jueves, 14 de noviembre de 2013

Como un corazón: roto, por Sonia Quiveu


Cuando fui creado me llevaron a mis primeros dueños. Una familia de alto estatus social que presumían de mí a cada oportunidad que tenían, era halagador ver cómo los invitados te admiraban. No quiero presumir de belleza y calidad, pero con esa familia mi carrera de fama arrancó, incluso fui expuesto durante unos años preciosos en los mejores museos de la ciudad.

Pero mis dueños murieron y pasé a ser parte de la herencia que quedó repartida entre sus hijos. Cada uno había embarcado en destinos diferentes y todos estaban muy ocupados con el trabajo y el éxito como para reparar en mí.

Me dejaron con el más pequeño de los tres hermanos, y este vivía la vida hasta el último centavo, con lo que acabé en la tienda de un anticuario.

Al contrario de lo que pudiera ser, aquello no me disgustó. El hombre era un personaje culto, gran pensador y filósofo en los ratos en los que la tienda estaba vacía. Y se preocupaba de mantenerme limpio para cuando entrara algún experto en arte y supiera valorarme. Me gustaba estar allí, recibir sus atenciones y que conversara conmigo, aunque yo no pudiera contestarle.

Pero aquellos tiempos con el tendero terminaron, ningún experto llegó a comprarme porque el hombre se encariñó tanto conmigo que nunca me entregó a nadie.

Ahora pertenezco a su hijo. Cuando su padre murió me llevó con él a casa y me dejó junto a una chimenea que tenía pinta de no haber sido encendida nunca, se veía todo tan oscuro y frío que de haber podido me hubiese estremecido.

Con el tiempo trajo una mujer a casa, y ella se ocupaba de mí, limpiándome y colocándome unas flores. Era insultante ver a lo que me había rebajado, a un florero cualquiera que estaba valorado en más de treinta mil euros, pero que ahora solo servía para sujetar unas flores. Y posteriormente serían unas flores marchitas.
Hace semanas que mi nuevo dueño no viene a casa y ella está cada vez más decaída. La veo sentarse en el sofá y fumarse un cigarro mientras mira el móvil, esperando una llamada que nunca llega. Cuando por fin llegó, había conseguido disgustarla más. Llorando se fue hacia la habitación, podía oír cómo abría puertas y cajones, y el sonido de una cremallera. Al cabo de unas horas regresó al salón con dos maletas.

Mi dueño apareció para recogerlas, discutieron, se gritaron y lloraron los dos. Cada vez estaban perdiendo más los estribos, él empezó a esquivar proyectiles de todo tipo que ella empezó a lanzarle, y yo estaba allí sin poder hacer nada más que observar y rezar porque no se acercara.

Pero fue irremediable, me cogió entre sus manos y me lanzó contra él, que en lugar de agarrarme me esquivó y dejó que me estampara contra la terraza.


Terminé esparcido en pedacitos de todos los tamaños. Y aunque ella barrió la mayoría de los trozos cuando el huracán pasó y él se marchó, aún quedan trocitos de mí bajó los muebles.  

Desde ahí veo cómo a veces ella se viene abajo y se apoya en las rodillas para esconder la cabeza y llorar por un corazón tan roto como yo estoy ahora.


miércoles, 13 de noviembre de 2013

El kiosco de las palabras dulces, por María del Mar Quesada


Cecilia supo que su marido no volvería, el día que descubrió que se había llevado el dinero del banco y todas las cosas de valor de la casa.

Pese a que era una soñadora, tuvo que aprender a ser práctica  y resolutiva a fuerza de empujones. Con treinta y seis años, una casa y un  sueño de ser madre que iba a pasar de largo por su puerta, supo que tenía que trabajar cuando  las deudas se empezaron a acumular. Desconocía cuáles eran sus habilidades, los únicos dones que tenía, si podían llamarse así, eran ser paciente, saber escuchar y una cara  que emitía dulzura y calidez;  y su  posesión más valiosa era la casa de sus padres.  Así que se armó de valor estéril y vendió  muebles y  enseres; solo se quedó con los muebles de una salita baja que transformó, con mucha imaginación, en su kiosco.  Había una razón poderosa para montar un kiosco y no otro negocio, en él estaría  siempre rodeada de niños, sería su maternidad fingida.

Con los años Cecilia, Ceci como la llamaban en el barrio, se convirtió en aquello que se había propuesto. Tenía cierta devoción por aquellos pequeños cuya vida  familiar era un fracaso desde el mismo momento en que sus padres se conocieron. Ella era el abrigo de calor y cariño que estos niños no tenían en sus casas. Vendía caramelos y dulces, pero regalaba su alegría, su amor y su tiempo. Tiempo,  porque también ayudaba a los pequeños a hacer sus deberes escolares en aquella mesa camilla tan familiar, bajo su lema enmarcado: El conocimiento y la educación  te darán libertad de elección.

Con los años, el barrio también se fue transformado y las casas bajas habían dado paso a edificios de tres plantas. Las antiguas viviendas colindantes a la casa de Cecilia habían quedado vacías  y semiderruidas. Un día  de primavera se presentó el mismo señor trajeado, empapado en colonia cara,  que había construido los bloques de edificios, Don Gregorio Sánchez de Arévalo, promotor inmobiliario. Llevaba una propuesta suculenta para comprar la casa de Cecilia, ella evidentemente la rechazó,  él la quiso engatusar con un piso nuevo en el barrio y la tranquilidad de no tener que trabajar nunca más.

