el decirlo, pero tampoco se decidieron a abrazarnos, porque en honor a la verdad en aquellas condiciones abrazarnos era como  abrazar dos mierdas de doce quilos.

Tomó la palabra el vecindario, en especial ellas, y algunas se decantaron a nuestro favor descaradamente con frases como: “pobrecitos, ha sido una travesura”, “ ya no lo van a hacer más, bastante tienen con el susto que se han llevado” y otras parecidas, queriendo quitarle hierro al asunto, cosa que agradecimos en nuestro fuero más íntimo. Pero en todo rebaño hay una oveja negra y no podía faltar aquí. Fue la Señora Lucrecia, mujer del Guardia Civil Falcón un tipo parecido a un oso, quien con muy mala idea soltó a media voz, lo justo para que todo el mundo le prestara atención,  “¡cómo no van a hacer burradas si los están criados como salvajes!”.

Supongo que nuestras madres la oyeron y se mordieron la lengua porque no era el mejor momento para empezar una trifulca. De la mano, Juanito calle arriba y yo calle abajo, sin oposición, pero con el cuerpo tieso y las piernas rectas, porque la mezcla ponzoñosa que nos envolvía empezaba a tomar consistencia sólida, nos condujeron las respectivas hasta la casa donde un baño de cinc fue colmándose de agua tibia al ritmo que la hornilla de gasoil tardaba en calentarla.

Una vez el baño lleno y al lado justo de la copa de cisco que algún alama caritativa había traído para calentar la habitación, pasé dos horas en remojo restregado hasta el perder la primera capa de piel y la capa de la torería -!amada capa mía!- que terminó sus aventura al día siguiente como las brujas o los libros prohibidos, derretida por el fuego de una pira con la anuencia de gran parte del vecindario. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Una vida autocrata, por José García.


Fui el menor de los cinco hijos que tuvieron Gonzalo y Mercedes, mis padres. Nací un 5 de febrero de 1875, en Tordesillas, donde mi padre ejercía de Juez municipal, único sueldo que entraba en casa, por lo que la escasez atenazaba nuestra economía familiar. Aunque ello no fue óbice para que mi madre nos inculcara y nos educara en conceptos como el honor y el orgullo. Que yo asimilé pronto, pues recuerdo que de muy pequeño, mi madre cuando comentaba sobre mi carácter decía: “Este niño tiene raza.” De ahí, quizás, la inclinación que siempre tuve hacía lo militar. Pero la falta de recursos me lleva en otra dirección y mis estudios de secundaria los realizo recluido en un seminario diocesano local. Aunque no estaba dispuesto a pasar el resto de mi vida dedicado a la contemplación y a la oración; mi carácter extrovertido y díscolo (de raza como decía mi madre), me empujaban a otras glorias y en busca de ellas me escapé.

Puse rumbo al Ferrol, donde residía una tía mía, para buscar su ayuda. Con su complicidad conseguí convencer a mis padres, sobre todo a mi padre. Así con quince años ingresé como voluntario de corneta en el cuerpo militar. Pronto pude comprobar que mi virtuosismo musical era un desastre, por fortuna fui promovido como artillero de 2º. Mientras tanto mi padre medió entre sus influencias y unos meses después, una vez cumplido los dieciocho años, conseguí entrar en la Academia de Caballería de Valladolid, de donde salí con el grado de Teniente segundo, en 1896.

Mi nombre, pensé que no sería necesaria presentación alguna, pues por mis hazañas y acciones enseguida me reconoceríais, pero no hay inconveniente alguno, me llamo: Gonzalo Queipo de Llano y Sierra. Como habréis podido comprobar, mi formación, desde la educación materna hasta la militar, ha estado cimentada en los principios tradicionales de amor a la patria, obediencia al mando, culto al honor, lealtad, valor frente al enemigo y disciplina ante todo; aunque siempre mantuve una cierta teoría recíproca y personal sobre todos estos conceptos: “Solo debo lealtad a la persona que me es leal.”

El mismo año que salí de la Academia, arribé en Cuba, donde libramos con EE.UU. las últimas batallas por el control de las colonias de ultramar, de allí regresé con fama de “intrépido, arrojado y audaz.” Casé con Genoveva, tuvimos cinco hijos (cuatro niñas y un niño), por lo que para promocionarme y cobrar más, marché a Marruecos. A partir de aquí, mi carácter y la  máxima a la hora de concebir los principios tradicionales, me ocasionan una serie de encuentro y desencuentros en lo militar y en lo político un tanto pendencieros, que culminan postergándome, sin posibilidad de ascenso, en la reserva, por la Junta Clasificadora Militar, controlada por el propio Miguel Primo de Rivera, clasificándome de “indisciplinado, díscolo y difícil de ser mandado.” Y posteriormente, tras la intentona republicana del aeródromo de Cuatro Vientos en 1930, expulsado del ejército.

