viernes, 19 de diciembre de 2014

Juicio, por Samuel Lara




La balanza está lista, la pluma se encuentra a un lado y en el otro su alma. Al principio no se mueve. Hay jeroglíficos en las paredes y estatuas de lo que parece un hombre con cabeza animal. Al fondo se encuentra Osiris, dios que juzga las almas. Si esta pesa más que una pluma, el propietario sufrirá un destino peor que la muerte.

Encadenado, Psycus camina hacia donde le espera Osiris. El que regrese a la vida o no depende de lo que pese su culpa. Osiris sonríe como si Psycus estuviera a punto de ser destruido.

- Bienvenido a tu final Psycus, o Jake, o como quiera que te llames en realidad_decía Osiris_ tu juicio empieza ahora, repasaremos todos tus pecados.
_ Pues tienes para rato, tengo mil ciento cincuenta y dos años_ le dijo Psycus riéndose.
_ Yo seré quien ría el último_ dijo mientras miraba las páginas en las que se resumían las acciones que llevaron a Psycus a esa situación_ empecemos con los chicos a los que engañaste y convertiste en bestia para tener a tus bestias arcanas.

Entonces aparecieron cuatro chicos, cada uno de menor edad que el anterior, uno de ellos era físicamente exacto a Psycus. La balanza empezó a desestabilizarse.

_ Hace veinte años te introdujiste en la familia de estos chicos, sustituyendo a uno de ellos y haciendo que otra familia se hiciera cargo de él, entonces, después de varios sucesos les borraste la memoria y quitaste sus poderes. La culpa te reconcome ¿verdad?

Sus miradas confusas atravesaban el corazón de Psycus, aquel sentimiento reprimido subió a la superficie.

_ Solo quería que fueran humanos de nuevo y que tuvieran una vida normal, han pasado por demasiado. Sé que es por mi culpa, pero no puedo enmendar errores que no sabía que estaba cometiendo._ se defendía Psycus.

Osiris hizo desaparecer a los chicos y en su lugar hizo aparecer a los sobrinos de Psycus.

_ Tus sobrinos, a los que conociste siendo pequeños, pero desapareciste y no tuviste contacto con ninguno. Y el año pasado les pediste ayuda sin saber quiénes eran, entiendo que tu memoria no estuviera, pero podrías haber ido a cualquier lugar, ¿por qué no hiciste nada para evitar muertes innecesarias, las atrocidades de tu hermana y tu cuñado contra sus hijos?_ hablaba Osiris.

Klaus apartaba la mirada, esos recuerdos le atormentaban. Mientras apretaba sus puños, se preguntaba el por qué no le ayudó.

_ No tengo respuesta para eso_ decía Psycus mientras la balanza se inclinaba más y más_ hubiera querido que sus vidas fueran normales, ya era suficiente con una madre bruja, mi presencia solo les haría sufrir, mi vida no es como la de ellos, al menos no lo era, pero ya era tarde. Os pido disculpas, solo quería proteger a las personas que quería más que a mi vida.

La balanza empezó a inclinarse mientras el alma brillaba más, haciendo que la pluma fuera lo que pesaba más. Las cadenas se destruyeron y los testigos corrieron a abrazarle.

_No puedo reparar mis fallos, pero nuestro futuro es lo que importa, Klaus, Rebekah, Elijah, Kol, Esther, Finn, Sam, Shei, Nate, Phill, Hayley, Hope y todos aquellos a los que he conocido son parte de él. Si volví a nacer era para vivir una vida nueva.

Supongo que ganas tú, la pureza de tu semilla se ha vuelo más brillante y tu alma, aunque manchada, ya no es oscura. Cuida a tu manada, esos ojos esmeralda no se le dan a cualquiera_Concluyó Osiris.

Osiris desapareció con el lugar, dejando a Psycus y a los otros en un establo. Después de llegar a Nueva Orleans, Psycus salió al balcón junto a su hermana Esther.

_ Nuestra relación es un poco difícil, aunque te quiera, se que algún día deberé matarte, justo como hace mil años predijiste. _ dijo Esther mientras le caía una lágrima.
_ Los ojos de obsidiana están cerca nuestra madre lo dijo, después  no podré hacer nada._ comentaba Psycus_ Aunque Klaus acabará contigo antes, y le dejaré, has cambiado demasiado, como madre.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Entre fuego y granizo, por Matilde López de Garayo



Hubiera preferido no tener que recordar nunca más aquel episodio de hace más de veinte siete y por el  aún me siento culpable. Fue una de las pocas veces que he reaccionado con excesiva agresividad. Perdí totalmente la paciencia y me dominó la cólera. Las escenas suceden con toda nitidez por mi cabeza y aún me reconcome el sentimiento de culpabilidad. Mi ira recayó sobre un niño. Un chiquillo que sufría humillación por parte de su padre.