-       ¿Y quién le ha  dicho a usted, que yo quiero dejar de trabajar y me quiero mudar a un piso nuevo?
-       Señora, es una oportunidad única, además dentro de poco tendrá daños colaterales si se queda, pues los solares vacíos durante mucho tiempo, solo dan problemas de humedad, suciedad, ratas…
-       Gracias, por su preocupación,  pero ese es mi problema. No me interesa vender mi casa, ni hoy, ni ningún otro día.

Don Gregorio volvió más  veces  y la respuesta siempre fue la misma.  Hasta que una mañana se encontró una pintada en una pared, que decía:   

LASESI NO SERRARA NUNCA
(LA CECI NO CERRARÁ NUNCA)

Cecilia sabía perfectamente quien lo había escrito, con solo ver el seseo de las palabras. Había sido su Curro, un demonio de 9 años con cara de ángel que se pasaba media vida en la calle y la otra media en el kiosco. Ese día, don Gregorio le dijo a su asistente:

-       Ya sabes lo que tienes que hacer,  tengo que tener esa casa antes de fin de mes.  Me iré de viaje unos días, para que nadie me relacione con lo que ocurra.  No quiero saber los detalles ¿Entendido?
Alguien detrás de un buzón de correos, había estado observando y escuchando.

Pasados unos días, antes de acabar el mes, Don Gregorio se llegó al barrio y vio que la policía estaba en la puerta del kiosco, pero no fue solo la presencia de la policía lo que llamó su atención, sino que la pintada había sido modificada. Habían escrito una E delante, habían tachado S y habían cambiado NUNCA  por  SIEMPRE. Don Gregorio pudo leer el futuro:

ELASESI NO SERRARA NUNCA SIEMPRE

(EL ASESINO ERRARÁ SIEMPRE)

martes, 12 de noviembre de 2013

Falsa identidad, por María del Mar Quesada


Yo creí que había sido más afortunado que mis hermanos.

Éramos una gran familia, pero alguien decidió segregarnos por colores.  Un fatídico día nos vendieron en lotes de cuatro. En el viaje en aquel vagón de plástico, murió ROJO asfixiado, y AZUL cayó enfermo. Decidieron que necesitaba entrar en calor para sobrevivir, y trataban de salvarlo con el tufo de una mesa camilla. Ese mismo día, viví mi primera experiencia terrorífica. Tuve que ver como AMARILLO moría atravesado por un cuchillo dentro de una caja de zapatos, mientras se abría camino la luz y el aire en la tapa. Cuando abrieron la tapa, puede comprobar cómo un mini-ser de aquellos, liberaba las emociones y la tristeza a través de lágrimas. AZUL había caído también tras ingerir una bola negra de calor picante. Yo, VERDE aún seguía vivo.

Mi nuevo hogar fue esta jaula. Era espaciosa. Sentí que nada malo podía pasar. De vez en cuando me dejaban libre por un suelo resbaladizo. Era feliz, pero comencé a crecer y crecer, perdí parte de mi esencia fingida: el color verde. La mayor parte del tiempo estaba en mi jaula, que cada vez se me hacía más y más pequeña. Hasta que llegó el día que mis movimientos se limitaron a asegurarme la comida.
Estoy esperando a que se den cuenta, no puedo moverme. Hace tiempo que no me sacan fuera, sencillamente porque no quepo por la puerta. Aun así, me mantienen aquí encerrado. Ni siquiera puedo estirarme, ni cambiar mi posición, siempre mirando hacia el mismo lado, siempre la misma vista. ¡Quiero salir! ¡Necesito mover mi cuerpo! ¡Necesito comer!

¡Malditos humanos!  ¡Cuando se darán cuenta de que no soy un canario, que mi color natural es el amarillo, no el verde! ¡Cuando se darán cuenta de que soy un pollo! …

¿Por qué llora el mini-ser? ¿Qué va hacer su madre con ese cuchillo?


¡Arroz con pollo!


lunes, 11 de noviembre de 2013

Sueños, por Samuel Lara



Mi familia empieza a creer que no quiero verles, pero lo cierto es, que cierro los ojos para soñar con un mundo en el que pueda hacer todo de lo que se me ha privado desde aquel día. Paso los días desde el hospital intentando dormir y volver al sueño del que no quiero escapar.

Oigo como algunos de mis familiares hablan de lo ricos que serán todos en cuanto muera, lo que no saben es que no heredarán mi inmensa fortuna, cuando muera, todos mis fondos irán a fundaciones en  contra de las enfermedades cerebrales como la mía y otras investigaciones en contra de las diferentes enfermedades de las que el gobierno sabe que hay cura pero que no lo dicen por no ser rentable para sus bolsillos llenos del fruto de nuestro trabajo.

En mi sueño no existe gente así. Solo estoy yo, volando por encima de las nubes, mirando al infinito preguntándome, ¿por qué el mundo no puede cambiar? Luego sé la respuesta. Porque si cambiaran, sería un sueño.


Me despierto. Entonces veo al lado de mi cama una sombra, la muerte que se aproxima. Al otro lado un sacerdote y mis hijas a las que en este último año he empezado a odiar con toda mi alma. El que ellas estén aquí es en vano, porque cada día miro a la sombra y ella sabe lo que tiene que hacer, guiñarme un ojo y marcharse con cara de cómplice. Y así en sueños, donde me puedo mover, río a carcajadas por lo que hago, no burlo a la muerte, burlo a la que creía que era mi familia.

La última cita, por Carmen García Vázquez



Hoy el encargo era una mujer de unos cuarenta y cinco años, soltera, cajera de un banco, atractiva pero con evidencias del paso del tiempo en su cuello y ojos con mirada profundamente triste.

