jueves, 13 de marzo de 2014

Amor invisible: duelo real, por María del Mar Quesada


Ana no puede creer que  haya escupido todo lo que le llenaba el corazón. Lo ha expulsado como menos esperaba y en el momento menos indicado, pero, por fin, se  siente  libre. La intención de Ana era consolar a su amiga que acaba de enviudar. Llevaban tiempo sin verse porque últimamente habían discutido varias veces. La causa de esas discusiones era que las actitudes de Paloma desequilibraban la estabilidad de Ana.

Tumbada en el sofá de su casa con una infusión de tila alpina, rememora una y otra vez la conversación en casa de su amiga Paloma. Todo empezó cuando ésta le confesó que había sido una convalecencia muy larga, por fin se había acabado todo.

-          Paloma, ¿Cómo puedes decir que deseabas que muriera pronto?

-          ¡Estaba en fase terminal!  Iba a morir igualmente. ¿Por qué alargar su agonía y la mía? - masculló Paloma.

-          ¡Era tu marido! Hasta el último minuto no perdió la esperanza,... ni la sonrisa.- exclamó demasiado alto Ana, no era lo que pretendía.

-          ¡La sonrisa! ¡Eso era lo más irritante! ¡Siempre sonriendo, cuando yo tenía ganas de llorar y de gritar! Si, hasta cuando le diagnosticaron la enfermedad, decía que dormíamos tres en la  cama: él, el cáncer y yo.

Ana disimuladamente inspiró para serenarse, no quería discutir, así que con voz calmada le dijo:

-          Tu marido siempre ha sido una persona alegre y vital.  ¿Por qué iba a cambiar con su enfermedad? No entiendes que él pretendía que todo siguiera  normal.

-          ¿Normal? ¿Cómo va ser normal mi vida?

Paloma  quería que Ana la consolara por la situación que se le venía encima, no quería hablar de lo maravilloso que  era Adrián. Por otro lado, Ana intentaba, por todos los medios, no enfrascarse en una disputa, manteniendo a raya su creciente malestar,  seguía hablando de Adrián:

-          ¿Tú crees que él quería morirse? ¡Adrián era un enamorado de la vida!

-           ¿Y de qué sirve ahora?, si ya no está. De qué sirve toda esa alegría... Tengo un marido muerto, tres niños y una hipoteca que pagar con un solo sueldo. ¡Qué mierda de esperanza y normalidad es esa!

Ana cada vez se notaba más colorada la cara y el corazón le latía más rápido, pero continuaba su particular forma de hablar como si se dirigiera a una niña cabezota:

-          Paloma, ¿por qué siempre te quedas con lo negativo de todo? Has vivido una vida feliz con él y durante su enfermedad solo quiso que no sufrieras por él.

-          ¡Pues que hubiera empezado el tratamiento antes! Pero no,  él nunca iba ¿para qué?  Mira dónde está ahora, bajo tierra.

Paloma lo dijo de un modo despectivo, muy propio en ella. Esta forma de hablar refiriéndose  a  Adrián siempre sacaba de quicio a Ana.

-          ¡Paloma no te reconozco! ¡No tienes corazón!.... Has tenido a tu lado un hombre maravilloso, alegre, inteligente, cariñoso....

A Ana comienza a temblarle los labios y asomar lágrimas en sus ojos y Paloma se levanta y comienza a mirar su móvil.

-          ¡Dios mío,  Paloma!  ¿Cómo puedes ser tan egoísta...?

-          ¿Cómo?

-          Adrián se ha muerto  y tú...

-          ¿Y yo qué? Venga, dilo ya. – pregunta retándola.

-          ¡Tú...tú nunca has valorado a Adrián!... Cualquier mujer hubiera pagado por tener un hombre como él.

-          ¿Cualquier  mujer? Dime una.

Ana no puede más y comienza a llorar,  el dolor de sus lágrimas  le está desgarrando el alma.

