miércoles, 6 de marzo de 2013

Carta sin emisor, por María del Mar Quesada.


Córdoba octubre de 2012


Tu ausencia está en la eternidad de mis recuerdos. Aunque siempre has estado ausente físicamente, no has dejado de acompañarme nunca. Me he inventado tu vida y me he inventado la mía contigo. Tu recuerdo tiene la facilidad de curarme mis heridas, mis desvelos y mis ausencias. Tú, sin saberlo, provocas mi sonrisa con solo imaginarme tu cara, tu sonrisa, tus manos, tus ojos azules, presentes  en mi memoria y cambiantes conforme pasan los años.

El día que te conocí, sentí una descarga de emoción tan fuerte que supe que jamás volvería a sentir algo igual. Al instante esa emoción se transformó en miedo, el miedo a perderte tan pronto. Tenía que dejarte, no me quedaba más remedio que salvarte de mi propia vida, no podía condenarte a mi existencia sin seguridad, a mis noches al raso, a los días sin comida, a los inviernos gélidos, a los veranos asfixiantes. Tú, no te merecías la indigencia en la yo que nací.

Durante toda tu gestación en mi vientre estuve acompañada por tu padre,  que nos cuidó y nos dio amor, hicimos proyectos contigo, nos imaginamos un vida  los tres juntos. Cuando miraba sus grandes ojos azules inmersos en esa piel morena, surcada por la vida, me convencía de que nuestra salvación serías tú. Tú estabas existiendo en mi, para redimir nuestras vidas, pero los sueños siempre acaban cuando uno despierta y nuestra ilusión acabó cuando tu padre hizo su último viaje al mundo de las tinieblas. Nos quedamos solas tú y yo en la inmensidad de las calles. Cuando llegó el momento de tu partida de mi cuerpo, comenzaste a respirar aire puro, aire sano que desintoxicaba tu sangre. Comprendí que no podía llevarte conmigo.  Uno de los tres tenía la oportunidad de realizar nuestros sueños y esa serías tú.

Solo pedí poder verte de vez en cuando hasta que te encontraran una familia, por suerte pude ver tus primeros dientes, tu primer gateo e incluso pude escuchar tus primeros balbuceos que para mi fueron tus primeras palabras. Sabía que un día llegaría  a la casa cuna y no te encontraría, pero mi fe en tu futuro me había preparado para tu ausencia.

Hoy te escribo desde mi pequeño apartamento alquilado, que puedo pagar gracias un  humilde trabajo y todo ello te lo debo a ti. Mi propósito fue recuperarte, no como madre, pues ya no me corresponde,  sino como una especie de ángel custodio. Han pasado 20 años, no sé dónde estás, pero sé que algún día vendrás a buscar tus orígenes.  Cuando busques en la casa cuna te encontrarás esta carta. Me conformaré con que la leas y sepas que no he dejado de quererte, que tú naciste del amor verdadero entre dos marginados de la sociedad y que en otras circunstancias me hubiera quedado contigo, pero las facilidades no aparecen cuando las necesitas. Prefiero que me condenes al anonimato en tu corazón por abandonarte, pero así  evité  condenar  tu preciosa vida junto a mí.

No obstante si tú quieres, puedes encontrarme, yo te estaré esperando siempre.


Tu ángel custodio

martes, 5 de marzo de 2013

La particular bitácora, por José García.


Hemos zarpado de Buenos Aires, rumbo de vuelta a casa, pasamos frente a Montevideo e iremos arrumbando junto a la costa hasta alcanzar la latitud del Cabo de Santo Agostinho, para un poco más adelante arribar a Recife, capital del Estado de Pernambuco (Brasil). Nos acompaña un viento suave que ronda los 10 km/h (5 nudos aproximadamente), no obstante cuando salgamos a mar abierto cambiaran estas condiciones, aunque no mucho, según las predicciones meteorológicas, al menos mientras continuemos en latitud sur.
De todas formas nada comparable con el temporal que soportamos en el paso por Tierras del Fuego, en el Estrecho de Magallanes, con vientos casi huracanados y olas de casi 8 metros de altura. El mar embraveció de tal manera que la nave crujía como nunca. La perturbación de las aguas causada por la violencia de los vientos, amenazaba con mandarnos al garete. Pero afortunadamente lo superamos sin daños estructurales  y nada hace prever que nos encontremos con otra situación igual de aquí a casa.

Hago una pausa atraído por el aroma de una humeante y caliente taza de café. Entre sorbos me abstraigo en la conversación telefónica que ayer mantuve con Alicia, pues me dejó preocupado, la noté un tanto abatida, sé que es difícil afrontar la educación de los niños, sobre todo cuando ya no lo son tanto. Están en una edad muy difícil, en la que empiezan a querer caminar y pensar por sí mismos, tomar sus propias decisiones; aunque nos parezca que no cuentan con la experiencia suficiente. En conciencia creo que hemos hecho nuestro trabajo y no hay que abatirse por eso; solo nos queda seguir educándoles con el ejemplo y quererlos. Por más que a veces nos empeñemos, no nos queda más que ayudarles a realizar sus sueños, que no necesariamente han de ser los nuestros.

No hay que desanimar, pues todo esto hay que hacerlo sin esperar nada a cambio. Cuando ellos alcancen nuestra situación y compartan estas preocupaciones, solo entonces, si se sienten orgullosos como hijos y nos dedican un te quiero, podemos sentirnos compensados y satisfechos por el esfuerzo realizado. Cierto que sin esfuerzo y disciplina nada es posible, pero debemos mostrar confianza en ellos y en sus posibilidades. Y sobre todo hemos de tener en cuenta que no hay nada como despertar cada mañana con un beso. Es algo que aprendes en la distancia.

Han pasado 6 días desde que zarpamos de Buenos Aires y arribamos, tras arrumbar el Cabo de Santo Agostinho, a Recife. En la mañana zarparemos de nuevo, rumbo a las Islas Canarias. Para combatir el tedio del clima tropical de Recife, me dispuse a refrescarme con una limonada, mientras observaba como ésta jugaba con los cubitos de hielo moviéndolos y haciendo crujir dentro del vaso, al tiempo que diminutas burbujas afloraban hacia la boca del mismo, divagué en la memoria, sobre la última conversación telefónica con Alicia; la intuí a la defensiva, como si hubiera tenido algún reproche hacia ella, nada más lejos de mi ánimo, cierto que a veces me siento tan triste que ni siquiera palabra pronuncio; que es difícil demostrar como siento, como soy, sintiéndote cerca pero teniéndote lejos; aunque quiero que sepas que son tus ojos los auténticos faros que me guían en este inmenso y oscuro océano, que cada noche me voy contigo de la mano, como si estuviéramos paseando al atardecer en la tranquila y fina arena  de la playa, para así quedar dormido. Pero esto solo se decirlo con dos palabras; te quiero.

Ya hemos cruzado el ecuador, por lo que navegamos en latitud norte o positiva, mañana en la tarde avistaremos las Islas Canarias, más concretamente con la Isla de Hierro, la primera con la que nos topamos. Es de resaltar el cambio en las condiciones meteorológicas que se produjo ayer, nos sacudió un tremendo ventarrón, que en momentos amenazó con convertirse en temporal. La velocidad del viento superó los 50 km/h (unos 30 nudos), con olas de 5 metros de altura, aunque todo pasó sin incidentes de importancia alguna, solo el nuevo, Andrés, en una de las sacudidas se golpeó el brazo izquierdo y tuvo que ser atendido, no pasando la situación a mayores. En estos momentos el viento ha amainado y es moderado; hace 11 días que zarpamos de Buenos Aires, y nos disponemos a arribar en Santa Cruz de Tenerife, ya vemos el final cerca pues en menos de 2 días llegaremos a Cádiz final de trayecto, habrán transcurrido algo más de 12 días desde Buenos Aires y algo más de un mes desde que iniciamos la travesía desde el mismo Cádiz. En total han sido unas 14.000 millas, con una navegación media de 400 millas diarias.

He podido percibir tus miedos, pero no temas, la naturaleza en general como el océano en particular, se comporta hostil cuando se les desafía. Ya te sueño, cara al mar y con el cabello al aire, esperando el atraque, y ardo en deseos de acariciarlos con mis manos y poder abrazarte, aunque en esos momentos hable el silencio.

sábado, 2 de marzo de 2013

Sobrevivir, por Carmen Gómez Barceló.