El jefe le había dado instrucciones concretas, como siempre hacia, sobre la hora y lugar de encuentro. Justo en la esquina de la 42 con la 6ª a las 17:52.

Angie se alisó el vestido negro y se calzó los zapatos también negros. Consideraba muy atípico e incluso inapropiado ese uniforme pero había sido así desde que llegó. Sus compañeros masculinos vestían también de negro, con abrigos largos hasta los pies, daba igual la estación del año o el hemisferio en que se encontraran.

Emprendió el camino. Mientras se desplazaba no pensaba en nada sentía el viento en la cara y las voces que llenaban su mente, tenía la habilidad de oír los pensamientos de la gente pero todo muy ordenado uno detrás del otro,  había muchas personas que sufrían.

Ya era casi la hora, iba bien de tiempo, a lo lejos divisó a "la mujer" esperando en un paso de peatones a que cambiara el semáforo. Sabía lo justo de ella, lo prefería así, la falta de apego hacía las cosas más fáciles.

Hora punta el tráfico en el centro era caótico, tenía que estar en el momento justo y el lugar indicado eso era innegociable. Le resultaba más fácil hacer su trabajo en edificios y sitios cerrados.

"La mujer" había tenido un día normal como venían siendo sus días desde hacía años, pero hoy en su boca se dibujaba una sonrisa y cierto destello de ilusión en la mirada que incluso sus compañeros apreciaron y así se lo hicieron saber mientras se despedían en la puerta del banco. 

-Vaya Mary hoy estás muy guapa, esa mirada brillante…..¿hay algo que no nos has contado?
-Ya sabéis que mi vida es encefalograma plano, nada nuevo bajo el sol, chicos.

Mary se cerró el abrigo y se puso el sombrero de fieltro para protegerse del frío, ya habían caído unos copos de nieve y seguro que volvería a nevar en breve.

Empezó a caminar  pensando en su próxima cita, y se evadió de ese mundo gris y cetrino que le rodeaba. Cuantas cosas bonitas le había dicho, tan sensible, poético y apasionado. Casi había tirado la toalla cansada de tanta mediocridad cuando él con una frase en el chat logró captar su atención,

“Busco una sonrisa sincera y consecuente, de esas que te visten de los pies a la cabeza. Huyo de las princesas reencarnadas con sonrisa de plástico, escondidas tras recortes de revistas del corazón. Para avispadas y entendidas, no creo en el destino, ni tampoco en los cuentos de hadas......... cosas de caballeros de armadura usada.”

Llevaban 8 días exactamente chateando y aunque no habían hablado personalmente ya conocía el sonido de su voz porque le había enviado un mensaje de audio por whatsapp que le daba esperanzas:

“Se libre, vuela, despierta y deja tu pasado
Liberemos nuestro futuro, liberémoslo
Nadie puede imaginar  cuanto he esperado para poder conquistar tu corazón
Y ahora te digo no temas empezar una aventura con alguien más”

Tenían tantos gustos en común, la música de bandas sonoras, Lisboa, el senderismo, el vino…..Además era atractivo o eso parecía en las fotos y de brazos fuertes, añoraba tanto sentir un abrazo que le envolviera y le reconfortara. 

“Me gustan los hombres que huelen bien y abrazan fuerte, que ríen con ganas, generosos, que aprecian las pequeñas cosas y los detalles, sin complicaciones y con deseos de disfrutar, apasionados, cariñosos…”

Decía su presentación en el perfil de la página de contactos y parecía que el cumplía muchas de sus pretensiones.

Mary miro el reloj y aceleró el paso pues no quería ser impuntual. Llegó al semáforo de la 42 con la 6ª, habían quedado en Bryant Park estaba a solo una manzana. Apenas a 15 minutos de sentir ese abrazo fuerte que llevaba tanto esperando. 

Peatón en verde, por fin, empezó a cruzar, solo le dio tiempo a dar tres pasos zigzagueando evitando a la masa con la que se cruzaba cuando de pronto todo se convirtió en caos. Ruido ensordecedor de ruedas que derrapan en el asfalto, choque de metales, cristales rotos y gritos. Un fuerte golpe la tiró al suelo y sintió el frio y la dureza del asfalto en su cabeza, quería levantarse pero no podía algo la tenía atrapada, sabor a hierro en su boca.

 -Por favor déjenme salir llego tarde, me están esperando- nadie le oía

No sabía cuánto tiempo había transcurrido, escuchaba de fondo sirenas de ambulancias y policía que sonaban cada vez más lejana, como difuminadas.

Notaba el frescor de los copos de nieve que tocaban su cara, y el rostro de una mujer vestida de negro que se inclinó sobre ella con una expresión que le transmitió paz. Le acarició suavemente la cara y le dijo:

-Mary no temas ven conmigo todo irá bien. 

No sintió nada, ni alegría ni tristeza ni luz ni oscuridad, ni dolor ni alivio, nada, eso es la muerte......nada.

Angie, como siempre muy a su pesar, había cumplido su encargo.


Subió hasta el mirador del Top of the Rock, a casi 300 mts, como si de un ritual se tratase se descalzó y se sentó. Sentía el viento fresco en su cuerpo, miraba hacia abajo observando, sin emoción, a la muchedumbre que patinaba y se divertía, a los pies del gran árbol de Navidad del Rockefeller Center, esperando la próxima llamada del jefe.

Surf, por Carmen Gómez Barceló.