Aunque para mí lo más importante, como le contesté al general Cabanellas cuando se opuso al nombramiento de Franco (Paca la culona), ya que él era más antiguo en el escalafón. “Lo único que quiero es la salvación de España, me da igual quien lo consiga. Que se salve España aunque la salve el diablo.” Pero vayamos por parte y no adelantemos acontecimientos; veamos cómo fueron desarrollándose los mismos. Fui sorprendido cuando me disponía a batir en duelo con un periodista. Fui encerrado en el Castillo de Santa Catalina de Cádiz, por significarme en una manifestación de oficiales en Madrid. Se publicó mi participación en otro duelo, en éste  como testigo del general José Sanjurjo contra el coronel José Riquelme. Primero simpaticé con la dictadura de Primo de Rivera, amigo mío, pero los continuos roces y enfrentamientos  terminaron por alejarme, además de ser destituido como Gobernador Militar de Córdoba. Fueron tantas las acusaciones que formulé contra él y su partido, Unión Patriota, cuyas siglas UP las comparé con Urinario Público, que una vez caído, tuve un enfrentamiento a puñetazos con sus dos hijos José Antonio y Miguel, así como con Sancho Dávila y otros cuantos parientes jóvenes y arribistas del dictador en una cafetería.

Por enfrentamientos con mi superior, fui nuevamente expedientado. Participé en numerosas,  arriesgadas y temerarias, acciones en Marruecos. En una de ellas sumariado y arrestado por una presunta negligencia o indisciplina en la protección de la columna del general Riquelme. Aunque en medio de toda ésta vorágine, alcancé el grado de General de Brigada. Luego vino lo del aeródromo de Cuatro Vientos (1930), junto a Ramón Franco, allí hice uso por primera vez de la radio, elemento con el que después me signifiqué para gloria de España, para pregonar la sublevación y proclamar la República; pero aquello fue un fracaso, afortunadamente pude huir a Portugal y de allí a Francia.

Eran mis desvelos por la Patria, lo que me hacía vivir en precario, por lo que me dije que si triunfara algún día la República, y en premio a mis sufrimientos, pediría que cada español me diera una peseta, nadie sufriría el menor perjuicio y yo sería millonario.

De momento éstas circunstancias tuvieron una más temprana recompensa; una vez instaurada la República, solo tuve que apoyar las reformas de Azaña como Ministro de la Guerra, además emparenté como consuegro con Alcalá Zamora, Presidente de la República. Así recuperé mi condición en el ejército y ocupé distintas responsabilidades militares, asciendo a General de División, pero nuevamente surgen inconvenientes, a los que respondo una y otra vez; “Ni Monarquía ni República, solo Patria.” Estas cristalizan cuando en febrero de 1936 gana las elecciones el Frente Popular, se opera en mi un cambio y creo llegado el momento de ofrecerme a misiones salvíficas que preserven nuestras irrenunciables esencias patria, contra la degradación, la perversión y el catastrofismo a que nos abocan marxistas y masones.

En mi primera entrevista con el general Emilio Mola me comprometo plenamente con el levantamiento militar. El general Sanjurjo, que en un reciente viaje por Alemania, ha podido comprobar las posibilidades de los regímenes totalitarios, aceptó encabezar la rebelión. Operación se produciría de manera sincronizada; Franco por el sur, Mola por el norte, Goded por el nordeste y Sanjurjo acudiría en avión desde Portugal, haciéndose cargo del directorio militar.

Yo por mi destino pude moverme con cierta libertad, burlando así la vigilancia del Gobierno del Frente Popular, me hubiera gustado sublevarme en Valladolid, pero a última hora, pesó mi historial y la dirección del Comité de Conspiradores, me largaron el mochuelo de Sevilla. No en vano tenía el sobrenombre de Sevilla “La roja”; nadie podía entonces imaginar, que dicha decisión me encumbraría en la gloria y en la historia. Sevilla fue clave en la salvación de España, pese a no hacerse explicito dicho reconocimiento. Primero porque, al no caer en un primer momento las ciudades con puerto de mar, el aeródromo de Tablada sirvió de puente con las tropas del norte de África. Y posteriormente, por poder contar con La Pirotecnia Militar de Sevilla, que fabricaba munición de diversos calibres, desde armas cortas hasta cañones, que con  la de Toledo, las más importantes de España. Convirtiéndose Sevilla en una de las bazas logísticas de la España sublevada.

Pues bien, en la tarde del día 18, me dirijo a la Capitanía General, situada en la plaza de la Gavidia, anexa al cuartel de San Hermenegildo. Hice detener inmediatamente al General Jefe de la II Región Orgánica, al Gobernador Civil y demás autoridades, arresté y condené a muerte de forma fulminante a los 200 guardias de asalto que se resistieron. Al mismo tiempo y para abortar la posible, aunque precaria, defensa de los barrios como Triana, Macarena, San Marcos, San Julián y otros, donde se incendiaron iglesias y edificios de la aristocracia, como familia Marañón, Fernández Palacios, Grosso, Brackembury o la Fábrica de Jabones y Perfumes del marqués Luca de Tena, propietario del diario ABC; antes de publicar el Bando de Guerra, se organizó o consintió una cierta revuelta que generase el caos social, situación propensa para desmanes y saqueos, a cargo de comandos civiles armados (pistoleros), contaba para ello con la ayuda de José García Carranza “El Algabeño”, un afamado torero, que se había ofrecido con 1500 falangistas, aunque estos se quedaron en 15, a los que sumamos 60 liberados de la cárcel. Había que ir a la destrucción física de los cuadros de los partidos políticos del Frente Popular, de los Sindicatos obreros y de organizaciones masónicas. En los días sucesivos en Sevilla, el Tercio y los Regulares, consolidaron la toma de la capital con el empleo de la artillería y la ferocidad de éstas tropas, contra los barrios que resistían.