Yo era una niña bastante endeble ya que mi nacimiento no estuvo rodeado de muy buenas condiciones. Mi madre víctima de la posguerra, y recién parida, quedó embarazada de mí arrastrando una considerable desnutrición para ambas. Unos años  más tarde yo no era más que una décima parte de mis hermanos, o sea, una entre diez . Este panorama  me hizo desarrollar unas habilidades, que no eran precisamente las facultades físicas, para salir adelante y significar algo en mi gran familia a la que por otro lado adoraba.

Como no era graciosa como mi hermana más pequeña ni dispuesta como mi hermana mayor, ni revoltosa como el resto, empleaba mil artimañas para hacerme notar. Por ejemplo, me tiraba de la litera para que mi padre me cogiera unos minutos en sus fuertes brazos; O fingía algún dolor para disfrutar de la mirada compasiva de mi madre, que en ese momento dejaba todo por atenderme y  proporcionarme alguna medicina que yo aún a sabiendas de que no la necesitaba, la engullía con agrado..

Los juegos de mis hermanos consistían en correr unos detrás de otros, tirarse por los terraplenes más peligrosos del barrio, jugar al látigo, cosa que yo  odiaba ya que tenía que elegir entre jugar con ellos y quedarme sin aire o no jugar y quedarme sentada. Por supuesto yo prefería lo último. A pesar de todo quería a mis hermanos muchísimo y me sentía realmente orgullosa de todos ellos, eran increíblemente vitales y alegres.

Todas estas actividades  me mantenían algo aislada de ellos pero para nada infeliz ya que mi cabeza estaba llena de ideas por realizar. Durante el tiempo que estaba sola era capaz de crearme todo un mundo solo para mí , pasaba las horas haciendo comidas exóticas con los jazmines del patio y cuidando con amor verdadero a un viejo ladrillo envuelto en un trapo al que consideraba en verdad mi bebé. Entretanto oía a mi madre algún comentario sobre la posible inestabilidad que me acechaba. Era consciente entonces de que nadie  comprendía nada.

Al empezar el colegio me di cuenta que me encantaba. Me gustaba todo lo que allí se hacía, cada cosa nueva que aprendía me llenaba de gozo  a la vez que observaba como mi prestigio crecía dentro de mi familia . Por fin había algo que me gustaba y que además  complacía a los míos. Por primera vez sentí la aprobación de unas personas que no me conocían de nada como eran los profesores junto a una incipiente complicidad con mi padre que duraría ya, toda la vida .

Sin saberlo estaba sentando las bases, estaba configurando un disco duro, con una elemental base de datos  que a fuerza de incorporarle información en forma de experiencia  se transformaría algún día en un ordenador más completo. Cada persona sobrevive tirando de los recursos que posee de millones de maneras diferentes, por eso no somos iguales, lo que me parece genial.     

El arte de cuchares, por José Miguel García.


Es obvio comentar que un buey es algo así como dos o tres veces un toro de verdad. Lo es por lo alto, por lo gordo y por los cuernos, lo que comparado con los escasos centímetros que mediamos Juanito y yo -presuntos maletillas-, hacía que el desafío de David y Goliat pareciera una tonta fruslería comparado con aquello que nos habíamos propuesto.

Pero ni que el tamaño de la cabeza del morlaco duplicara nuestro tamaño nos amilanó porque sabíamos que la gloria nos esperaba entre la impresionante cornamenta del rojizo buey dando saltos de uno a otro como si de una malabarista se tratara. Tras mirarnos, para darnos mutuos ánimos, y apretar con decisión los dientes de leche, capote en mano desafiamos a los elementos y al cornúpeta desde una prudente distancia. No tengo claro si lo hicimos a puerta gayola, aunque en buena lógica pienso que la estampa del lance de los dos torerillos, aquella tarde a las afueras de Gines, hubiera sido complicada que quedara para la posteridad retratada salvo que hubiéramos contado con una escalera o un banquillo que nos alzara del suelo.

En el fragor de la faena,- nuestro fragor, porque como imaginarán el buey pasaba de la situación-, los egos toreros de los que hacíamos gala no estaban en disposición de permitir dejar pasar por alto aquella afrenta de indiferencia vacuna, así que nos fuimos arrimando, poquito a poco, muy poquito a poco, con expresiones que llamaran su atención y nos hicieran visibles a la inoportuna ceguera animal. Una vez y otra se oyó en la semioscuridad de la vaquería dos voces infantiles entrecortadas gritando a coro: ¡ Eje bishoooo!.

El día daba sus últimos suspiros y la luna, desde...  desde donde tiene que salir la luna, hizo su entrada por el horizonte para no perderse la imagen tan pinturera, tan artística y tan torera que se recortaba al contraluz en aquella memorable tarde de otoño, y desde luego, que no se la perdió. En uno de esos ¡Eje toro!, el bicharraco, en el culmen de la indiferencia, doblo las patas delanteras y como si nada le esperara se dejó caer sobre el suelo tumbándose tranquilamente. Aquello para nosotros fue un golpe bajo, tan bajo como la moral que se nos iba escapando por instantes.

Sin embargo, animados por la confianza de la mansedumbre del animal nos fuimos arrimando cada vez más, cierto es que con actitud menos torera, hasta ponernos a pocos centímetros de sus cuernos. La confianza no sólo pierde al hombre hecho y derecho, sino que incluso a los aspirantes le da motivos para arrepentirse como vimos a continuación. El buey rumiaba con la tranquilidad infinita que daban sus cortas entendederas, tan sólo movía el rabo de vez en cuando para espantar alguna mosca cuando nos sorprendió con una sacudida de la cabeza pillándome de refilón. Ocurrió como el juego de los bolos que le das a uno y se caen casi todos, pues aquí no hubo casi, porque los dos salimos despedidos por los aires para ir a caer a varios metros despatarrados a todo lo largo.

Creo que no he referido que estas circunstancias ocurrieron bien entrado el mes de octubre, pero un octubre de los de antes, cuando se ponía a llover a primeros de septiembre hacía una “paraita” en navidad y después de Reyes seguía cayendo agua hasta el aburrimiento. Ni que decir tiene que además del barro natural producido por los múltiples aguaceros y que los bueyes son generosos en todos los aspectos y especialmente en sus excrementos, habían convertido el recinto en una especie de masa fétida en la que estábamos inmersos de pies a cabeza. Al intentar alzarnos, no sin dificultad y tras varios traspiés, en el resbaladizo amasijo nos vimos envueltos en algo pegajoso, caliente y hediondo que no sólo nos revolvió el estómago sino que fue más allá llevándose de paso el orgullo torero, el color  de las capas, el de las ropas y el del rubio cabello que adornaban nuestras cabezas aquel tiempo. Hasta las botas de agua, antes negras, quedaron incrustadas en el lodazal que amenazaba con arrastrar junto a ellas, y hasta los mismísimos infiernos, los pies y el resto del cuerpo.

De tal guisa, Juanito y yo nos miramos, nos lloramos, nos abrazamos e intentamos salir del coso renunciando a las botas hundidas, con tal suerte que, en el preciso en que alcanzábamos la valla que lo delimitaba,  apareció el encargado del avituallamiento de la bestia montado en un carro cargado de paja. No es que fuera muy listo el arriero, es que era evidente que pringados como estábamos, lanzando al aire  sollozos destemplados y, por si hubiera alguna duda, las capas en  mano daban fiel testimonio de la evidencia del intento torero.

 El hombre bajó del carro como alma que lleva el diablo y tras superar el vallado de un salto a una mano, comprobó con satisfacción que estábamos, aunque sucios, físicamente enteros y sin otras heridas que no fueran las del orgullo. Tras resoplar largamente echando afuera la angustia vivida hasta la comprobación de la integridad inmaculada, dio lo que  nos pareció sinceras gracias al cielo por no haber ocurrido una desgracia.

Pero el ángel salvador fue un espejismo porque al cabo de nada se volvió un demonio sin cuernos ni rabo para largarnos tal reprimenda que parecía que la hubiera ensayado durante largo tiempo. La adornó con exabruptos y amenazas de todo tipo, poniendo especial énfasis en las relacionadas con cortarnos ciertos atributos, entre los que sobresalía la coleta, o tal vez dijera la colita, supongo que comprendan que con el nerviosismo del momento no tenga memoria exacta de sus palabras, aunque me temo que lo más seguro es que se refiriera a ambas. Afortunadamente todo quedó en amenazas y una de las dos seguimos conservándola.

 Cuando se quedó a gusto, y tras dar su ración de paja al animal, nos alzó por la tirilla de la camisa sin decir ni una palabra, satisfecho, supongo, con la perorata. Con más asco que fuerza, nos subió al carro donde, al ritmo cansino de la mula y movido de lado a lado por los baches del carril, nos fuimos acercando a las primeras calles a la vez  que nos rebozábamos en los restos de paja sobre los que nos colocó. Los restos vegetales se asieron a la masa de barro que nos envolvía consiguiendo que más que dos aspirantes a toreros tuviéramos el aspecto de una pareja de espantapájaros enanos.