-          ¡Yo, hubiera pagado con  mi alma!... Yo he amado a Adrián siempre. No me explico cómo no tienes el alma rota por su pérdida. Yo quiero morirme solo de  pensar que no volveré a verlo nunca, que no escucharé su risa, su voz grave,... sus manos... Tú sabes lo que yo hubiera dado porque sus manos acariciaran mi cuerpo, porque sus ojos se hubieran posado en mí,  por haber sido suya,... Sólo piensas en ti, eres una egoísta...

-          ¿Egoísta? – le interrumpió Paloma - Soy su mujer y tengo todo el derecho a estar enfadada con él  porque me ha dejado tirada...Ya sé que estabas enamorada de él,  pero, ¿sabes? Adrián era muy exquisito y adoraba la belleza física y... ¡tú nunca la has conocido!- Le grita en la cara a su amiga.

En ese momento Ana se levanta y grita con toda la fuerza:


-          ¡Paloma eres odiosa! ¡Eres despreciable! Mi dolor sí es  real, ¿te enteras?... ¡Ojalá te hubieras muerto tú!

Réplicas, por Samuel Lara


Desde hace siglos, un vampiro convertido por mi padre era el gobernante de Nueva Orleans, donde a día de hoy las brujas, vampiros y licántropos, viven en paz después de que yo, Nicholas Mikelson, hijo del híbrido original Niklaus Mikelson y una mujer lobo llamada Hayley, derrocara a Marsel, que había sido como un hijo para mi padre.

Ahora, con vente años, mi tío Eliah me ha contado algo de lo que ni él ni nadie pensaba que ocurriría. He viajado con mi familia excepto mi madre a Mistic Falls, un pueblo en el que hace años, las llamadas Réplicas deshicieron la maldición con la que la naturaleza castigó a los primeros inmortales. La historia de Ketsilla y Silas es muy conocida, sin embargo, un tercer ser inmortal fue afectado por la maldición. Cuando me enseñaba el pueblo, fuimos a un bosque en el que había una placa, flores y una foto de la fallecida encima de un tronco.

Era una bruja llamada Bonnie. Al tocar la foto, sentí como si viajara a otro lugar, era una visión del pasado. La vi a ella, y a mí. Llevo en  mi nuevo cuarto todo el día, mi padre y mis tíos Eliah y Rebeca están fuera esperando a que salga. Alguien llama a la puerta, mi madre. Al hablar de mis sentimientos con ella y después con mi padre, me reconforta el que ellos me quieran tanto. Siempre sentí que era diferente, aunque sea un híbrido, mis capacidades son mayores que las de mis padres, mis tíos. Creo que soy un brujo.

He encontrado un hechizo que me ayudará a saber más de mí. Pero no es como me lo imaginaba.

Cada vez que está conmigo mis poderes se hacen mayores, este chico tiene algo que me hace enloquecer. Aunque sienta cosas por los dos, sigue habiendo un claro vencedor. Después de perder parte de mí, tengo que comenzar a practicar de nuevo y Ryder es genial como profesor, pero ni uno de sus típicos besos en la mejilla hace que vuelva a hacer crecer un gran jardín como antes. Sin embargo cada vez que llega mi chico, mi felicidad hace que el descampado sea un jardín lleno de rosas azules, negras, rojas, blancas y de cristal.

Ya están de nuevo aquí, esta vez son más. Un hombre y una mujer que controlan el fuego seguidos de bolas ardientes con caras. Me transformo de nuevo en Cure Rose, aunque de repente sé que no es la forma más correcta de lucha, fuego contra plantas, ¿en serio? Logro esquivar todos los ataques, pero no sé qué hacer. En ese momento Diance, mi nueva compañera hace brillar su cuerpo de cristal rosa. En ese momento cambo a Cure Mirror, siento el poder de la luz y la oscuridad. Las bolas de fuego no son nada comparadas con el poder de mi Diamond no Kagami (espejo de diamantes).

La batalla ha terminado, aunque hay algo en el ambiente, todo se ha congelado, el tiempo no avanza. Las calles están vacías, noto una presencia, alguien de otro mundo y época, es algo diferente a cuando venían mis hijos del futuro.

