viernes, 20 de enero de 2017

El trofeo, por Luisa Yamuza Carrión




Adelita me las regaló como recuerdo de mi primera experiencia sexual. Nunca podré olvidar sus enseñanzas ni el sabor a vainilla de su piel ni el dulce acento afrancesado de sus arrullos. Desde entonces, las bragas de mis amantes me seducen. Me gustan de todo tipo, aunque prefiero que sean pequeñas y ligeras, a ser posible de encaje o transparentes y  negras, siempre negras. Pero sobre todo, que las hayan usado  cuando hemos follado.

Este gusto mío causa distintas reacciones en las mujeres, pero ninguna me niega el capricho. Eso sí, a la mayoría no las vuelvo a ver. Sin embargo, a mis treinta años tengo claro que no voy a renunciar a mi afición. Es lo que me da la vida. Además, no soy el único que tiene ciertas manías sexuales.

Conocí a Salomé a través de una amiga común un sábado por la noche. A la escasa luz del bar de copas apenas vislumbré sus facciones si bien aprecié que se trataba de una mujer tan alta como yo, de constitución fuerte, mujerona. En lo único que me fijé de ella fue sus abultados pechos, comprimidos en un sostén del que rebosaban desbocados. Entre ellos, una cruz dorada acompasada con la respiración de la muchacha lucía totalmente fuera de lugar para mí.

 Una semana después, sorprendentemente, me llamó, para pedirme el favor de acompañarla a un entierro. El plan no parecía muy divertido, la verdad, pero no tenía otro compromiso esa tarde de domingo y el tono compungido de su voz al teléfono, me hicieron aceptar la proposición. Nos encontramos en la puerta de la iglesia. Ella llevaba el pelo recogido en una coleta dejando despejado su rostro, en el que resaltaban unos ojos grandes perfilados con una raya ancha de kol negro y unos labios carnosos pintados de rojo intenso. Un abrigo largo, también negro, le daba un aspecto solemne. Sólo los zapatos rojos rechinaban en la indumentaria. "Luego iremos a bailar por ahí ¿no?" me espetó. "Como quieras" respondí azorado al saberme descubierto en mis pensamientos de reprobación. 

El desarrollo de la misa fue el habitual, ambiente muy contenido, sollozos y un silencio sepulcral solo interrumpido por las oraciones que Salomé musitaba en perfecta armonía con el resto de asistentes. Cuando llegó el momento de darnos la paz, me asestó dos besos fraternales y me abrazó efusivamente, como muy afligida. Así abrazados estuvimos unos segundos, los suficientes para que ella mordiera el lóbulo inferior de mi oreja y rematara la faena con un lametón húmedo que me dejó en sock. Un escalofrío de calor cruzó mi espina dorsal mientras miraba a ambos lados por si alguien se daba cuenta de mi estado. Se agarró de mi mano y no la soltó durante el tiempo que duró aquello. Podía sentir cómo la apretaba de forma intermitente, como el bombeo de la sangre en el corazón.

Salimos de la iglesia a paso acelerado, acompasados, como si huyéramos de algo, acalorados. No sabía a dónde íbamos pero ella sí. En unos minutos estábamos en la entrada del cementerio. Allí recorrimos varias calles, en tanto que me miraba segura de su poder de atracción. Al llegar a la calle número siete, sobre una pared desconchada, se abalanzó y frotó impulsivamente sus caderas con las mías. Pocos movimientos fueron necesarios para poner mi verga firme, mirando hacia su ombligo. Sus manos que parecían haberse multiplicado, me cachearon los muslos primero, el vientre y el pecho después. Sujetó con fuerza mi cabeza y fueron más los mordiscos que los besos que me propinó.