Solamente en el mar, Salma se olvidaba de todo y deslizaba su ágil cuerpo por encima de las olas. Los pies fuertemente adheridos a la tabla, las piernas ligeramente flexionadas  y los ojos abiertos, muy abiertos oteando el horizonte. Su vestido no era el habitual que llevaba por las calles de Bangladesh cualquier muchacha ya que Salma debía sustituir la gracia y sensualidad que otorgaba el sari por la comodidad que suponía vestir el salwars kamiz. Esta prenda, un pijama de seda multicolor, se fijaba a su pequeño cuerpo mojado y no era obstáculo para moverse entre la espuma blanca. Ella jugaba con el mar a su antojo subiendo por la cresta de la ola y bajando luego por el túnel de agua que intentaba ahogarla entre efervescentes burbujas nacaradas.

Mientras peleaba con la marea, alzaba la vista buscando la silueta de Abúl que también  luchaba sobre  su tabla por ganarle la batalla a las indomables aguas del Golfo de Bengala.

Era Agosto y el Monzón amenazaba lluvias como cada tarde. Había que abandonar el reino de Neptuno para volver a la inhóspita realidad. Salma llegaría a su chabola en Padma Garments, la ciudad donde ella trabajaba antes del gran incendio de la textil. En primer lugar tendría que soportar el rechazo de la mirada de su padre al que incomodaba muchísimo la afición que ella tenía por el surf, ya que lo que él tenía pensado para Salma es su matrimonio con Mohamed, el dueño del telar. Luego cenaría con su madre y sus hermanas un poco de arroz aderezado con curry, cilantro y jengibre al que con suerte acompañarían unas lentejas. Su madre perdió un ojo en la fábrica por culpa de un chorro de arena empleado normalmente para desgastar los vaqueros que se venden en occidente, por lo que estaba siempre malhumorada, y sus hermanas la volverían a presionar para que buscara trabajo en otra factoría. Salma las oía y guardaba silencio. Unos meses atrás, antes del gran incendio, Salma bajó a la playa para poder respirar algo mejor ya que sufría de asma debido al contacto continuo que mantenía con los tintes en la empresa donde trabajaba y a veces el aerosol no era suficiente. Se encontraba  abducida por la belleza del atardecer de las playas del Golfo de bengala cuando un ligero golpe la devolvió al lugar. El primer impulso fue de indignación ante el causante del impacto, pero no pudo articular palabra ante la imagen que tenía delante. Era un joven de piel aceitunada y amplia sonrisa que se exculpaba muy amablemente ante ella.-Perdone señorita, estaba distraído, le dijo-Ella no estaba acostumbrada a que ningún muchacho le hablara con tanta soltura. Cuando recobró el sosiego se percató de que el joven portaba una especie de concha de calamar gigante en su mano.-¿Qué es eso? Le preguntó-.-Es una tabla de surf, espera y verás para qué sirve.

Ella se recreó en su figura, cuando él caminaba hacia la arena, dejando ver su espalda. Le pareció que no estaba nada mal después de todo el tropiezo, más aún cuando observó la habilidad con la que se puso en pié sobre el artilugio y la destreza que demostró adentrándose en el mar.

A partir de aquel día se hicieron inseparables, él le enseñó a montar en la tabla y desde lo alto de las olas a descubrir un mundo que para ella era totalmente desconocido. Pudo ver que había más vida fuera de las miserias de la fábrica y que ella tenía derecho a conocerla. Por eso empezó a pensar en un futuro diferente, quizás con Abúl, pues este había mostrado en varias ocasiones su intención de ayudarla. Planearon salir del país con la excusa de acompañar al equipo del club de Surf que salía de Bangladesh para disputar el campeonato mundial que se celebraba en las playas de California. A lo mejor podría hacer en América su nueva vida.

Le contó sus planes a su familia y a partir de ahí todo fueron castigos y reproches, pero Salma era obstinada y persistía en su empeño. Todos los días después del trabajo volvía a la playa donde se encontraba con Abúl que llevaba dos tablas, una para cada uno, ya que Salma era pobre y nunca se habría podido permitir comprar una.

Una tarde ocurrió la desgracia que todos estaban esperando. El edificio de la textil  salió ardiendo y se acabó derrumbando, menos mal que toda su familia consiguió salir sin apenas daños.  Fue la prueba definitiva de lo acertado de su decisión.


Llegó el día de la partida. Después de discutir nuevamente con sus padres, Salma se dirigió a la calle central donde le esperaba el equipo del club en un autobús que le llevaría al aeropuerto. Estaba un poco nerviosa pero no tenía tiempo de pensar en ella. Llegaron al aeropuerto, subieron al avión y notó que le faltaba el aire, entonces buscó ansiosamente el aerosol y…no estaba. Tendría que elegir entre volver atrás para respirar o continuar y morir.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Vivero, por Carmen Gómez Barceló.


El “Estado Vivero” cumplía las normas dictadas. Era un lugar modélico, hermoso y tranquilo donde se podía vivir en paz y la amabilidad de su gente hacía que el visitante se encontrara mejor aún que en su propia casa.
Todo acontecía según lo previsto.Los niños se dirigían a sus aulas, cada uno al lugar que tenía asignado. Era realmente complicado que los chiquillos coincidieran con sus amigos en sus clases ya que una vez clasificados, eran separados y ubicados donde correspondía según la etiqueta que Isaac les había colocado. Esta situación que al principio les resultaba  bastante penosa, con el tiempo les iba pareciendo totalmente normal.

Isaac era conocido por su paciencia infinita y su capacidad de observación, dones que le habilitaban  para la misión que tenía encomendada, distribuir el material  humano  según lo establecido: Sujetos de clase “A”, los que hacen puzles, leen y escriben desde los 2 años. Sujetos de clase “B”, los inconscientes. Sujetos de clase “C”, los inadaptados.