Al fin veo lo que ocurre, sus ojos rojos pueden ver más que yo, sus colmillos junto a su boca están llenos de sangre, ¿de él? ¿De otros? Su mirada es pura furia, descontrol, pero lo más extraño es que es igual a mí. Es posible que yo no fuera la última réplica.


Sé lo que siente, yo también he tenido mis momentos de depredador. Dice que su nombre es Nicholas.

martes, 11 de marzo de 2014

Libre, por Carmen Gómez Barceló


-¿Otra vez?- preguntó la muchacha a su marido

-Esto no es lo que parece Natalia.

Esa frase había pasado de familiar a cansina para ella. Arturo, que así se llamaba él, se apresuró a cerrar el ordenador y se disponía a soltar de nuevo todo el repertorio de explicaciones, pero… no fue necesario. El cuerpo de Natalia aparecía ante él como nunca antes lo había visto. Parecía haber dejado su brío en cualquier esquina igual que un perro apaleado muchas veces, vencido y cansado.

-Natalia…escúchame por favor.

-Te escucho Arturo, pero por primera vez no te oigo, y es maravilloso. No siento nada, ni bueno ni malo, ni todo lo contrario. ¡Qué sensación!, es la indolencia total.

Arturo no estaba acostumbrado a esta nueva forma de respuesta por parte de Natalia, además ella no seguía preguntando y eso era algo que no entendía muy bien, es más, lo descolocaba bastante  ya que le desmontaba su estructurada batería de respuestas.

-Bueno cariño, será mejor que te tomes la medicación y te acuestes un ratito, está claro que no estás bien.

Natalia le miró tranquilamente y empezó a pasearse por la habitación. No hacía frio allí, o quizás ella no lo sentía, el caso era que nada de lo que  veía le alteraba lo más mínimo. La pantalla del ordenador que acababa de apagarse, le era indiferente, y el móvil…que ese pequeño aparato no le hiciese daño como antes, era toda una victoria. No tenía el más mínimo interés en ojear sus coloridas letras y eso le parecía perfecto. Mientras caminaba, deslizaba su mano sobre los muebles del despacho y  se topó por casualidad con la siempre custodiada agenda azul, y como era de esperar, sintió como la mano impetuosa de Arturo se la arrebataba.

-Perdona Natalia, pero es la agenda del trabajo, ya sabes, es muy importante para mí.

-Tu agenda…tu móvil…tu ordenador…yo… Tus cosas Arturo, tus cosas.

Arturo pensaba en lo complicadas que le parecían las mujeres. “Están locas.”Era lo que siempre decía cuando salía el tema en cualquier reunión. Cuanto más observaba a Natalia, más intranquilo se iba encontrando. Esto no era lo habitual en ella. Lo normal  en esta situación, era escuchar una serie de improperios lanzados en forma de preguntas insinuantes, adornados con gritos y llantos, además de algún lanzamiento de objetos al uso y terminaba con la ingesta de algo que pusiese fin al ataque de ansiedad correspondiente, que siempre era ella quién lo sufría. Pero esto…esto no tenía sentido y lo estaba confundiendo.

-¡Me estás poniendo nervioso Natalia!  ¿Quieres por favor irte a la cama?

-Ay Arturito, no sé qué me está pasando, pero es maravilloso. No sufro… Me importan  poco “tus cosas”.

-Pero Natalia…Ya no me quieres. Eso es lo que te pasa, que ya no me quieres.


-No lo sé. De lo que estoy segura es de que ya, no me “tienes”, y por eso estoy feliz.

lunes, 10 de marzo de 2014

El color del cristal, por José García



Emma y Amaro crecieron juntos desde la escuela, en lo que hoy conocemos como Corme-Porto, en la fascinante y a su vez adversa Costa da Morte. Tierra de encanto y belleza, donde cualquiera se estremece ante el ronquido que produce el mar al chocar con las rocas.

Allí, entre la magia envolvente de estas tierras, el mar y sus gentes, solo salpicada por el horror de los naufragios que se producen ante sus costas, pasaron su niñez y adolescencia.