 Consternado por el ímpetu salvaje de la fiera, me dejé hacer, pero mi voluntad cedió a los pocos minutos. Controlando  a duras penas los temblores de mis caderas que empujaban hacia ella, le solté el pelo y le comí el cuello con la lengua y los labios ardiendo. Un quejido de placer se escapó de su garganta y entonces su cuerpo cayó en la languidez del éxtasis. Una mano suya se aferró a mi entrepierna al tiempo que sus muslos se abrían. No tuve que ayudarla con la cremallera. Aparté el abrigo y me topé con el sudor de sus carnes. Además de la cruz, ni una sola prenda vestía por arriba. Los pechos  redondeados y los pezones tiesos, atravesaron mi camisa. Palpé su figura presionando cada centímetro, deleitándome en mi propio placer. Para entonces las pulsiones de nuestras caderas pedían a gritos una compensación. Me despojé de la ropa y escondido en el abrigo negro me agaché para contemplar las bragas, mi tesoro. Eran de algodón y rojas, con dibujos de estrellitas negras y ribeteadas con un sutil bordado negro. Las acaricié con los dedos abiertos, con cuidado y noté que estaban empapadas. Acerqué la nariz, olían a mar océano. Inhalé una bocanada honda, se las quité y follamos enloquecidos, hasta quedar  desparramados  en suelo del campo santo. Cuando nos vestimos le pedí las bragas y Salomé me las entregó con una mirada pícara "claro que sí, la próxima vez me pongo otras más sexis". "Negras, por favor" contesté divertido.

Desde entonces nos hemos visto en cuatro o cinco ocasiones, siempre con algún fúnebre motivo y con el mismo resultado final en algunas de las calles del cementerio. Yo me dejo llevar.  Aunque aún no me lo ha confesado,  estoy seguro de que le excitan los entierros. Pero a mí no me importa, cada uno tiene sus manías. Mientras siga dándome mi trofeo cada vez que nos vemos...yo voy con ella a todos los  que quiera.

miércoles, 18 de enero de 2017

Adelita Forever, por Luisa Yamuza Carrión


A Jerónimo habían vuelto a quedarle tres. Se acabaron las vacaciones antes de empezarlas- iba pensando de camino a casa, mientras el instituto entero bullía celebrando el fin de curso. Sus padres no se lo tomaron demasiado mal, no era la primera vez. De hecho ya tenían contratada la academia para las dos asignaturas más importantes. Pero para francés...

En el pueblo no había profesores particulares del dichoso idioma. De inglés todos los que quisieras pero de francés, ni uno.  De modo que, para francés, su madre había concertado  unas clases de repaso, con Adèle, una vecina de procedencia gala. "Algo le enseñará" pensó. 

La improvisada maestra, era una señora de edad indefinida, cercana a los cuarenta o a los cincuenta años, según la hora del día que la vieras. Si coincidías alguna vez con ella en el ascensor el intenso aroma del perfume que usaba te mareaba. Hola y bonjour eran las únicas palabras que habían cruzado aunque, desde que él recordara, Adèle siempre había vivido en su bloque. La idea de su madre le había parecido absurda ¿qué le podía enseñar aquella mujer? Pero el ambiente no estaba para quejas y acató las órdenes maternas.

El primer lunes de julio, Jerónimo acudió a las clases de francés resignado al aburrimiento, totalmente seguro de que no avanzaría lo más mínimo en sus conocimientos. Sin embargo, tras la primera sesión su opinión cambiaría radicalmente. Adéle lo recibió con una sonrisa fresca y tres besos impregnados de una dulce fragancia de vainilla que se quedó pegado a las mejillas del adolescente durante todo el día. Luego lo acompañó al salón con el brazo por encima de sus hombros, como si fuera su tía Ernestina. Le indicó que se sentara y sacara el libro de francés. Ella se sentó a su lado cruzando las piernas que emergieron de la falda sin pudor y mirándole a los ojos explicó con su peculiar acento "A verg Guerónimo, estoy seguga de que egues un buen estudiante, solo necesitas un empugoncito. Cada día vas a leeg una lección, atentamente, clago, y si no entiendes algo me lo preguntas, d´accord? que paga eso estoy yo aquí"

Disimulando su interés por aquéllas piernas prietas y bronceadas, Jerónimo, asintió con la testa. Sus peores presagios se confirmaban, aquélla mujer no tenía ni idea de enseñar el idioma que hablaba. Acomodó bien su desgarbado cuerpo, abrió el libro por el tema uno y se dispuso a leer con cierto fastidio. Ella se incorporó y puso un disco de Serge Gainsbourg "pog el oído también se aprende, chery" indicó al joven desde el otro lado de la estancia. Después desapareció.