Al cabo de los años el “Estado Vivero” inesperadamente perdió la armonía y la calma que le caracterizaba para convertirse en un país convulso donde el desorden y el caos campaban a sus anchas. El silencio dio paso a un ruido ensordecedor  que ocupaba el aire. Los rostros  amables y cordiales de los vivereños se tornaron  coléricos y exacerbados y la paz terminó.

Isaac no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Se encontraba inmóvil en el centro de la calle principal  haciendo su trabajo, observando todo lo que ocurría, cuando le pareció ver a un sujeto de clase “A” totalmente fuera de contexto entre la caterva. La visión impactó en su ordenado intelecto desorientándolo por unos segundos. Seguidamente ojeó la pulsera de grafeno incrustada en su muñeca donde la pictografía verde fosforescente daba cuenta de las catastróficas consecuencias económicas derivadas del error de seguridad del sistema.

Aunque no era normal en él, Isaac esbozó un amago de sonrisa, se desprendió de la pulsera y pensó, "El caos al fin."


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Un trocito pequeño y anónimo de historia, por José García.


Cae la tarde, desde hace unos minutos se siente una inquietante o tensa calma en todos los alrededores de la Macarena, cuando dan las ocho y como si de una sola persona se tratase, de todas las calles adyacentes fluye gentes, cercano a los dos centenares, y se agrupan al inicio de Resolana e inmediatamente se ponen en marcha, dirección Ronda de Capuchinos, a gritos de libertad, contra el régimen y a su estado policial. En el momento de agruparse, a los dos (a mi amigo y a mí), nos pilló de manera que nos encontramos al frente de la manifestación. Habíamos avanzado solamente unas decenas de metros, las manifestaciones solían durar como mucho unos minutos, cuando apareció con estruendo un autobús gris cruzándose en la calzada a la altura del vivero que hay junto a la muralla; del citado autobús comenzaron a bajar a toda prisa “grises” con porras en mano y casco, desde atrás nos animaban gritando “aguantad” “aguantad,” mientras veíamos venir hacia nosotros totalmente crispados a los “grises.” 

De pronto, y cuando ya llegaban a nuestra altura los primeros policías, todo quedó en silencio ya no se escuchaban los gritos animando a mantener la marcha, volvimos la cabeza y nadie quedaba tras de nosotros, solo tuvimos el tiempo justo de salir corriendo con la suerte de encontrarnos a la altura de uno de los postigos de la muralla y pudimos, a través de él, escapar, mi compañero, dos manifestantes más, un chico y una chica y yo, corrimos sin mirar atrás hasta meternos del tirón en una “taberna” que había en unas casas anexa a la muralla, cerca del Arco, estaba llena por lo que no solamente nosotros tuvimos la idea. Por un rato estuvimos temiendo que la policía entrara y desalojara la citada “taberna,” tomamos cerveza y caracoles esperando que se tranquilizara la situación en la calle. Pasado un rato salimos con cierta cautela y aunque todo parecía normal, en el suelo permanecían aun algunas de las octavillas que se habían tirado durante la corta manifestación y la vigilancia policial se mantenía en la zona, entre otras cuestiones, evitando que alguien pudiera coger alguna octavilla antes que las retiraran. Despacio y sin llamar la atención nos alejamos de la zona, quedando para  la mañana siguiente en el cementerio.

Es julio de 1968, el movimiento obrero va en auge y la negociación colectiva es un arma que en manos de los trabajadores está mejorando las condiciones de vida y trabajo de los trabajadores, se han producido paros y movilizaciones en la construcción de Sevilla, en el campo (zona del canal) en Rinconada y en empresas como CASA y SACA.

El lunes 15 en la factoría de FASA, ubicada en San Jerónimo, como todos los días a las 11 h (tiempo de descanso) se reunían para comentar como iban las negociaciones del Convenio Colectivo, un grupo de trabajadores amedrentados por la empresa trataron de romper abandonando la reunión, otros trataron de impedirlo y la policía siempre presente interviene deteniendo al trabajador que estaba informando al conjunto, pese al intento por impedirlo de los compañeros. Cuando todo se disuelve un trabajador se desvanece y muere en el instante de un infarto tenía 25 años.


Los dos centenares de la tarde anterior se habían convertido en varios miles las personas que esta mañana, desde el inicio de la calle Sánchez Pizjuán y por toda la alameda central acompañaron en silencio al trabajador fallecido y a sus compañeros, que lo portaron a hombros hasta el cementerio. Después de darle sepultura se pronunciaron palabras en su memoria, la respiración era entrecortada, la emoción contenida, solo rota por algún sentimiento imposible de sostener. La vuelta se desarrolló igual que la ida, varios miles de personas todas en silencio unidas por el dolor marchaban hacia la Macarena, la policía no se atrevió a intervenir, hasta llegar al inicio de la calle Sánchez Pizjuán, donde el teniente al frente y a través del megáfono comunicó que debíamos terminar y disolvernos, así lo hicimos en homenaje al compañero fallecido y convencidos que se estaba escribiendo una página de la historia del movimiento obrero en Sevilla y en el reconocimiento de los derechos humanos y democráticos. 

Lluvia, por José Manuel Rodríguez de Haro.



Todos estaban mirando al cielo: hacía tres meses que no llovía. Y todos de­pendían del agua para explotar sus cultivos. Eran campesinos y no sabían hacer otra cosa que sacarle el fruto a sus tierras. Pero no siempre las circunstancias climatológicas lo propiciaban.

En aquella zona de Sichuán no estaban acostumbrados a nadar en la abundan­cia, y la hambruna empezaba a ser más una realidad que una amenaza.