Emma era una joven alegre, llena de vida que encontraba en Amaro, serio y cercano, el refugio para volcar todos sus reveses y preocupaciones. Por eso, cuando aquel día Emma llorando y desolada le reveló que estaba embarazada, la sintió tan perdida y desorientada, que no dudó en ofrecerle todo su apoyo. Así antes que el embarazo supusiese una evidencia física, contrajeron matrimonio, hecho que a nadie extrañó en exceso por la amistad que siempre les unió.

Pasados los meses nació Belén, una pequeña adorable, con los mismos ojos grandes y azules de su madre Emma. Ante todos se mostraban contentos y solícitos con la pequeña, aunque ello no ocultaba que su comportamiento no se ajustaba al de una pareja de enamorados al uso. Sus vidas iban transcurriendo con cierta tranquilidad. Amaro trabajaba en la lonja del puerto, aunque a veces realizaba algunas salidas a la mar. Allí, en la lonja, trabó amistad con Celso, pronto se hicieron casi inseparables, viéndoseles juntos con bastante frecuencia. A veces incluso acompañados por Emma y la pequeña Belén.

Un día a la vuelta de una de estas salidas, al llegar a casa, encontró en ella a Celso. Tanto éste como Emma se mostraron sorprendidos y nerviosos ante la inesperada presencia de Amaro. Aquella noche Amaro y Emma discutieron, y aunque de forma civilizada, se hicieron cuantos reproches se habían guardados en años, tratando de mantener una convivencia de apariencias. Al termino de la cual Amaro le dijo que al amanecer volvería a embarcar y que esta vez estaría varias semanas ausente, allá por el mar del Norte, en la temporada del bacalao. Pero el destino decidió jugar una de sus basas. A media mañana se corrió la noticia, el pesquero en que embarcó Amaro había naufragado. Fuertes corrientes marinas le habían hecho zozobrar contra las rocas a escasos kilómetros de la costa. No hubo supervivientes, entre muertos y desaparecidos. Amaro se contaba entre estos últimos.

Emma lloró al conocer la noticia, se mostraba desolada y por primera vez percibió el halito de la soledad. Nadie supo jamás de la discusión de aquella noche, ni el porqué de la inesperada salida de Amaro, ni la marcha de Celso a los pocos días del suceso. Emma jamás lo reveló. Ella lloró su desaparición y desde aquel momento dedicó todo el tiempo al respeto de su memoria. Buscó refugió en el cariño y cuidado de la pequeña Belén para superar todo lo sucedido.

Así pasaron los años, Belén creció y Emma siguió viviendo en el recuerdo de Amaro. Para todos cuantos la conocían, solo la trágica desaparición de Amaro había dado al traste una vida en común que presumiblemente hubiera sido duradera y feliz.

Pero cuando Emma creyó que su historia quedaría para siempre oculta en el fondo del mar, de nuevo el destino jugaría una inesperada pasada. Pasados muchos años, un enorme temporal devolvió a las costas los restos del pesquero hundido. Curiosa e increíblemente, el mar y el tiempo habían respetado un departamento estanco en el barco. En él se encontraron varios objetos pertenecientes a la tripulación, entre ellos una pequeña caja impermeable, que a deducir por lo encontrado en su interior, perteneció a Amaro. En las pertenencias una carta dirigida a Emma. En ella le pedía disculpas por la discusión mantenida la última noche. Que no podía recriminarle que quisiera buscar determinados afectos, inexistentes en sus relaciones, que é mismo también lo necesitaba. Pero lo único que le censuraba es que hubiera sido con Celso, a sabiendas del tipo de sentimientos que les unía a ambos. Que a pesar de ello entendía su proceder, que disculpara su reacción. Que tanto ella, como la pequeña Belén, eran parte de su vida y que las querría siempre.


De esta manera, el díscolo destino y el siempre bullicioso mar, no quisieron ocultar el cristal que mostraba el otro color de la historia.

viernes, 7 de marzo de 2014

Microrrelatos, por María del Mar Quesada


La pequeña vida

Ella nació En esta tierra, en los dominios del Olvidado Rey Gudú. Aranmanoth era  un ser especial, una niña de diez años, con el cuerpo y la sabiduría de una mujer de 85.