El pueblo, que no estaba a más de diez metros, andaba revolucionado porque las respectivas progenitoras habían echado en falta a sus retoños y, como es sabido, eso siempre desemboca en histeria. Cuando llegamos aún no era colectiva, pero tenía visos de que de haberle dado tiempo lo hubiera conseguido. Afortunadamente nuestro ángel-demonio salvador puso en antecedentes, voz en grito, a la parroquia de que traía a los retoños, si no o de buen ver, al menos con la salud incólume. La información calmó, hasta donde pudo, aunque sin lograrlo totalmente hasta que un abrazo maternal y una revisión completa de miembros y zonas vitales lo confirmara.

Es curioso, pero cuando esperas que el cielo caiga sobre tu cabeza, un golpe de suerte inesperado, una liebre que salta o un abrazo hace que todo quede en suspenso colgado de un tenue hilo que depende no ya de ti o de los tuyos, sino de los comentarios de las vecinas.

 Las vecinas, como es bien sabido, son la memoria colectiva del pueblo llano, aunque esa memoria suela extraviarse ante la realidad con cierta asiduidad y dependiendo de las ocasiones y de a quién criticar. Lo que no hay duda es que son diversas y múltiples, como lo es el contenido de una caja de la suerte donde al meter la mano sin mirar puedes alcanzar un suave peluche o un clavo con el que te pinchas. Así son ellas, índices bursátiles del barrio donde se cuece la historia y el futuro de quien, como nosotros, habíamos dado libre albedrío a la imaginación en busca de lo que suponíamos el tesoro de la consagración taurina. Aunque no sea disculpable, me gustaría indicar que entonces Diego  Puertas o Paco Camino eran  en la España de mi infancia lo que son hoy Messi o Ronaldo para los niños.

Como decía, a pesar de los pocos años con los que contábamos, no sé si por intuición o por ciencia infusa, porque lo que es evidente es que no lo era por conocimiento científico, sabíamos que las vecinas tenían el poder de cambiar el curso de los tiempos y, sobre todo, el curso del castigo que nos esperaba por nuestra travesura; por eso, cuando la distancia fue lo suficiente corta como para que nuestros sollozos pudieran derretir sus corazones, comenzamos a llorar como si el mismo lucifer nos estuviera desgarrando las entrañas.

Los  plañideros lamentos hicieron su efecto en la mayoría de la concurrencia femenina y en especial en Doña María, una mujerona de pelo blanco que lloraba incluso cuando le contaban un chascarrillo, hasta tal punto que no pudo aguantar más y salió corriendo hacia el carro que nos portaba como condenados a garrote, dejándose atrás una zapatilla de pana de esa de estar en casa pero que servían lo mismo para la camilla de cisco que para ir a la Iglesia los domingos.  Mientras se acercaba moviéndose en su cuerpo todo lo que en una mujer entrada en quilos y en años es movible, se le escapó de lo más profundo de su pecho un “angelitos” que tuvo, durante unos segundos el poder de detener al mundo y quizás las represalias.

Al llegar al lado del carro y distinguir en la oscuridad nuestras fachas embardunados de heces, barro y paja, este hecho actuó con un freno definitivo en sus ímpetus de abrazarnos y se conformó, quizás con dolor, con alargarnos la mano que, cuando intentamos asirla en gesto de agradecimiento, disimuladamente retrajo. De todas formas duró poco su minuto de gloria porque las que eran nuestras madres llegaron un instante después, y mal está el decirlo, pero tampoco se decidieron a abrazarnos, porque en honor a la verdad en aquellas condiciones abrazarnos era como  abrazar dos mierdas de doce quilos.

Tomó la palabra el vecindario, en especial ellas, y algunas se decantaron a nuestro favor descaradamente con frases como: “pobrecitos, ha sido una travesura”, “ ya no lo van a hacer más, bastante tienen con el susto que se han llevado” y otras parecidas, queriendo quitarle hierro al asunto, cosa que agradecimos en nuestro fuero más íntimo. Pero en todo rebaño hay una oveja negra y no podía faltar aquí. Fue la Señora Lucrecia, mujer del Guardia Civil Falcón un tipo parecido a un oso, quien con muy mala idea soltó a media voz, lo justo para que todo el mundo le prestara atención,  “¡cómo no van a hacer burradas si los están criados como salvajes!”.

Supongo que nuestras madres la oyeron y se mordieron la lengua porque no era el mejor momento para empezar una trifulca. De la mano, Juanito calle arriba y yo calle abajo, sin oposición, pero con el cuerpo tieso y las piernas rectas, porque la mezcla ponzoñosa que nos envolvía empezaba a tomar consistencia sólida, nos condujeron las respectivas hasta la casa donde un baño de cinc fue colmándose de agua tibia al ritmo que la hornilla de gasoil tardaba en calentarla.

Una vez el baño lleno y al lado justo de la copa de cisco que algún alama caritativa había traído para calentar la habitación, pasé dos horas en remojo restregado hasta el perder la primera capa de piel y la capa de la torería -!amada capa mía!- que terminó sus aventura al día siguiente como las brujas o los libros prohibidos, derretida por el fuego de una pira con la anuencia de gran parte del vecindario. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Una vida autocrata, por José García.


Fui el menor de los cinco hijos que tuvieron Gonzalo y Mercedes, mis padres. Nací un 5 de febrero de 1875, en Tordesillas, donde mi padre ejercía de Juez municipal, único sueldo que entraba en casa, por lo que la escasez atenazaba nuestra economía familiar. Aunque ello no fue óbice para que mi madre nos inculcara y nos educara en conceptos como el honor y el orgullo. Que yo asimilé pronto, pues recuerdo que de muy pequeño, mi madre cuando comentaba sobre mi carácter decía: “Este niño tiene raza.” De ahí, quizás, la inclinación que siempre tuve hacía lo militar. Pero la falta de recursos me lleva en otra dirección y mis estudios de secundaria los realizo recluido en un seminario diocesano local. Aunque no estaba dispuesto a pasar el resto de mi vida dedicado a la contemplación y a la oración; mi carácter extrovertido y díscolo (de raza como decía mi madre), me empujaban a otras glorias y en busca de ellas me escapé.

Puse rumbo al Ferrol, donde residía una tía mía, para buscar su ayuda. Con su complicidad conseguí convencer a mis padres, sobre todo a mi padre. Así con quince años ingresé como voluntario de corneta en el cuerpo militar. Pronto pude comprobar que mi virtuosismo musical era un desastre, por fortuna fui promovido como artillero de 2º. Mientras tanto mi padre medió entre sus influencias y unos meses después, una vez cumplido los dieciocho años, conseguí entrar en la Academia de Caballería de Valladolid, de donde salí con el grado de Teniente segundo, en 1896.

Mi nombre, pensé que no sería necesaria presentación alguna, pues por mis hazañas y acciones enseguida me reconoceríais, pero no hay inconveniente alguno, me llamo: Gonzalo Queipo de Llano y Sierra. Como habréis podido comprobar, mi formación, desde la educación materna hasta la militar, ha estado cimentada en los principios tradicionales de amor a la patria, obediencia al mando, culto al honor, lealtad, valor frente al enemigo y disciplina ante todo; aunque siempre mantuve una cierta teoría recíproca y personal sobre todos estos conceptos: “Solo debo lealtad a la persona que me es leal.”

El mismo año que salí de la Academia, arribé en Cuba, donde libramos con EE.UU. las últimas batallas por el control de las colonias de ultramar, de allí regresé con fama de “intrépido, arrojado y audaz.” Casé con Genoveva, tuvimos cinco hijos (cuatro niñas y un niño), por lo que para promocionarme y cobrar más, marché a Marruecos. A partir de aquí, mi carácter y la  máxima a la hora de concebir los principios tradicionales, me ocasionan una serie de encuentro y desencuentros en lo militar y en lo político un tanto pendencieros, que culminan postergándome, sin posibilidad de ascenso, en la reserva, por la Junta Clasificadora Militar, controlada por el propio Miguel Primo de Rivera, clasificándome de “indisciplinado, díscolo y difícil de ser mandado.” Y posteriormente, tras la intentona republicana del aeródromo de Cuatro Vientos en 1930, expulsado del ejército.