La delgadez de los delicados cuerpos de un grupo de niños se dibujaba en el horizonte. Venían de pasar la tarde con sus correrías infantiles, ajenos en cierto modo a la desdicha de sus mayores.

También se fijaron ellos en la nube negra que pendía del cielo, esperando que se deshiciese en cualquier momento. Pero nada parecía pasar, como de costumbre.


De pronto se abrió la nube y se dejó ver una luz intensa e intermitente. Queda­ron cegados. Un artefacto desplegaba unas palas que giraban en círculo. Una escala se deslizó por una compuerta. Algo que parecía humano empezó a descender. Iba en­vuelto en un azul que parecía agua…

El Jolly Roger, por Samuel Lara.


Cada día me siento más cómodo, el capitán Jones ha logrado que me olvide de que no estoy en casa. Mi misión es lo único que no puedo olvidar. Encontrar a mis verdaderos padres sigue siendo mi prioridad. Aunque a veces pienso que a lo mejor se han olvidado de mí y que tienen otra familia.

Muevo rápidamente la cabeza de lado a lado intentando quitar de mi cabeza estos pensamientos negativos. Aunque por otro lado está esa voz de mi interior, mi verdadero yo, un chico serio a veces y otras… simplemente un  tipo que sarcástico y demasiado raro para las personas que piensan demasiado.

El Jolly Roger por fin ha atracado en lo que parece una isla.

_ ¡Bienvenido a Nunca Jamás!_ me dice el capitán mientras no puedo contener una sonrisa contagiosa_ Esta isla es mágica…

No le dejo terminar y le interrumpo con cara de “No soy Tonto”

_ Lo sé, aquí nadie envejece.

_ Pero seguro que no sabes por qué…
Vuelvo a interrumpirle con cara vacilona.

_ Es por un manantial del que todos en esta isla beben. Tú tendrás más de doscientos años, pero yo he vivido la mayoría de las historias, viajo en el tiempo y entre mundos y sin necesidad de un barco volador ni judías mágicas.

_ Te encanta vacilarme_ me dice rindiéndose.

Le contesto con una sonrisa bien abierta, pero que no dura mucho pues tenemos compañía. Antes de poder hacer algo, estamos rodeados por una banda de niños perdidos liderados por un chaval, Peter Pan, el cual no es el de Disney, eso os lo aseguro.

Entonces pienso en el pasado, en cómo emprendí mi viaje. Hace unos días encontré un libro titulado “Magia”, en el que se encontraba  toda la historia de esta. Poco antes de esto descubrí que no soy humano, nací como uno pero no fui concebido como tal. De este libro aprendí a viajar entre dimensiones, volar con mis propias alas, luchar contra criaturas sin corazón creadas con la oscuridad de un corazón. Estaba flipando, todas esas series que tanto me gustaban eran reales, y al verlas podía recordar que era uno de los personajes, aunque eso pertenece a otra historia.

En un capítulo del libro, pude leer la historia de concepción, el amor verdadero entre una reina y un pirata. Ella quedó embarazada de su ex marido, el rey del cual solo uno de los bebés era suyo. Exacto, el otro bebé soy yo, un pequeño huérfano criado por monstruos a los cuales destruí en mi primera lucha. Encontré una caja de música en la que aparecía grabada a la fuerza el nombre de “Hook”. Este era el pirata que me acogió como un hijo y  me ayudó a encontrar el camino hacia mi destino.

Aquellos niños perdidos eran despiadados. Pudimos esquivar todos los ataques y en cuanto pudimos, escapamos hacia el Jolly Roger. Pan les mandó parar, no sé por qué, pero creo que esta lucha no ha terminado.


Killian, el capitán Jones, me acompañó hacia mi mundo, aunque algo me decía que mi mundo era del que partí junto a Killian. De nuevo en mi casa, cogí el libro para obtener información, cuando un nombre apareció en mi árbol genealógico, el cual no estaba cuando me fui. El nombre era el de mi padre, “Killian Jones”, más conocido como “el capitán Hook”, Garfio en inglés.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Contracorriente, por José Manuel Rodríguez de Haro.


Soy Gregorio de Loors, y en el año 753 de Nuestro Señor, me he propuesto restaurar la latinidad. Fue en el mismo año, pero antes de Cristo, cuando se fundó Roma. Y una nueva Roma es la que me he propuesto fundar yo.

Estos bárbaros no respetan nada, ni siquiera lo más sagrado y antiguo. Movidos por la codicia, desatan guerras por doquier y felonías sin número.

La cabeza de mi más eficiente colaborador cuelga del poste de la plaza Mayor, como escarmiento para los clérigos más audaces. Mi amigo Bernard, que así se llamaba mi discípulo, descansa en paz, sin sufrimientos, sin todo el sufrimiento que horas antes había padecido en el potro de torturas. Afortunadamente, no le consiguieron sacar ni una sola palabra. Su boca estuvo sellada como las puertas del cielo lo están para Satanás.


Primero empezaron tirándole, literalmente, de la lengua, hasta que consiguieron arrancársela. Después, le sacaron los ojos. No podría leer más las Odas, los Epodos de Horacio. Por último, le cortaron las orejas. Murió desangrado. Separaron su cabeza de su cuerpo y la han expuesto para que sirva de ejemplo. Un combatiente menos en la estéril lucha por preservar la latinidad pura.


miércoles, 30 de octubre de 2013

El dinosaurio estaba allí, por María del Mar Quesada.