Hace tiempo, se celebró una Fiesta al noreste en el País inhabitado. Allí se presentó Aranmanoth. Para mofarse de ella, Algunos muchachos le tendieron una emboscada y ella cayó en La trampa. Durante siglos estuvo expuesta, en el Pequeño Teatro de Los Abel. Hasta que la gran guerra estalló y todos Los hijos muertos la olvidaron. Escapó y, con la ropa hecha jirones y Solo un pie descalzo, regresó a su  Torre Vigía. Desde allí, observa como Los soldado lloran de noche y Las luciérnagas ya no alumbran El río.

(A Ana María Matute y sus novelas)

Tú, las batallas. Yo la guerra

El cáncer me matará, pero no será hoy.

Acabará con la materia de mi cuerpo, pero no destruirá mi esencia. Sus armas mortíferas asediarán todos los días mis defensas, pero yo aguantaré el asedio. Mi fuerza reside en mi yo inmaterial y ese no lo destruirá. Mis sueños están en marcha.

Quizás, no podré leer todos los libros, pero ya he sembrado la semilla de la lectura en mis hijos y estaré en cada libro que lean. Quizás, llegará el día que no tenga fuerzas para hacer el amor, pero entonces desnudaré lentamente a mí mujer con la mirada y le haré el amor con el calor y las caricias de mis manos. A mi madre no sufrirá, el Alzehimer ya se ha encargado de borrarme de su memoria.

Hoy no me derrotará mi enemigo. Hoy les he enseñado a  mi mujer y mis hijos (desde un globo) cómo los veré desde el cielo, con los ojos de Dios.

El cáncer ganará todas las batallas futuras.

Pero hoy, yo he ganado la guerra.


Mi huella ya está en sus corazones.



Clásicos modernos (en e-book)

-       Sancho, Sancho. ¡Los gigantes nos acechan otra vez!

-       ¿Dónde, mi señor?

-       A través de esa ventana mágica. La ventana que ha surgido por un encantamiento. Los gigantes se asoman todas las noches, algunos  llevan unas lentes en los ojos. Nos miran atentamente sin decir nada. ¡Aún no sé lo que pretenden, amigo Sancho!


Sin jugar

-       ¡Maldita tablet! Llevo un mes sin montar a caballo. Dijo el Playmobil granjero al Pin y Pon veterinario.

Casualidad

-       ¡Fran, mira la página web de esta tía! ¡Está buenísima y sale en bolas!

Fran mira la pantalla, cierra los ojos y apaga el ordenador. Su amigo en ese momento ve la foto de la tía buena con ropa, encima de la mesilla de Fran.


Valiente llorón

Dice la canción que es más valiente el que llora a cara descubierta, pues yo debo ser un héroe, aún no me he ahogado en mi llanto.

El curandero

Si eres la farmacia de mi corazón, abre las 24 horas o contrata a un mancebo que me atienda, por favor.



miércoles, 5 de marzo de 2014

Cita con el destino, por José García


Adam consumía lentamente el café que le había servido la camarera, sentado en aquella cafetería alejada junto a la carretera. Cumpliría próximamente 50 años, sus cabellos ya pintaban canas. De mediana estatura, su rostro curtido y su cuerpo eran testigos de una vida de duro trabajo físico.  Tenía el semblante sombrío y parecía estar ajeno a cuanto sucedía a su alrededor. Metió su mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó la fotografía de una bella y alegre joven que representaba no más de 20 años.

En ese momento llamó su atención el Ford-Mustang del 96, que aparcaba junto a la puerta de la cafetería. Era el viejo auto de su amigo Scott, ex marine y de su misma edad, caucasiano y algo más alto que él. Este penetró en la cafetería. Donde se mezclaban los olores del beicon, huevo revuelto o perrito, que depositaban sobre la plancha, trató de orientarse recorriendo con la mirada el local. Adam le hizo una señal con la mano a la que Scott le respondió, dirigiéndose hacia la mesa del fondo donde se encontraba sentado.