Pasado un rato, el muchacho cansado de la tediosa lectura se mesaba los negros cabellos mientras miraba al techo. El calor ya era sofocante. Entonces, Adéle regresó sin prestarle la más mínima atención y abrió las puertas del balcón, justo frente al chico. Una brisa ligeramente refrescante alcanzó las hojas del libro que emitieron un sonido como de olas de orilla de mar. El calor aflojó, aunque para Jerónimo el alivio duraría poco.

El joven había seguido con sus ojos curiosos el desplazamiento grácil de la señora hasta el balcón. Parpadeó algo más lento de lo habitual y entones se fijó.  Le pareció un verdadero espectáculo. Ella, en mitad del hueco abierto a la luz del exterior, recogía sus cabellos sobre la cabeza dejando el cuello despejado, hizo un leve giro y su cuerpo quedó de perfil. Entonces, la desnudez de Adèle se vislumbró bajo aquél vestido semitransparente. Los pechos se perfilaron erguidos, casi artificiales,  separando la tela del vientre. Así, la anatomía sinuosa  de la fémina lucía por completo ante los ojos incrédulos de Jerónimo que de inmediato notó cómo todas las partículas de su cuerpo se agitaban. Parecía que vibraban al unísono, frotándose entre sí, provocándole un inmenso placer, el placer de su primer descubrimiento sensual.  Como transportado a lomos de una nube de calima estival, se vio salir de la casa acunado por la voz de la maestra "¡hasta mañana, chery! El portazo tras de él lo despertó cruelmente de su estado absorto.

El segundo día de clase, Adéle, dulcemente le rogó "Adelita, llámame Adelita, chery". Jerónimo, obediente, así la llamó desde ese momento y la complicidad entre ellos no dejó de crecer. Una complicidad que los llevó a la cama antes de lo previsto para ella y sin saber cómo para él. Aunque hacía esfuerzos por evitarlo, la mujer no lograba resistirse al impetuoso deseo de tocar aquel cuerpo fibroso de piel suave. El aroma de lujuria juvenil que desprendía el muchacho la dejaba sin fuerzas para resistirse. El inexperto Jerónimo se dejó guiar las primeras veces pero luego quiso aprender por sí sólo, a fuerza de repetir. Al marcharse sólo pensaba en besarla de nuevo, palparla por todas partes, penetrarla una y otra vez. Recordando sus arrullos afrancesados se dormía cada día y despertaba feliz de regresar a sus clases.

Fue un verano maravilloso para Jerónimo y Adelita. Dos meses de aprendizaje y puro placer para ambos que finalizó con el aprobado de los exámenes de septiembre. Se despidieron precipitadamente en la puerta del piso "toma chery, paga que te acuegdes siempre de mí" Al llegar a casa y abrir el paquetito descubrió emocionado unas preciosas bragas negras de encaje suave. Se las llevó a la nariz y pudo distinguir aún la fragancia a sal  del sexo de Adelita. El espectáculo de verla perfilada debajo de su vestido volvió a su mente y la excitación le produjo una vigorosa erección.  
       
Aunque trataron de evitarlo, durante algunos años el aplicado alumno pudo refrescar sus conocimientos de francés cada vez que lo necesitó. Bastaba encontrarse con ella en el ascensor, musitar un bonjour divertido al unísono y dejarse guiar por el intenso aroma a vainilla de Adelita...hasta su piso.

Mi salvador, por Luisa Yamuza Carrión




Verlo llegar cada mañana es una fiesta para mis ojos. Lo espero impaciente para disfrutar de la excentricidad del día. De sus cabellos largos mal peinados hacia atrás emerge un rostro afilado del que sobresalen esos ojos verdes, exaltados la mayor parte de las ocasiones, asustados o tristes, las menos. Arrastras tras de sí una capa negra y se desplaza por la residencia majestuosamente. Tiene una grandilocuente manera de expresarse que no es más que una forma de ocultar una profunda timidez. Para mi tiene un atractivo irresistible, no lo puedo remediar. Él me corresponde según el día pero me conformo, no necesito más.

Esta mañana apareció especialmente desaliñado, con unas profundas ojeras enmarcadas de negro, algo inusual. Le hice una señal  y se acercó a mi mesa. Ni siquiera saludó; "Federico, he tenido una noche de perros, no he pegado ojo. No digas nada, déjame que te cuente, no me interrumpas, tienes que oír todos los detalles"  No articulé palabra, sé cuándo hay que llevarle la corriente para que no se emberrinche. Y lo dejé hablar.
 