Aunque para mí lo más importante, como le contesté al general Cabanellas cuando se opuso al nombramiento de Franco (Paca la culona), ya que él era más antiguo en el escalafón. “Lo único que quiero es la salvación de España, me da igual quien lo consiga. Que se salve España aunque la salve el diablo.” Pero vayamos por parte y no adelantemos acontecimientos; veamos cómo fueron desarrollándose los mismos. Fui sorprendido cuando me disponía a batir en duelo con un periodista. Fui encerrado en el Castillo de Santa Catalina de Cádiz, por significarme en una manifestación de oficiales en Madrid. Se publicó mi participación en otro duelo, en éste  como testigo del general José Sanjurjo contra el coronel José Riquelme. Primero simpaticé con la dictadura de Primo de Rivera, amigo mío, pero los continuos roces y enfrentamientos  terminaron por alejarme, además de ser destituido como Gobernador Militar de Córdoba. Fueron tantas las acusaciones que formulé contra él y su partido, Unión Patriota, cuyas siglas UP las comparé con Urinario Público, que una vez caído, tuve un enfrentamiento a puñetazos con sus dos hijos José Antonio y Miguel, así como con Sancho Dávila y otros cuantos parientes jóvenes y arribistas del dictador en una cafetería.

Por enfrentamientos con mi superior, fui nuevamente expedientado. Participé en numerosas,  arriesgadas y temerarias, acciones en Marruecos. En una de ellas sumariado y arrestado por una presunta negligencia o indisciplina en la protección de la columna del general Riquelme. Aunque en medio de toda ésta vorágine, alcancé el grado de General de Brigada. Luego vino lo del aeródromo de Cuatro Vientos (1930), junto a Ramón Franco, allí hice uso por primera vez de la radio, elemento con el que después me signifiqué para gloria de España, para pregonar la sublevación y proclamar la República; pero aquello fue un fracaso, afortunadamente pude huir a Portugal y de allí a Francia.

Eran mis desvelos por la Patria, lo que me hacía vivir en precario, por lo que me dije que si triunfara algún día la República, y en premio a mis sufrimientos, pediría que cada español me diera una peseta, nadie sufriría el menor perjuicio y yo sería millonario.

De momento éstas circunstancias tuvieron una más temprana recompensa; una vez instaurada la República, solo tuve que apoyar las reformas de Azaña como Ministro de la Guerra, además emparenté como consuegro con Alcalá Zamora, Presidente de la República. Así recuperé mi condición en el ejército y ocupé distintas responsabilidades militares, asciendo a General de División, pero nuevamente surgen inconvenientes, a los que respondo una y otra vez; “Ni Monarquía ni República, solo Patria.” Estas cristalizan cuando en febrero de 1936 gana las elecciones el Frente Popular, se opera en mi un cambio y creo llegado el momento de ofrecerme a misiones salvíficas que preserven nuestras irrenunciables esencias patria, contra la degradación, la perversión y el catastrofismo a que nos abocan marxistas y masones.

En mi primera entrevista con el general Emilio Mola me comprometo plenamente con el levantamiento militar. El general Sanjurjo, que en un reciente viaje por Alemania, ha podido comprobar las posibilidades de los regímenes totalitarios, aceptó encabezar la rebelión. Operación se produciría de manera sincronizada; Franco por el sur, Mola por el norte, Goded por el nordeste y Sanjurjo acudiría en avión desde Portugal, haciéndose cargo del directorio militar.

Yo por mi destino pude moverme con cierta libertad, burlando así la vigilancia del Gobierno del Frente Popular, me hubiera gustado sublevarme en Valladolid, pero a última hora, pesó mi historial y la dirección del Comité de Conspiradores, me largaron el mochuelo de Sevilla. No en vano tenía el sobrenombre de Sevilla “La roja”; nadie podía entonces imaginar, que dicha decisión me encumbraría en la gloria y en la historia. Sevilla fue clave en la salvación de España, pese a no hacerse explicito dicho reconocimiento. Primero porque, al no caer en un primer momento las ciudades con puerto de mar, el aeródromo de Tablada sirvió de puente con las tropas del norte de África. Y posteriormente, por poder contar con La Pirotecnia Militar de Sevilla, que fabricaba munición de diversos calibres, desde armas cortas hasta cañones, que con  la de Toledo, las más importantes de España. Convirtiéndose Sevilla en una de las bazas logísticas de la España sublevada.

Pues bien, en la tarde del día 18, me dirijo a la Capitanía General, situada en la plaza de la Gavidia, anexa al cuartel de San Hermenegildo. Hice detener inmediatamente al General Jefe de la II Región Orgánica, al Gobernador Civil y demás autoridades, arresté y condené a muerte de forma fulminante a los 200 guardias de asalto que se resistieron. Al mismo tiempo y para abortar la posible, aunque precaria, defensa de los barrios como Triana, Macarena, San Marcos, San Julián y otros, donde se incendiaron iglesias y edificios de la aristocracia, como familia Marañón, Fernández Palacios, Grosso, Brackembury o la Fábrica de Jabones y Perfumes del marqués Luca de Tena, propietario del diario ABC; antes de publicar el Bando de Guerra, se organizó o consintió una cierta revuelta que generase el caos social, situación propensa para desmanes y saqueos, a cargo de comandos civiles armados (pistoleros), contaba para ello con la ayuda de José García Carranza “El Algabeño”, un afamado torero, que se había ofrecido con 1500 falangistas, aunque estos se quedaron en 15, a los que sumamos 60 liberados de la cárcel. Había que ir a la destrucción física de los cuadros de los partidos políticos del Frente Popular, de los Sindicatos obreros y de organizaciones masónicas. En los días sucesivos en Sevilla, el Tercio y los Regulares, consolidaron la toma de la capital con el empleo de la artillería y la ferocidad de éstas tropas, contra los barrios que resistían.

Asentado en Capitanía y con la ayuda del teléfono, el telégrafo y sobre todo del micrófono (la radio), pude controlar rápidamente la capital y parte de Andalucía. Fueron más de 500 proclamas, la mejor propaganda para la guerra psicológica. Tenía que alentar y animar a los partidarios nacionalistas en zonas republicanas y amedrentar al enemigo con un lenguaje directo y popular.

Me enervaba sentir que mis consignas minaban y aterrorizaban a los enemigos de la patria, en ellas traducía la máxima establecida por Mola: “Es necesario crear una atmosfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros. Tenemos que causar gran impresión, todo aquel sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado.”

No me tembló la voz, ni el corazón cuando hice uso de la radiodifusión para acabar con la moral del enemigo, señalando el camino a los nuestros: “Nuestros valientes Legionarios y Regulares, han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen.” “Mañana vamos a tomar Peñaflor. Vayan las mujeres de los rojos preparando sus mantones de luto.” “Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Rio, id preparando sepulturas! Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros, que si lo hicierais así, quedareis exentos de toda responsabilidad.”

Al igual que cuando tuve que tomar Málaga, con parte de mi familia allí, que finalmente fueron liberadas, pues al efecto disponía de rehenes y cuya vida conservaba en previsión y utilidad de algún intercambio. En la cárcel de Melilla, tenía a la familia del general republicano, José Miaja, y cada noche le lanzaba un mensaje o recado en la radio: “Miaja tenemos a tu familia en nuestro poder y ellos pagaran con sus vidas en represalia por lo que tú hagas.” También pude canjear, al final de la guerra, a mi hermana Rosario por el hijo de Largo Caballero, al que mantenía, con ese propósito, en la cárcel de Sevilla.

Finalmente, desde la declaración del Bando de Guerra, que me consagró de autoridad legal y jurídica, no había mayor autoridad que la mía en toda Andalucía. Mis detractores me denominaban “el virrey de Andalucía”, pero ello me revestía de la autoridad necesaria para dejar sentada la relación de poder. Bajo mi mando dicté disposiciones comerciales, exigí gabelas, repartí casas, repartí licencias de exportación, organicé y distribuí el trabajo forzado de los prisioneros, extendí el cultivo del arroz en las marismas del Guadalquivir en terrenos arrancados a aquellos terratenientes que hubieron simpatizados con la causa del republicana.

Favorecí a los hombres de bien. A los enemigos les señalé una y otra vez mi sistema; por cada uno de orden que caiga, yo mataré a diez extremistas por lo menos (…) los sacare de debajo de la tierra si hace falta, y si están muertos los volveré a matar. Esta situación se prolongó hasta final de febrero de 1937, a partir de este momento ordené, a todas las autoridades dependientes de mi jurisdicción, seguir  el procedimiento judicial indicado. Fui, por entonces, nombrado Consejero Nacional de Falange de la JONS. Pero las distancias con Franco (Paca la culona), se ampliaban cada vez más, e intentaron sacarme de Andalucía; Franco me ofreció un Ministerio en su primer Gobierno, que rechacé; Serrano Suñer acaba con mis charlas radiofónicas y finalmente soy destituido; quisieron mandarme a Argentina como embajador, pero no era bien recibido; y estuve en Italia en misión militar. Después de mi destierro romano, porque no puede llamarse de otra forma, regresé a Sevilla retirado o disponible forzoso.