-Hola Adam, como te encuentras.
-Siéntate Scott. Ni te imaginas el infierno que arde en mi interior. Desde la muerte de Ellen, su madre, Susan era cuanto me quedaba. La única razón por la que seguí viviendo y trabajando duro, con el objetivo de proporcionarle un futuro seguro.
-Debes pasar página Adam, no harás más que hacerte daño a ti mismo.
-No puedo. Me martillea una y otra vez en la cabeza el horror que tuvo que pasar mi hija, en manos de ese asesino sin escrúpulos. No puedo, sus ojos asustados me persiguen a todas horas. Y yo no pude ayudarla, no estaba allí. Le había prometido a Ellen que la cuidaría siempre.

Quedó pensativo, recordando lo que había sucedido tres meses antes. Susan le llamó aquella tarde para decirle que no la esperase para cenar, que lo haría con unas amigas. Poco podía sospechar que sería la última vez que escucharía su voz, alegre y confiada. Tras tres días desaparecida, su cuerpo se encontró semidesnudo, con signos de violencia y sin vida. Su asesino por “falta de evidencias” y de una defensa jurídica sin escrúpulos y bien pagada, quedaría hoy en libertad.

Scott le puso una mano sobre su hombro, mientras que con la otra le acercaba un paquete.

-Estás seguro de lo que vas hacer.
Adam le miró fijamente a los ojos.
-Jamás he estado tan seguro de algo en toda mi vida. Lo haré aunque sea lo último que haga. No te preocupes por mí. Ni te sientas culpable de nada. De una u otra forma la hubiera conseguido. Esto se lo debo a Susan y a Ellen.


Adam apuró su café, se levantó y dando un golpe en la espalda de Scott, salió despacio pero decidido de aquella cafetería. Tenía una cita con el destino y no estaba dispuesto a faltar a ella.


Hielo de cristal, por Samuel Lara


Se observaban el uno al otro. Ella con un vestido hecho de hielo y él con un traje de cristal negro.

-¿Cómo me has encontrado? No pienso volver jamás- dijo ella atemorizada- no te acerques por favor, es peligroso.
-¿Quién eres? -le preguntó él.
-Elsa, reina de Aren…-antes de terminar, su cara se volvió hacia un lado- del hielo, reina del hielo.
-Jake, supongo que príncipe de cristal. Ya no tengo dónde ir. No voy a hacerte daño.
-Yo lo decía por mí.
-Entonces ambos estamos en la misma situación. El miedo nos hace huir y después descubrimos que estamos mejor solos.
-Por lo que veo, yo puedo congelarte y tú convertirme en cristal. - Elsa mientras se acercaba.
Antes de agarrarle la mano el uno al otro, apareció el mismo trol que ayudo una vez a la hermana de Elsa.
-Veo que ya os conocéis. Este encuentro era inevitable. Aunque nacierais en años distintos, vuestras esencias son hermanas. Jake, tu cristal puede convertir el hielo en diamante. Elsa, el hielo que produces es la esencia de la belleza, pero también de la destrucción, depende de cómo te sientas.


Al cogerse de las manos, el castillo de hielo se convirtió en un palacio de diamante con rosales de cristal y de hielo, sin embargo una voz hizo que los dos se asustaran y deshicieran lo creado. Esa voz era la de la hermana de Elsa.

Reencarnación, por Sonia Quiveu


-         - ¿Crees que volveremos a ver a papá otra vez?
-          -No lo sé.
-          -¿Sabes?, yo creo que cuando menos lo esperemos, él vendrá.

Nerea miró el perfil infantil de su hermano, solo unos años menor que ella. Su carita pálida, llena de pecas, estaba iluminada por la luz de la luna. Estaban sentados en la hierba, cerca de la casa. Eran más de las doce, y aunque corría un viento húmedo y cargado de rocío, no sentían frío ninguno.

-          -Mamá dice que en realidad viene a vernos siempre, y nos da un beso de buenas noches. -Nerea miró a su hermano con el ceño fruncido. -No deberías creer en esas cosas.-
-          -¡Pero es verdad, ella dice que...!-
-          -Ya basta.

La cara de su hermano se contrajo de pena. Había herido sus sentimientos.


-      - Escucha, no tendría nada en contra de que fuera verdad, yo también deseo volver a verlo, pero no fantaseo con una mentira.