En la recepción de un hotel están sentados un hombre y una mujer de unos setenta años. Ella está bien vestida y recién peinada, él tiene el pelo blanco despeinado por detrás y la cara un poco descompuesta; tembloroso, le cuenta a su mujer:
-       Cariño, ¡no te vas a creer  lo que me ha  pasado! Mientras estabas en la peluquería, me senté en el bar para leer el periódico y tomar un café. Me fui directamente a la sección de cultura, porque la política y la economía  ya no me interesan, me ponen de malas pulgas. Y me encontré con un artículo sobre los microrrelatos, que no son otra cosa que cuentos en miniatura, unas pocas palabras para contar una historia. Bueno pues resulta, que el inventor del microrrelato es un tal  Augusto Monterroso, que ha escrito un relato que solo tiene siete palabras y dice: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Y yo pensé: ¡Vaya porquería de cuento! hasta en la sección de cultura lo ponen a uno de mala leche.  Así que cerré el periódico, pagué el café y me fui a donde habíamos quedado, pero como hacía tanto calor, te esperé dentro.
 De pronto, no sé cómo, sentí que estaba tirado en suelo y un aliento fétido inundaba  mi cara. Cuando me  desperté y abrí los ojos ¡El dinosaurio estaba allí! Me miraba a mí con esos ojos siniestros, su cabeza estaba encima de la mía, era enorme. También sentí como una gran pata presionaba mi pecho, me aplastaba y se hundía en mi cuerpo, ¡Era otro dinosaurio! Estaba aterrorizado ¿Qué estaba pasando? ¿Iba a ser devorado por  dos dinosaurios? Me costaba respirar por la presión,  veía borroso sin mis gafas, apenas oía nada. Imaginé que era el silencio de la muerte.
 Cuando me atreví a mirar al que me pisaba el pecho, vi que era más pequeño y de color gris. Tenía pinta de humano. Rápidamente me pregunté si sería un vigilante, si era así, estaba salvado, él tendría pistola. Así que le grité horrorizado: “¡Mátalo! ¡Mátalo! ¡Dios mío, que nos devora!”
 Poco a poco empecé a escuchar  risas  y me preocupé “¡Dios mío, también caníbales!” No sé si lo dije en voz alta, pero las risas se escucharon más fuertes todavía. Algo me puso las gafas en los ojos y pude ver que había más dinosaurios a mí alrededor. ¿Dónde estaba? Cuando me incorporaron estaba rodeado de humanos. En ese instante, recordé que había quedado contigo en el museo y estábamos de viaje en Teruel.

¡Desde luego, Inocencio! yo sé que la jubilación te da mucho tiempo para pensar y leer historias fantásticas. Pero por favor, deja las pastillas para dormir, que no te hacen falta. 

Talantes, por Matilde López de Garayo.


Me había cansado de las peleas con mis padres, del continuo fracaso en los estudios, de la falta de libertad, del abatimiento general que me acompañaba a todas partes, de los momentos eternos, sentada en el parque sin hacer nada, solo pensando  que no estaba a gusto con mi vida, que no era feliz y que me encontraba tan perdida que ignoraba que dirección elegir.
  
Y por eso me independicé, salí de mi casa sin la aprobación de mis padres, con recursos económicos mínimos, con una carrera universitaria  sin terminar que detestaba, y cargada de fantasmas, complejos  y un provenir totalmente opaco.

Me había costado mucho decidirme, noches de insomnio, búsqueda de piso a compartir barato. Armarme de valor para decir ¡Basta ya! No aguanto más la situación.

Acomodándome en una pequeña habitación del piso que compraría con otras dos chicas intentaba reconstruir una vida que se me antojaba  gris, acompañada siempre de la  sensación de fracaso.

Yo intentaba sonreír a la vida, pero lo debía de hacer mal ya que ella me contestaba con una simple mueca, o eso pensaba yo porque a mi alrededor las cosas comenzaron a cambiar poco a poco. Empecé a aprobar los exámenes,  cuando visitaba a mis padres  me trataban de otra manera, inclusos mis amigos iban notando una transformación hacia una persona más madura, más serena, más equilibrada.

Sin embargo mi daño debía ser profundo porque yo no valoraba estos cambios y me regodeaba sintiéndome infeliz, sin darme cuenta que contaba con toda la libertad  para dirigir las riendas de mi vida hacia donde yo quisiera.

Llevaría unos ochos meses con mi nueva vida cuando recibí una llamada. Era de una antigua compañera de la carrera, Gracia .Me preguntó si me acordaba de ella. ¿Cómo no me iba acordar?

A mi cabeza llegaron retazos de hacía tres años, de una chica perfecta, por lo menos así me lo parecía a mí. Alta, esbelta, estrella en el baloncesto de la facultad y con unas notas altísimas. ¿Por qué algunas personas tenían las cosas tan fáciles?. Era cierto el dicho de que “Unas nacen con estrellas y otras estrelladas”, estaba claro yo era de estas últimas. En las listas de aprobados su apellido resaltaba por ser doblemente compuesto, después debía estar el mío, casi , casi nunca aparecía.

 Le perdí la pista cuando repetí segundo, según mis cálculos y por la trayectoria que llevaba, debería haber terminado en junio del año pasado y con sus notas, seguro que le había fichado alguna firma de auditoria.

Cuando me recuperé de la sorpresa, o más bien del coletazo de autocompasión que me había provocado su llamada, le pregunté que  qué quería, sintiéndome pequeña pensando en quién estaba al otro lado de la línea.
-Necesito que me des clases de Análisis Contable.
-¿Qué? ¿Para un trabajo?–  Respondí
-No, este año me he matriculado de cuarto.
-¿No has terminado?
-Ya te contaré, pero  me han dicho que tus impartes clases particulares.
-Si.., pero no de una asignatura que todavía no he aprobado – No entendía nada ¿Gracia pidiéndome ayuda?
-Necesito las clases, me da igual, que no la hayas aprobado, te las vas preparando a la vez que me las explicas.