En 1944, fui condecorado con la Laureada de San Fernando, y en 1950 me concedieron el título de Marqués de Queipo de Llano.

Pero nada puede aliviar el amargor y frustración  que siento, yo mismo me he nombrado viejo honorario y he decidido no volver a hacer sacrificio alguno en servicio de mi patria. Ya he cobrado por servirla cantidades fabulosas de ingratitud. Solo pienso en que siga viviendo la patria para que yo pueda cobrar. Es triste ¿verdad? pues así me han hecho los españoles. Loco, toda mi vida, por un ideal; que fue ver grande a mi patria.

Posdata: “El libro negro de la humanidad”, (Critica 2012) escrito por Matthew White, que reúne las cien peores atrocidades de la historia del mundo. En uno de los rankings que ofrece;  sobre quien eliminó de forma directa (ejecutados) más opositores políticos, Francisco Franco aparece en sexto lugar.

Así mismo, Queipo Llano, fue uno de los treinta y cinco altos cargos del franquismo imputados por la Audiencia Nacional, en el sumario instruido por el juez Garzón, por los delitos de detención ilegal y crímenes contra la humanidad.

martes, 26 de febrero de 2013

La Misión, por José Miguel García.



Cuando compré la casa en el verano de 2004, me costó disimular la emoción que me embargaba: el precio había sido razonable, la situación de la vivienda era magnífica y aunque llevaba cerca de veinte años cerrada había necesitado muy pocas reparaciones.  Una de las razones más poderosas que me llevó a su adquisición fue la magnífica biblioteca que albergaba cerca de cinco mil volúmenes. Para mí la lectura siempre ha sido una necesidad, por eso cuando supe que en el precio se incluía, no tuve ninguna duda en cerrar el trato con urgencia.

Cuando tomé posesión, tras unas pequeñas reformas, que no incluyeron la biblioteca, lo primero que hice fue proponerme catalogar la colección de libros utilizando medios informáticos. Como la tarea era importante y la cátedra de Historia Moderna se llevaba una buena parte de mi tiempo, pensé en la conveniencia de buscar ayuda. Tras meditar entre varias personas que podrían ser válidas para la labor, me decidí por Susana, una señora mayor y soltera, de reconocida aptitud para estos menesteres. Cuando se lo propuse se mostró encantada y, tras concretar su remuneración y que no entraba en conflicto con la dedicación exclusiva como funcionaria de carrera, acordamos que los martes y jueves, tras su trabajo en la Biblioteca del  Vicerrectorado, acudiría a echarme una mano.

Llevábamos más de dos meses catalogando, anotando y tasando, cuando una tarde  entró en mi despacho, donde terminaba un artículo para una revista sobre la segunda guerra mundial, anunciándome que había encontrado un sobre cerrado entre dos libros de la estantería superior. Enfrascado en el artículo no le di importancia, tomé el sobre y lo guardé en uno de los cajones del escritorio con la intención de echarle un vistazo más tarde.

Lo había olvidado cuando unos días después buscando unas notas reparé en él. Lo tomé y tras ver que en él figuraba el nombre de Frederick Bamler y una fecha, 5 de septiembre de 1976 sopesé cuidadosamente la conveniencia o no de leerlo. Durante un buen rato seguí en la duda, pero aún sabiendo que no hacía lo correcto, la curiosidad me llevó a abrirlo y echar un vistazo a los folios manuscritos que contenía.

 Al cabo de unos minutos fui consciente de que un viejo secreto había llegado a sus manos. En aquellos folios Albert Bamler, informa a su hijo Frederick de que cuando se encontraba en la parte más profunda de la selva Nueva Guinea investigando para la Fundación Bayer, le llegó con bastante retraso la noticia de la muerte de su abuelo Claus. La tardanza estaba justificada en las lógicas dificultades de comunicación de aquel remoto lugar, por lo que no pudo estar presente en el sepelio ni en la lectura del testamento, aunque para éste tema designó por teléfono a un procurador para que le representara en el acto y le informara de lo que le que le había correspondido.

Seguía la nota indicando que por lo que conocía, su abuelo no era un hombre rico, aunque mantenía una posición de cierto desahogo económico, pero dado que la relación con él había sido prácticamente nula y el número de descendientes amplio, -se había casado dos veces y había tenido cuatro hijos y una legión de nietos- no esperaba que lo que le pudiera corresponder de la herencia repercutiera de manera notable en su economía, así que no se preocupó demasiado, enfrascado, como estaba, en su trabajo.

A continuación le daba referencias de su abuelo de quien decía que había nacido en Alemania en donde le había tocado vivir los tiempos convulsos de la segunda guerra mundial. Durante la misma ocupó un cargo en el Estado Mayor de Berlín y allí vivió hasta que, unos meses antes de que el imperio nazi de hundiera, huyó de Alemania con su familia. Recaló en Granada a finales de 1945 con pasaporte suizo, suponía que con el beneplácito de las autoridades franquistas, y se dedicó a ciertos negocios de los que no nunca supo nada. Cuando falleció su abuela, volvió a contraer matrimonio con una mujer con la no congeniaron ni su hermano Ernesto ni él. Como era previsible, al cabo de pocos meses los enviaron a un internado de Madrid del que sólo regresaban dos semanas al año: una por navidad y otra en verano. Al finalizar los estudios, ambos rompieron los pocos vínculos que le quedaban con su padre y fijaron sus residencias en puntos distantes de donde él vivía. Su hermano Ernesto manchó a Paris y su padre a Barcelona.

Afirmaba que sólo lo había visto un par de veces y ambas en funerales. La primera vez fue en la de su tío Ernesto, que había desaparecido en África en una de sus muchas guerras mientras prestaba ayuda médica en un campamento de desplazados. Acudió en la iglesia unos minutos antes de los oficios, vestido completamente de negro con el pelo cortado al estilo militar en el que resplandecía el gris como en un cielo encapotado. Entró en la iglesia sin dirigirse a nadie, simplemente ocupó un lugar en la primera fila y cuando concluyeron los oficios, se levantó y se marchó sin derramar una lágrima. La segunda vez la recordaba vagamente, fue cuando su padre murió de una enfermedad degenerativa, cuando finalizó el entierro, pasó por su lado y se detuvo, le miró un segundo antes de dar media vuelta y entrar en el coche que le esperaba.
Seguía diciendo que tres meses después regresó de Nueva Guinea una vez finalizado el proyecto y fue entonces cuando supo que el anciano se había suicidado en la casa de Sevilla, donde había trasladado su residencia hacía algunos años alejándose de los fríos inviernos granadinos. Supuso que el suicidio habría tenido que ver con la enfermedad que empezaba a dejarle inválido. De su estado de salud tenía una remota idea por Braulio, la persona que se encargaba de administrar sus bienes.

Cuando desde Barcelona le llamó para enterarse de lo ocurrido, le indicó que, alertado por la mujer que le atendía durante la noche, lo descubrió sobre su cama con una pistola en la mano y con un agujero en la sien. Estaba vestido de oficial de a SS, uniforme que, sin saber la razón, aunque suponía que fue para evitar un escándalo, no aparecía en los informes que emitió el comisario a quien encargaron la investigación. En la misma conversación, le confirmó que había dejado en herencia la casa de Sevilla -lo que ya sabía por el procurador- y añadió que también había heredado una carpeta conteniendo varios sobres lacrados que los que tomaría posesión una vez que lo hiciera de la vivienda.

Al cabo de varias semanas tomó el tren nocturno  Barcelona-Sevilla. Nada más llegar se puso en contacto con Braulio y éste informó al notario encargado de los trámites de la herencia, quedando unas horas más tarde en un Hotel céntrico. A la hora fijada y una vez presentados, tomaron café y le pusieron al corriente. D. Tomás, que así se llamaba el notario, traía las llaves de la casa y una abultada carpeta que sin duda guardaban los sobres que tenía el encargo de entregarle. Juntos tomaron un taxi que les condujo a la casa.  Tras despedirlo, Braulio abrió el portón por el que se accedía a un zaguán cerrado por una reja labrada. Los guió por un patio de columnas, sosteniendo arcos blancos abrazados por enredaderas, hacia la escalera por la que accedía al piso superior. Entraron en la biblioteca donde. D. Tomás sin preámbulos le entregó la llave de la casa y las escrituras. A continuación le pidió que firmara una nota donde se confirmaba el acto de posesión. Tras la firma, le alargó la carpeta de la que no se había separado y le informó de que ya podía abrirlos según la voluntad el finado. Una vez finalizada su labor, se despidió alegando temas de trabajo al igual que lo hizo Braulio, no antes de concretar una cita el día siguiente en el hotel donde había decidido pasar la noche.