El pequeño bajó la mirada y una pequeña gota brilló con el reflejo de la luz mientras resbalaba por su mejilla.
-       - Es que echo de menos a papá.
-      - Según mamá un día volveremos a estar los cuatro juntos, ¿no?, ¿no te dijo eso? - Intentó animarlo siguiéndole la corriente.

Él asintió con su sonrisa de niño, en sus ojos se veía la esperanza de que así fuera.


Braulio rezaba de rodillas, como todas las noches. Con la mano de Raquel, su mujer, en el hombro.
-       - Vamos, ven a la cama.

Puso la mano sobre la de ella y suspiró. Antes de levantarse dio los besos de costumbre a las dos figuritas de madera talladas que representaban a sus dos hijos.
-       - Es culpa mía que no estén aquí.
-        - No digas eso, no es culpa de nadie, Dios quiso llevárselos.
-      - Sí, pero no debí llevarlos conmigo a esa casa. De haber sabido que ese niño con quien jugaban estaba enfermo, no habría dejado que se acercasen a él.

Abrazó a la esposa y las lágrimas silenciosas mojaron el hombro de Raquel. Ella sabía algo que no podía decir.

Un mensajero le había traído la noticia de que ellos regresarían en un único nacimiento en los próximos meses. Solo debían ponerles sus nombres para reconocerlos en los nuevos rostros. Volverían a estar los cuatro juntos. Aunque ella debía guardar el secreto, igual que había guardado para sí las veces que pudo ver el fantasma del más pequeño de sus bebés vagar por la casa y aprovechar para prometerle que volverían a estar con su padre.

Nuevos micros de Carmen Gómez Barceló


Realidades paralelas

¡Confunde molinos con gigantes, y después yo soy el tonto!


Desagradecido

Has estado a un paso de la muerte. Te he sacado el corazón y te he puesto el de un cadáver. ¿Y le das gracias a Dios?


Cuando te miro

-¿Nunca te has arrepentido de no haber tomado en tu vida otro camino?

- Si, cada vez que te miro.


lunes, 3 de marzo de 2014

En ca´Manuela, por María del Mar Quesada


Me llamo John Davis, soy de York, mi aspecto es el de un típico joven inglés. Después de vivir con Manuela, mi físico no ha cambiado, pero mi nombre sí. Ahora soy Juan David.

Llegué a Málaga hace cuatros años. Tras haber estudiado Sociología en Inglaterra, conseguí una beca para realizar mi tesis doctoral sobre Bienestar social y vejez en la cultura mediterránea. Gracias a las vacaciones de verano en las playas malagueñas, sabía hablar algo de español. Solo estaría  dos años, pero mis pretensiones cambiaron al conocer  la  vida en familia.

En vez de compartir un piso con otros estudiantes o ir a una residencia universitaria, me apunté al programa de acompañamiento de la universidad. Tendría  alojamiento y manutención a cambio de acompañar y cuidar a una persona mayor. Además de  cómodo y económico,  me serviría  como experiencia en mi tesis. Así fue como conocí a Manuela, mi casera.

Llegué a final de octubre, no hacía calor,  pero Manuela ya tenía puesto el brasero. Todavía no entiendo porque los abuelos andaluces encienden el brasero, pero mantienen  las ventanas y  las puertas abiertas para que entre el aire fresco.

En nuestra primera entrevista me encontré con una viuda de 69 años, menudita, de caderas anchas, de aspecto dulce,  pelo teñido de color miel.  Tenía los ojos negros, pequeños y llenos de vida. Era una mujer  ágil, charlatana y alegre. Ese día me explicó que había trabajado de  limpiadora en la biblioteca municipal, que aprendió a leer y escribir con un maestro que iba a la casa de campo donde se crió, que no tuvo hijos, así que no habría nietos molestando en casa. Y que había decidido hospedar a un guiri para tener alguien con quien hablar y aprender inglés, nunca se sabía si le haría falta. Me pareció agradable, divertida y me quedé.