La conversación no dio más de sí, llegamos a un acuerdo, se las cobraría más baratas, y como me avisó que alguna vez me daría plantón, si no me avisaba a tiempo me pagaría la mitad.

La primera clase fue extraña, como extraña me pareció su excesiva delgadez y sus ojeras que había intentado tapar con maquillaje. Me contó su último año, empezó a sacar notas más bajas, perdió la beca, y sus padres le atosigaban tanto que calló en una depresión. Un día decidió no levantarse de la cama y permaneció así cinco meses. Ahora se encontraba mejor y su psicóloga le había aconsejado que retomara las clases. Me confesó que se encontraba sin fuerzas.

No es fácil expresar lo que sentí cuando me despedí de ella hasta la siguiente clase, que me dio plantón y la siguiente y la siguiente. Extrañada me atreví a llamar a su casa. Sus padres ignoraban que su hija hubiera pedido ayuda para los estudios, y de mala manera me informaron que al novio le había salido un trabajo en el extranjero y se había ido con él, ¡Que ingrata! Eso fue lo último que escuche antes de colgar.

Muchas veces he pensado en Gracia, me he preguntado si le fue bien en el extranjero.
Espero que sí. Son historias que sólo conoces retazos, que nunca, o quien sabe, sabrás lo que le pasó. Pero si es verdad que me hizo meditar en aquel tiempo, y que muchas veces la tengo presente en mi vida.

Un hecho aislado  no te da la solución a tu vida, no es la panacea para entenderla, pero si para darte un empujoncito hacia delante. En mi ofuscamiento de ser una pequeña victima de la vida no me di cuenta de muchas cosas, entre ellas de que prejuzgamos a las personas sin conocerlas, jamás pensé en las tensiones que podía estar sufriendo Gracia, sólo veía una parte de su vida, la social. Tampoco valoraba todas las aptitudes que la Vida  me había obsequiado.

Poco a poco he aprendido que aunque tu camino parece trazado de antemano, lo puedes modificar con tu actitud ante la adversidad, y ¡Cómo no! Me he convencido de que la vida sonríe a quien le sonríe a ella.

El Desliz, por Ana Cruz Carrillo.


La sala de incineración del cementerio estaba absolutamente llena. Isabel, en la primera fila de asientos, rodeada de sus cuatro hijos, apoyaba la cabeza sobre Pedro; el mayor de ellos. Sentía sus brazos rodeándole los hombros. Estaba abrumada por los acontecimientos de los dos últimos días, se sentía como borracha, sin el control de sus sentidos. Claro que también contribuía a ese estado como de embriaguez el Diazepam que le venían administrando cada seis horas desde el jueves a las cuatro de la tarde. Cuando encontraron a Pedro desangrado en la puerta de su casa. 
Todos los allí presentes desfilaron ante ella y sus hijos para darles el pésame por la terrible pérdida sufrida. Besos, abrazos y lágrimas, propios y extraños, que contribuían aún más a acrecentar esa sensibilidad como de no estar allí.
Tenían costumbres Pedro y ella que eran ya rutinas afianzadas en su largo y tranquilo convivir, matrimonio de más de cuarenta años. En la casa de la playa, levantada palmo a palmo por este hombre que es un manitas, de tan perfeccionista rayando en la manía, acicalada con unas perras que vinieron cuando lo obligaron a prejubilarse: estas ventanas, el un aire acondicionado, otra habitación para los nietos... La rutina era parte del descanso: Pedro se levanta temprano, va a por el pan y juntos desayunan. Mientras da su paseo matutino su mujer va preparando el almuerzo. A él no le gusta mucho la playa, sin embargo Isabel esta todo el año tostada. Así que ella se baja a media mañana y cuando Pedro termina de sus habituales obras de  bricolaje, más pronto o más tarde según la envergadura, va a buscarla. Se paran a tomar un aperitivo en "Casa el Tique" y si está alguno de sus hijos los esperan por aquí, ellos van a su ritmo. Por eso el jueves Isabel se extrañó de que fueran más de las dos y Pedro no andaba por allí aun. 
Es extraña esta sensación de frio, pensaba Pedro. "No  quiero pensar que esto sea así. No puede ser. ¡Pero parece que va a ser... Dios mío! Si me escuchas, ayúdame, nadie más me escucha, no tengo voz. No me puedo mover. Y me estoy helando..."
"Bajaré a comprar las escuadras para el estante del baño. Me acerco a la ferretería y después me paso a por esta mujer, que como me pare a ponerlas, y mira que sería un momento, se enfadara porque tardo".

En el descansillo que hay entre los dos tramos de escaleras hay una burda pero según Isabel muy decorativa imitación de un alto jarrón chino. Pedro con la cabeza puesta en las escuadras que debe escoger sufre un desliz. El último desliz. Un traspiés que le hace caer de bruces sobre el dichoso jarrón. Se hizo añicos. Veras Isabel, pensó, subiré a pie la escoba. No se apercibió del reguero de sangre que iba dejando al subir las escaleras hasta que al intentar meter la llave en la cerradura todo se volvió borroso. Y entonces sintió un escozor bajo el brazo izquierdo, se llevó la mano a la zona que notaba cada vez más fría y extrajo un trozo de porcelana incrustado en su carne. Aún más rápido que sus rezos se le escapó la vida por aquella sección de la aorta.