Por fin sólo, tomó la carpeta y al abrirla descubrió una nota manuscrita que su abuelo le dirigía. Una anotación entre paréntesis al margen indicaba que era una copia exacta. Volví con mayor interés los  ojos al texto y lo leí con avidez.

 Querido Albert:

Desde que naciste aunque tú nada sabes, he guiado tus pasos, me he ocupado de tu formación y he allanado tu camino hasta lo que ni imaginas. Todo lo he hecho para asegurarme de que serás digno de que la misión que me encomendaron pase a ti y la culmines. No creas que ha sido fácil durante todos estos años saberme responsable de la muerte del aventurero-anarquista en que se convirtió mi hijo Ernesto, cómo no lo ha sido sobrellevar el deterioro de tu padre, un ser débil y enfermizo. Pero me he mantenido firme porque ninguno de los dos merecía ser los herederos de esta magna tarea que ahora te asigno. Espero que no me decepciones porque si lo haces no sólo me decepcionarías a mí sino a todos los miles de camaradas que por todo el mundo esperan el día en que el pueblo alemán resurja bajo el Cuarto Reich.

Mi nombre verdadero es Claus Rudolf Bamler von Stauffenberg, Coronel del Estado Mayor de la Wehrmacht. Durante más de cuarenta años me han buscado todos los servicios de inteligencia del mundo para juzgarme y condenarme por el solo hecho de haber cumplido con mi deber. Aunque me tildan de criminal y me acusan de haber aniquilado a miles judíos, sólo he sido un soldado del Führer que cumplió con su deber. Un soldado en el que él confió un tesoro inimaginable para que lo preservara y sirviera para financiar, a su debido tiempo, el resurgimiento de la patria.

He tenido el alto honor de servir a mi pueblo durante toda mi vida y ahora que se acerca mi muerte, no me queda tiempo ni salud para finalizar la tarea que se me encomendó, por eso serás tú, que eres puro de sangre aria, quien la culmine.

En el interior de la carpeta que te ha entregado el notario encontrarás tres sobres lacrados, en el primero hallarás números de cuentas a tu nombre con grandes sumas de dinero, en el segundo sobre están los contactos y claves que te ayudaran a rescatar el tesoro del Reich, cuya ubicación consta en el tercero. En ese mismo sobre está anotada la fecha en la que debes comenzar la tarea y las instrucciones iniciales.

Me siento orgulloso de que seas tú a quien confío el secreto mejor guardado del siglo.
Un abrazo.       
                
Y firmaba, Claus Rudolf Bamler von Stauffenberg. Coronel del Estado Mayor de la Wehrmacht
 Quedé sorprendido ante aquella revelación, conocía la leyenda del tesoro oculto de Hitler, pero siempre había pensado que no era más que eso, una leyenda sin fundamento.

Continué la lectura absorto en su contenido y con la esperanza de descifrar el misterio. Albert continuaba afirmando que cuando finalizó la lectura de la carta de su abuelo le pareció tan increíble que quedó aturdido. No podía salir de su asombro al imaginar que aquel hombre era un criminal nazi ejecutor de miles de personas inocentes sin que tuviera el más mínimo remordimiento y, en el culmen de su locura, había ordenado matar a su propio hijo Ernesto; había dirigido su vida como la de una marioneta y ahora dejaba en sus manos una misión que sólo imaginarla le producía náuseas. Seguía diciendo que por un momento tuvo la esperanza de que  la enfermedad le hubiera hecho perder la cabeza y que todo aquello no fuera más que alucinaciones de un anciano. Aunque pensó arrojar el sobre a la chimenea,  le pareció una locura de tal magnitud que no se sintió con fuerzas para seguir con la duda toda la vida. Abrió el sobre marcado con el número uno y encontró una relación de cuentas bancarias de varios países con las claves de acceso y su nombre como titular en cada una de ellas. Al desgajar el segundo comprobó con horror que contenía una relación de más de cien nombres de cargos de multinacionales con sus direcciones y teléfonos en los más diversos lugares del mundo; sin valor para abrir el tercero sobre se hundió horrorizado en el sillón.

Cuando logró recuperarse, escribió que lo único que  tenía claro era lo que no haría. Repasó los nombres del listado y los memorizó confiando en su memoria fotográfica. Cerró los dos sobres abiertos y los introdujo en una carpeta. Tras meditarlo un buen rato redactó estas notas durante buena parte de la noche. Por la mañana escribió el nombre de su hijo mayor en el sobre.

Terminaba explicando que daría instrucciones a Braulio para que vendiera la casa pasados quince años y tras hacerlo, le hiciera llegar a  el dinero de la venta y la carta de forma anónima a Frederick. Afirmaba que acababa de destruir el tercer sobre y que con los otros dos se marcharía a Barcelona donde donaría a la  Cruz Roja Internacional todo el dinero que había a su nombre. Cuando terminara los trámites trasladaría una copia de los listados a los Consulados de Alemania, Israel y Estados Unidos y desaparecería. Pedía a su hijo que le perdonara porque no le volvería a ver y le rogaba que hiciera partícipe a su hermana y que le cuidara.

Rubricaba la carta con un “hasta siempre”.

No podía salir de mi asombro, el tesoro de Hitler podía ser una realidad y  había estado tan cerca de saber su paradero que me sentía abrumado. Pasé la noche intranquilo pensando si todo aquello era una fantasía o una realidad que el destino había llevado a mis manos. Por la mañana decidí investigar hasta conocer si lo que había leído era cierto. Solicité el traslado provisional a la Universidad Autónoma de Barcelona y me enfrasqué con todas mis fuerzas durante dos meses en ello. Ahora estoy a la espera del avión que me retorne a Sevilla y sé que todo fue cierto: Albert existió, donó gran parte del dinero la Cruz Roja Internacional , pero las listas nunca llegaron a su destino, según aparecía en un diario nacional murió en un incendio tras un accidente de coche: entre los restos del accidente consta en el informe policial que aparecieron tres sobres quemados de los que era imposible descifrar su contenido. 

El verdadero grial, el verdadero tesoro; por José García.


Durante un trabajo de restauración en Castellciutat, allá por 1970, precisamente en el Castillo situado en una colina con cierta preponderancia sobre el valle del rio Segre, en cuyo interfluvio con el rio Valira, se encuentra la Ciutat; tuvimos que recurrir a determinada documentación y planos antiguos, ya que está construido sobre otras edificaciones habidas con anterioridad, que afortunadamente se conservaban en los sótanos del propio Castillo.

Accedimos a los mismos a través de unas escaleras situadas en la parte posterior del Castillo, junto a otras dependencias destinadas para el almacenaje y de uso común o colectivo. Descendimos seis escalones y mediante un descansillo, giramos hacia la izquierda y descendimos otros tantos. De momento pareció que hubiéramos cruzado el linde del tiempo, como si se hubiera producido una regresión y nos encontráramos en otro mundo, un mundo de oscuridad y sombras, hasta la temperatura y el ambiente eran distintos. Te hacían percibir inquietantes sensaciones y un cierto escalofrío recorrer tu espalda. Nos encontrábamos en una amplia estancia en la que se podían observar siete sólidas puertas de madera empotradas en gruesos muros de piedras, tres se ubicaban en el muro frontal, dos a la derecha y otras tantas en la izquierda. Cada una de ellas tenía dos ranuras, una situada a la altura  de la cabeza y otra en la parte inferior de la puerta lindando con el suelo. No había duda, nos encontrábamos en las antiguas mazmorras del Castillo, en las cuales aún podían verse las argollas y grilletes que en otrora sirvieran para encadenar a quienes tuvieron la fatalidad de haber pasado por ellas. Solo contemplar el lugar era suficiente para hundir la moral y la voluntad de cualquier hombre, entre aquellos tétricos muros, aún parecían resonar sus lamentos y quejidos producidos por el tormento y el dolor.

Nos dirigimos a la puerta central de las tres que teníamos enfrente, tras abrir con una pesada llave, pudimos comprobar la solidez de la puerta y el tiempo que ésta, no se habría, pues emitió un chirrido que rasgó terroríficamente el silencio en el que todos nos manteníamos. La cámara mostraba un aspecto un tanto reprobable y desordenado, todo cubierto de polvo que con seguridad nos dificultaría la búsqueda de los citados documentos.