Yo estaba acostumbrado a ser independiente a una edad muy temprana, no recuerdo cuando fue la última vez que mi madre me puso el desayuno. Sin embargo, en casa de Manuela,  todas las mañanas mi desayuno estaba preparado. A primera hora de  la tarde, cuando volvía de trabajar, tomábamos juntos el café y después salíamos a dar un paseo, al médico, a hacer la compra, o al cine, siempre tenía una actividad programada. Por la noche, después de recoger la cocina, veíamos la tele para mejorar mi español.

Al principio nuestras conversaciones eran charlas surrealistas. Recuerdo una noche que viendo el programa Realidades Paralelas, me levanté a atender el teléfono y cuando volví me dijo:

-          ¡Qué pena, te has perdío una historia preciosa!  Una familia se fue a vivir al campo porque tuvieron un hijo vegetal.
-          Sorry... ¿Cómo?
-          Niño,  pues que pa’ que’l hijo vegetal creciera más sano, se fueron al campo a vivir.
-          ¿Por qué es precioso plantar vegetales y lechugas en el campo?
-          ¿Quién ha dicho na’ de lechugas?  El niño estaba encamao, vamos muerto en vida,.... y pa’ no estar siempre encerrados en un piso, lo vendieron to’.
Evidentemente, yo me quedaba a cuadros con sus explicaciones.
En otra ocasión, un viernes me dijo:
-          Juan David,  ¿te gustaría ir  a comer al chino de la esquina un día d’estos?
-          Manuela, me han dicho que allí ponen carne de perro.
-          ¡Ay niño! pues yo nunca lo he visto en la carta de la puerta, pero  tú no te preocupes, el cerdo es más guarro y mira qué bueno está.
Recuerdo otro viernes por la tarde, antes de ir de fin de semana con mis compañeros del departamento, Manuela me preguntó:
-          Juan David, aprovechando que no vas a estar ¿Puedes poner  en tu aparato  de música un disco de’l Antonio Molina? Mira, venía de regalo en el periódico.
-          Ok, pero esto no es disco, es  cd.
-          Bueno, pos el cede ese.

Le dejé puesto el cd. Cuando volví el domingo por la tarde, dentro de mi dormitorio se escuchaba música. Abrí la puerta, me encontré la  minicadena  cubierta por una manta gruesa.  Manuela salió a mi encuentro.

-          ¡Ay, por fin estas aquí!
-          ¿Ocurre algo?
-          ¡Dios mío, Juan David,  qué pesadilla! Que yo no sé cómo se apaga el aparato de música y no quería romperlo. Llevo to’el fin de semana escuchando el mismo disco, una y otra vez. Estoy hasta el moño de’l Antonio Molina y del minero.
Me imaginé el fin de semana que había pasado, no me pude aguantar y comencé a reírme. Nos reímos juntos. De vez en cuando le pregunto  si  quiere escuchar Antonio Molina y ella se ríe y me dice “Quita. Quita”.

En junio, el día de su cumpleaños tenía dos sorpresas para ella: una reserva en un restaurante y  un  pañuelo de seda. Cuando lo vio, me miró a los ojos y emocionada me dio las gracias, hacía años que no recibía ningún regalo. De pronto me abrazó. Aquel abrazo me impactó. En mi educación británica, las emociones se escondían incluso entre familiares. Fue un abrazo dulce, acogedor, tierno,...maternal. Lo que me impresionó no fue su reacción, sino la mía. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí querido. ¡Mi  vida  resultaba tan  fácil y acogedora con Manuela!

Cuando pasaron dos años tuve que volver  a Inglaterra  a leer mi tesis. Al mes de estar allí echaba de menos  el calor del sol,  la brisa de la playa, los paseos lentos, la comida de Manuela, sus risas, su olor a jabón de jazmín. Para mí, se había convertido en una abuela. Moví cielo y tierra.  Me concedieron un proyecto,  así que seis meses después volvía  a Málaga. Cuando llegué, Manuela me recibió con su inconfundible alegría.

-          ¡Ay niño, menos mal que has vuelto! Se me estaba olvidando el inglés. ¿Te quedarás aquí en mi casa?

-          Of course! ¿Dónde voy a estar mejor, que en ca’ Manuela?