"Estaba aquí, en los pies de mi cama. Era yo pero... no yo, exactamente. Yo soy más alto y más esbelto. Pero, sin duda, era yo y no dejaba de mirarme a mí mismo con unos ojos redondos, inmensamente redondos, sin parpadear. Le dije que quejara de hacerlo. ¡Vete, Salvador, vete! Le he gritado. Pero no se iba. Y así tanto rato que al final huí atravesando la galería de mi casa. Los pájaros revoloteaban a mi alrededor y no podía ver el final del pasillo donde estaba la puerta. Mi madre pasó por mi lado dando de comer a uno de los pajaritos, posado sobre su hombro, pero no me vio. Quise llamarla, pero no me salía la voz del cuerpo ¿lo quieres creer Federico? 

De repente, había unas escaleras y arriba se veía una luz y pensé que por allí podía escapar de mi mismo. Porque él seguía tras de mí, sin hablar, solo mirándome. Las escaleras eran altísimas, cada escalón me costaba la misma vida subirlo. Sudaba mucho. La capa, sabes,  mi capa chorreaba y pesaba cada vez más sobre mis hombros. Entonces, desesperado la solté de mi cuello y se la llevó el viento hecha girones. ¡No te vas a llevar mi bandera! ¡No te vas a llevar mi bandera! gritaba con todas mis fuerzas. Mientras, lloraba, lloraba a moco tendido Federico, ya sabes cómo. 

De repente, la luz me rodeó. Estaba en la azotea, asomado a la barandilla y veía el mar a lo lejos y las casitas de Cadaqués a mis pies. Me sentí tan feliz que mis carcajadas retumbaban haciendo eco por los tejados, no podía dejar de reír. Pero entonces, todo empezó a moverse, como si  los edificios fueran olas del mar. Todo se hizo blando, se derretían ante mis ojos las casas, las calles, los árboles, el reloj de la iglesia,… Al principio me pareció maravilloso y me quedé embelesado con el prodigio pero cuando mis pies empezaron a hundirse en las losas convertidas en plastilina, el terror se apoderó de mí y volví a huir. Me metí en el palomar y cerré la puerta. Allí reinaba la tranquilidad, por fin todo parecía en orden salvo mi respiración aún agitada. Cerré los ojos  y cuando los abrí tenía puesto mi vestido de rey, mi preferido. Un intenso aroma de nardos precedió la melodía de una canción de cuna ¡la que solía cantar mi madre, Federico!  Oí unos pasos, era ella, estaba seguro, era mi madre.  Me apresuré  para abrir la puerta emocionado pero se abrió antes ¡Deu meu! ¡Era yo, Federico, volvía a ser yo! Entonces he despertado, totalmente empapado en sudor ¿Tú entiendes algo? Nadie puede ser como yo que soy un genio. Es muy difícil ser Salvador Dalí, te lo digo yo" 

Se ha hecho una pausa y después ha espetado "¿Qué miras con esa cara de cordero degollado, Federico? Qué manía de mirarme así. Anda, pídeme un café con leche y paga tú. Algún día tendré mucho dinero pero no llevaré ni un céntimo en el bolsillo. Un empleado mío pagará por mí y los dueños de los clubs se pelearán por tenerme como cliente. Lo sabes ¿verdad que lo sabes?"

Sus desairadas preguntas me han arrancado definitivamente de mi ensimismamiento. He pedido su café con leche y otro para mí, para que no se sienta solo. He pagado yo. Cómo no iba a hacerlo si ser el oído de sus delirios y de sus temores vale todos los cafés del mundo. Miro su juventud, no puedo dejar de mirarlo ¡Ay, Salvador! Salvador de mi vida, si de esas manos fuera dueño yo. Mientras,  ajeno a mis pensamientos, él mueve la cucharilla dentro del líquido reconstituyente. Con el cuello estirado, observándolo todo, nada escapa a su curiosidad. Ni siquiera mi debilidad por él. Tengo que dedicarle unos versos.

Oda a Salvador Dalí

¡Oh, Salvador Dalí, de voz aceitunada!
No elogio tu imperfecto pincel adolescente
Ni tu color que ronda la color de tu tiempo
Pero alabo tus ansias de eterno limitado.