Al mover una de las cajas de madera que se encontraban en una estantería, dejó al descubierto unas tapas de cuero duro, que anudadas con unos cordones también de cuero, contenían un número considerado de papeles o documentos, que parecían manuscritos, que llamaron mi atención y curiosidad. Los cogí para echarle un vistazo, cuando alguien avisó en ese mismo momento, de que ya teníamos los documentos necesarios, por lo que tuve que reprimir el deseo de continuar y reincorporarme al equipo de trabajo. Durante toda la jornada no dejó de asaltarme la curiosidad, sobre el posible contenido de aquellos papeles que tan misteriosamente habían llamado mi atención. Al término del trabajo no pude contener el deseo de conocer su contenido, y solicité permiso para poder volver al sótano y dar un repaso por si encontraba algo más que nos pudiera ser de utilidad. No pusieron objeción alguna, en la seguridad que nada encontraría, pues todo era antiquísimo y por tanto falto de interés.

Bajé con cierta impaciencia, tanto que no reparé ni en las sensaciones que me había producido el lugar en la mañana. La puerta se abrió pesadamente y volvió a producir un prolongado chirrido. Cuando accedí a tenerlos entre mis manos y retirar con los dedos la capa de polvo que lo cubría, pude observar que había algo escrito en una de las tapas, que en un principio no pude descifrar, pero al acercarme a la tenue luz de la bombilla, pude comprobar que estaba escrito en Occitano o lengua Oc, que es una lengua provenzal o romance de Europa. En España, únicamente en el Valle Aran, en el pirineo leridano, es donde tiene un reconocimiento oficial una variedad autóctona, reconocida por la Comunidad Autónoma de Cataluña. Afortunadamente por la similitud del catalán y porque mis abuelos son oriundos del Valle de Aran, tengo cierto conocimiento sobre esta lengua y pude interpretar lo que decía.  

“El verdadero grial, el verdadero tesoro.”

Abrí con sumo cuidado aquellas pastas de cuero, en su interior los papeles, bien ordenados, estaban efectivamente manuscritos y con una buena caligrafía. En ese momento decidí  descifrar su contenido, pero opté por buscar otro lugar donde poder dar lectura con tranquilidad y comodidad a dicho documento. Enseguida me sumí en su lectura, en ella se narraban las vicisitudes de Alais y Guílleme y como terminaron en Seo D’Urgell, más concretamente en Castellciutat. Comienzan la narración, situando el inicio de lo que en el tiempo sería parte de su historia.

“A mediados del siglo X empieza a propagarse por Europa Occidental un movimiento religioso cristiano pero de carácter gnóstico, el catarismo, que contó con la protección de algunos señores feudales, vasallos de la corona de Aragón. Arraigándose fuertemente hacia el siglo XII en el sur de Francia principalmente entre los habitantes del Languedoc. La iglesia Católica rápidamente la calificó de herética. Tras varios intentos de misionar sin resultado alguno, en 1208, el papa Inocencio III ante la extensión del catarismo, decretó una cruzada. El Vaticano no podía permitir que se protegiera la causa cátara, como fueron los ejemplos del conde de Tolosa, Ramón VI, y del vizconde de Carcasona, Raymond Roger Trencavel, que ante esta circunstancia, pidieron vasallaje a Pedro II y éste lo aceptó.”

“Es a partir de aquí que empezamos a tener conciencia del peligro que se cernía sobre nuestras gentes. Siendo aun muy jóvenes, casi adolescentes, fuimos testigos ya que logramos huir, de la masacre perpetrada por el legado del papa, Arnaud  Amaury. Este, de camino a Carcasona, sitió la ciudad de Béziers, en la cual vivíamos con nuestras familias y junto a otros muchos cataros. Al acceder a la ciudad el legado papal arrasó con todo y ordenó masacrar a todos los cataros. Sus oficiales le preguntaron al propio Arnaud, como distinguir a los cataros de los demás, y éste pronunció la cruel y conocida frase de: Matadlos a todos, que dios reconocerá a los suyos (...)”

“(…) Pudimos escapar, al camuflarnos en unos de los carros, donde los caballeros cruzados, transportaban el producto del expolio que fue sometida la ciudad (...)”

“(…) Meses después, era Carcasona la que se rendía al asedio sometida por los cruzados al mando de Simón de Montfort, quien incumplió su palabra de dejar libres a los habitantes de la ciudadela, si el vizconde rendía la plaza. Primero, asesinando al vizconde, y posteriormente exigiendo un pronunciamiento público abrasando la fe católica para poder salir libres (...).”

En referencia a este suceso, cuentan que más de doscientas personas fueron arrojadas a la hoguera, por no renegar de su religión. Aunque no encontraron el tesoro de los cataros, pues se cuenta que antes de rendir la ciudadela, algunos elegidos, lo pusieron a salvo escapando por un pasadizo secreto.

“(…) Posteriormente, en Muret 1213, pierde la vida Pedro II, en una sangrienta y descabellada batalla. Volcándose la balanza a favor de la iglesia católica y del rey de Francia (...)”

“(…) Los que conseguimos salvar la vida emprendimos un destierro hacia otros países de Europa, principalmente Italia y España. Buen número de cataros a pesar de las dificultades y peligros sorteados, pues fuimos denigrados, asaltados y perseguidos, logramos cruzar los Pirineos y adentrarnos en España, fundamentalmente en Cataluña, por la similitud del idioma. Pusimos todo de nuestra parte para adaptarnos con celeridad a la forma de vida del lugar de acogida, pues en gran parte éramos artesanos (…)”

Terminan relatando como han traspasado de padre a hijo, el poder del grial, el verdadero grial, “(…) aquel que se encuentra en los libros, en el conocimiento y en el amor compartido con el mundo, transmitidos a través de estaciones y generaciones. Dando testimonio de nuestra historia y de la masacre de nuestro pueblo, para transmitir a la vida nuestra verdad (…)”

Terminé la lectura casi al amanecer, me había abstraído del tiempo y ello teniendo en cuenta que no soy persona de creencias religiosas ni de iglesia alguna, se puede considerar todo un logro. Aunque creo que esta lectura me reafirma más en mis convicciones, pues el documento es ilustrativo de la Europa medieval, así como la evocación de otra época que lleva a pensar que la tolerancia religiosa es intemporal.

La casa encantada, por José García.


Adrian, Alex, Chema y Rubén, enfilaban el sinuoso  e irregular camino de tierra que se abría entre los frondosos maizales y que habría de conducirles hacía la casa, en la cual, habría tenido lugar una horrible tragedia; en ella, una joven enloqueció y murió de amor, por lo que en noches como esta, aún puede verse vagar su espíritu. Habían de valerse de linternas, ya que, nubarrones movidos por el viento, parecían entretenerse en hacer aparecer y desaparecer la Luna, que lucía llena y enorme.

Adrian, que no parecía muy convencido, preguntaba insistentemente: ¿Por qué era necesario hacerlo hoy? A lo que Rubén respondía:”Ya lo hemos hablado antes, hoy se produce el perigeo, momento en que la Luna está en su punto de orbita más cercana a la Tierra y además coincide con la Luna llena, mostrándose por tanto más grande y luminosa. Pena de los nubarrones que nos privan a intervalos de tan majestuoso espectáculo. Y este es un fenómeno que ocurre cada dieciocho años y once días, en el que la Luna irradia toda la energía para hacer que esta noche sea mágica.”

En esto andaban cuando empezaron a avistar la casa. Todos callaron. Entonces percibieron el silencio, solamente alterado por el silbido provocado por el viento a correr entre los altos maizales y que los hacía moverse acompasados como una gran marea verde. Llegaron a la explanada sobre la que, en una especie de montículo, se alza la casa. Es un edificio del siglo XIX, de grandes ventanas de construcción vertical, la central consta de un saliente a modo de pequeña terraza o balcón, encima de la puerta principal.

Se observan en la fachada central dos salientes laterales, a modo de torretas, conformando en la parte central un porche, al que accede a través de seis escalones frente al gran portón de entrada. Toda la cubierta es de dos aguas, salvo la de un mirador, de planta cuadrada, que se alza por encima de los dos pisos del edificio en el lateral izquierdo de éste; así como una capilla anexa en el mismo lateral. La entrada de carruajes se sitúa en el lateral derecho del edificio, dando acceso directo, a través de una crujía, al patio central.