Asentado en Capitanía y con la ayuda del teléfono, el telégrafo y sobre todo del micrófono (la radio), pude controlar rápidamente la capital y parte de Andalucía. Fueron más de 500 proclamas, la mejor propaganda para la guerra psicológica. Tenía que alentar y animar a los partidarios nacionalistas en zonas republicanas y amedrentar al enemigo con un lenguaje directo y popular.

Me enervaba sentir que mis consignas minaban y aterrorizaban a los enemigos de la patria, en ellas traducía la máxima establecida por Mola: “Es necesario crear una atmosfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros. Tenemos que causar gran impresión, todo aquel sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado.”

No me tembló la voz, ni el corazón cuando hice uso de la radiodifusión para acabar con la moral del enemigo, señalando el camino a los nuestros: “Nuestros valientes Legionarios y Regulares, han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen.” “Mañana vamos a tomar Peñaflor. Vayan las mujeres de los rojos preparando sus mantones de luto.” “Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Rio, id preparando sepulturas! Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros, que si lo hicierais así, quedareis exentos de toda responsabilidad.”

Al igual que cuando tuve que tomar Málaga, con parte de mi familia allí, que finalmente fueron liberadas, pues al efecto disponía de rehenes y cuya vida conservaba en previsión y utilidad de algún intercambio. En la cárcel de Melilla, tenía a la familia del general republicano, José Miaja, y cada noche le lanzaba un mensaje o recado en la radio: “Miaja tenemos a tu familia en nuestro poder y ellos pagaran con sus vidas en represalia por lo que tú hagas.” También pude canjear, al final de la guerra, a mi hermana Rosario por el hijo de Largo Caballero, al que mantenía, con ese propósito, en la cárcel de Sevilla.

Finalmente, desde la declaración del Bando de Guerra, que me consagró de autoridad legal y jurídica, no había mayor autoridad que la mía en toda Andalucía. Mis detractores me denominaban “el virrey de Andalucía”, pero ello me revestía de la autoridad necesaria para dejar sentada la relación de poder. Bajo mi mando dicté disposiciones comerciales, exigí gabelas, repartí casas, repartí licencias de exportación, organicé y distribuí el trabajo forzado de los prisioneros, extendí el cultivo del arroz en las marismas del Guadalquivir en terrenos arrancados a aquellos terratenientes que hubieron simpatizados con la causa del republicana.

Favorecí a los hombres de bien. A los enemigos les señalé una y otra vez mi sistema; por cada uno de orden que caiga, yo mataré a diez extremistas por lo menos (…) los sacare de debajo de la tierra si hace falta, y si están muertos los volveré a matar. Esta situación se prolongó hasta final de febrero de 1937, a partir de este momento ordené, a todas las autoridades dependientes de mi jurisdicción, seguir  el procedimiento judicial indicado. Fui, por entonces, nombrado Consejero Nacional de Falange de la JONS. Pero las distancias con Franco (Paca la culona), se ampliaban cada vez más, e intentaron sacarme de Andalucía; Franco me ofreció un Ministerio en su primer Gobierno, que rechacé; Serrano Suñer acaba con mis charlas radiofónicas y finalmente soy destituido; quisieron mandarme a Argentina como embajador, pero no era bien recibido; y estuve en Italia en misión militar. Después de mi destierro romano, porque no puede llamarse de otra forma, regresé a Sevilla retirado o disponible forzoso.

En 1944, fui condecorado con la Laureada de San Fernando, y en 1950 me concedieron el título de Marqués de Queipo de Llano.

Pero nada puede aliviar el amargor y frustración  que siento, yo mismo me he nombrado viejo honorario y he decidido no volver a hacer sacrificio alguno en servicio de mi patria. Ya he cobrado por servirla cantidades fabulosas de ingratitud. Solo pienso en que siga viviendo la patria para que yo pueda cobrar. Es triste ¿verdad? pues así me han hecho los españoles. Loco, toda mi vida, por un ideal; que fue ver grande a mi patria.

Posdata: “El libro negro de la humanidad”, (Critica 2012) escrito por Matthew White, que reúne las cien peores atrocidades de la historia del mundo. En uno de los rankings que ofrece;  sobre quien eliminó de forma directa (ejecutados) más opositores políticos, Francisco Franco aparece en sexto lugar.

Así mismo, Queipo Llano, fue uno de los treinta y cinco altos cargos del franquismo imputados por la Audiencia Nacional, en el sumario instruido por el juez Garzón, por los delitos de detención ilegal y crímenes contra la humanidad.