Todos mantenían sus miradas fijas en los grandes ventanales, atentos a cuanto pudiera ocurrir. Pero nada parecía suceder, ni un movimiento, ni un sonido, solo silencio.

La tensión afloraba y Alex sensiblemente nervioso se cuestionaba a él mismo en voz alta: “Quien me mandaría venir aquí y a estas horas”; ¿No podíamos venir de día? Los demás le contestaban, pero más pareciera que lo hicieran para convencerse a ellos mismos y aliviar su tensión: “Todo el mundo sabe que a partir de la medianoche es cuando se favorece la manifestación de estos fenómenos esotéricos, además había que aprovechar el flujo que supuestamente la Luna ejerce esta noche.”

El trecho hasta la casa estaba poblado de dos hileras de enormes palmeras, tras estas gran cantidad de arboles, en su mayoría los vulgarmente llamados “del paraíso”, aunque también podían contemplarse olivos centenarios, dos grandes sauces llorones así como una enorme higuera, que casi ocultaba con sus ramas, una antigua fuente de la que aún manaban dos caños de agua.

El silencio era atroz, interrumpido solo por el silbido del aire y el sonido entrecortado del agua de la fuente. Esperaron a las doce para entrar a la casa; subieron vacilantes y temerosos los seis escalones que daban acceso al porche. Sus miradas seguían fijas en los ventanales. Con las linternas encendidas y cámaras en ristre dispuestas para registrar e inmortalizar cualquier movimiento o ruido que pudiera producirse. Entraron con extrema cautela, se percibía una extraña tranquilidad, pues al mismo tiempo, algo flotaba en el ambiente que evitaba que esta fuera plena. Las nubes al jugar con la Luna, la hacían aparecer y desaparecer con tal rapidez, que parecían inundar y  poblar toda la casa de innumerables y sigilosas sombras. Una escalera central permitía acceder al piso superior, por un corredor que conectaba las dos alas de la casa. Por los laterales de la escalera se llegaba  al fondo patio central, antes de salir al mismo, a la derecha se abría una amplia estancia, con una chimenea de gran campana y dos poyos laterales, en el centro una rustica y alargada mesa de madera y junto a ella un largo banco, como único mobiliario un estante o estantería con las puertas casi descolgadas, dejando ver en uno de sus entrepaños un pequeño y asustadizo ratón, que huyó despavorido al contemplar a aquellos intrusos que irrumpían osados en la estancia. En las paredes aún se podían ver las señales de objetos y cuadros que en su día pendían de sus muros y cuyos clavos aún se podían observar. Salieron de esta dependencia que se adivinaba de uso común y colectivo, para dirigirse a la izquierda donde se encontraba la que debiera haber sido la cocina, con dos poyetes laterales donde se podían adivinar los huecos para el fuego y en el centro de la estancia una gran campana. Cuando entraron en ella un extraño fenómeno les aterrorizó, sus linternas vacilaron y sus cámaras y móviles parecían quedarse sin baterías, permanecieron inmóviles hasta que se recuperaron sus objetos e inmediatamente reaccionaron abandonado la dependencia. Precipitadamente se dirigieron hacia el patio, al que se accedía a través de una zona porticada con arcos y en que podía apreciar un banco construido de material y adornado con azulejos. El patio quedaba prácticamente inaccesible, en el debería haber un pozo y un pilón o abrevadero, pero era imposible adivinar dónde. Se encontraba inundado de naranjos, higueras, una gran cantidad de helechos, enredaderas y zarzas.

Contemplando embelesado esta salvaje y natural belleza, Rubén no es consciente de un gran agujero que se abre en el suelo delante de él, pero justo al llegar a su borde, un soplo helado le frena y le hace reaccionar ante el peligro. El horror y el miedo lo paraliza, los demás lo observan impávidos, las linternas vuelven a parpadear, al tiempo que un prolongado silbido les hiela la sangre, y entre aquellos tétricos muros parece escucharse unos susurros. No pudieron resistir la tensión contenida, sintieron en sus entrañas una terrible presión y salieron apresurados al exterior de la casa. Una vez tranquilizados, sin haber pronunciado palabra alguna, quizás porque ninguno quería ser el primero en desistir, amagaron con volver al interior. Pero en ese momento, en el umbral de la puerta, un viento sonoro, como un rugido, salió de la casa y aunque no hubiera nada físico que se lo impidiera, les hizo dar un paso atrás. Los cuatro se miraron el miedo se reflejaba en sus caras, un escalofrío les recorrió todo el cuerpo. Sin mediar palabras dieron media vuelta y abandonaron apresurados aquel terrorífico y siniestro lugar. 

viernes, 22 de febrero de 2013

Un mundo nuevo, por Carmen Gómez Barceló.



Son las ocho de la mañana y tengo que sacar a Germán de esa realidad paralela que son los sueños. Viéndole dormido es imposible adivinar el terremoto en que se convierte una vez despierto. Es la primera vez en su vida que se separará de mí más de dos horas seguidas, la primera vez que se adentrará en un mundo totalmente desconocido para él y tengo miedo , yo tengo miedo, no él.

Mientras le preparo el desayuno, su pequeño rostro me cautiva a pesar de que me ha revuelto todo el salón, que  se ha convertido en un campo de batalla y como tal está sembrado de luchadores  entre los que se encuentran algunos de pié y otros tumbados. Por supuesto ha sido “Takán” quién ha vencido y será él quién le acompañe en este gran día. Takán es un monstruo de manos grandes y cara de muy cabreado que se ha convertido en su compañero desde que se lo trajeran los Reyes hace ya un año.

Una vez preparados Germán, Takán, y  yo,nos dirigimos a “Alí Baba”, que así se llama la guardería a la que le llevo. El camino se nos ha hecho demasiado corto y de pronto nos encontramos en la puerta. Llamo al timbre. Ha salido la señorita con la que hice los trámites pertinentes  para su matrícula, ha dicho “buenos días” y  rápidamente  se lo ha llevado. Pero…-No me ha dada tiempo a decir nada. Ahora recuerdo que me dijo que lo haríamos así porque sería menos traumático para Germán, pero  creo que no ha sido una buena idea. No puedo separarme de la puerta y sé que no voy a entrar, por lo que no me queda otra opción que la de mirarle a través de los cristales.

Germán va de la mano de la señorita y no llora. Ella le quita el abrigo y él se rodea a sí mismo con sus bracitos porque tiene frío. Alicia, que así se llama” la seño”, no se ha dado cuenta que Germán es muy friolero. Unos niños se le acercan e intentan quitarle su Takán.-Pero… ¿ Qué se habrán creído esos malcriados? Takán es intocable. Parece que los niños han desistido y le dejan en paz. Alicia se aleja y lo vuelve a dejar solo ante el peligro,él no sabe donde sentarse ni donde dejar su mochila.

Ahora se dirigen al patio y Germán les sigue, cómo si supiera que va a un sitio bueno pués no deja de sonrreir. Nunca lo hubiera pensado, está sonriendo aunque yo no esté a su lado. Los compañeros se han subido a un columpio giratorio que puede albergar a varios ocupantes, pero…no le dejan participar del juego, no lo puedo creer, a él le  encanta ese columpio, no tienen derecho a impedirle que suba, le harán llorar. Grito con todas mis fuerzas para que me oiga la señorita pero no me escucha, y no puedo abrir la puerta para cogerlo y llevármelo a casa que es donde Germán tiene su reinado, donde con sólo mirarme, sin hablar siquiera, encuentra solución a todos sus problemas. Es mi Rey. 

Germán no puede leer su nombre, es muy pequeño y tampoco sabe cómo ir al baño y no sé cómo se las va a apañar, aunque mejor será no pensar y marcharme.

Es la hora de recogerle por fin y por más que miro a la multitud de pequeños monstruos saliendo por la puerta, no consigo ver a mi Germán, no sale, se han marchado todos y él no sale. Me acerco a la puerta y allí está en brazos de ella, la dichosa señorita. Le veo tranquilo y me extraña. Le llamo para que salga, él me mira y se baja de sus brazos. Con calma, sereno viene hacia mí, me dice “hola” simplemente y me quedo de piedra. ¿Cómo no ha venido corriendo y llorando, pidiéndome por favor que nos vayamos a casa, a nuestra casa, pidiéndome que no le llevara más a aquél horrible lugar?. Era lo que esperaba, lo que hubiese sido normal, pero no, todo lo contrario, ha sido increíble. Germán quiere volver y  yo no lo entiendo. No puedo entender lo sencillo que le ha parecido cambiar toda la mañana su pequeño reinado por esa peligrosa guarida sin acordarse de mí siquiera. Desagradecido…