Puedo excusarme por lo joven que era o por mi inexperiencia  o por las circunstancias en que se desarrollaron los hechos, aunque no hay razones que justifiquen el maltrato de un niño.

Había cumplido los veintitrés años y era monitora scout, en concreto de Lobatos oscilando su edad de ocho a doce. Nos encontrábamos en la loma del Caballo, en un campo de cerezos.

Aquella mañana amaneció con el cielo totalmente despejado. Era mi día de descanso y mi novio había aprovechado para visitarme. Montamos una tienda de dos plazas alejada del campamento. Con tanto niño correteando por allí era la única manera de disfrutar de un poco de intimidad. Después de comer nos echamos la siesta sin darnos cuenta que el cielo se encapotaba, volviéndose cada vez más oscuro.

De golpe empezó a precipitarse algo encima de la tienda. Abrí la cremallera y me asomé al exterior. Unos granos de más de un centímetro caían del cielo con violencia e iban cubriendo rápidamente el suelo con un manto blanco. ¡Granizaba un 15 de julio!

Los niños empezaron a chillar: ¡Fuego! ¡Fuego! Salí rápidamente de la tienda con intención de averiguar que pasaba. Resbalé por primera vez al intentar levantarme. Los críos se habían metido en un refugio de cabras, con paredes bajas y el techo de madera. Encendieron una fogata y las llamas alcanzaron los palos del tejado y los prendieron. Asustados salieron todos corriendo,  dejando la cabaña a merced de la hoguera. Delante de mí, el fuego devoraba dos, tres árboles. La sequedad de los troncos y de las ramas y la brisa que se había levantado, ayudaban a que unas briznas imperceptibles saltasen de un cerezo a otro, arrasando los árboles a gran velocidad. El campamento era un caos, uniformes amarillo, azules y ocres, responsables y cocineros corríamos y nos deslizábamos sobre el suelo de granizo continuamente. Todos bajo un miedo colectivo,  pensando que íbamos a morir achicharrados. Con muchísimo esfuerzo conseguimos organizar una cadena desde el riachuelo hasta el fuego, utilizando cualquier recipiente que sirvieras para llenarlo.

Algunos monitores y pioneros subieron a un pequeño montículo cargados con la primera tanda de peroles para vaciarlos desde allí. Pero nos costaba llegar a ellos, en el terraplén rodábamos una y otra vez y las cacerolas, ollas y cubos se caían con nosotros desparramándose el agua. Una de las veces en que me encontraba en el suelo un compañero me gritó:

-¡Concha ve a calmar a los lobatos, están histéricos!! ¡Llévatelos lejos! - Me resbalé un par de veces antes de que me pudiera levantar. Sentía las rodillas doloridas de frenas las caídas con ellas. Conseguí reunir a los chavales en un pequeño descampado. Caras aterradas y cuerpos tiritando de miedo o de frío, ropa  manchadas de barro y empapados ¡Era una imagen patética!
Intenté distraerlos cantando, aunque la voz no me salía del cuerpo.

A Eva, no podía ser otra, le dio un ataque de histeria. La abracé y empecé a quitarle hierro, fingiendo que me reía y diciéndole que pronto todo aquello sería sólo u  mal recuerdo.
Su hermano, Mario, una de esas personas con mirada siniestra y digo siniestra porque siempre vigilaba mis actos me zarandeó y comenzó a chillarme: ¡Eres tonta!   Tú perdiendo el tiempo y Álvaro jugándose la vida por nosotros. Eres... Eres ¡Una estúpida! - Y me dio una patada, mientras me señalaba la pequeña colina donde tres jóvenes se enfrentaban a las llamaradas con las cacerolas medio vacías. Me quedé paralizada la distinguir quienes eran. Todo sucedió tan rápido. Como si el fuego hubiera extendido dentro de mi cabeza. Me giré con rabia hacia él y le agarré con tanta fuerza de la camisa que sus pies no rozaban el suelo. Pensé en estrellarlo contra un árbol. Lo bajé mientras que le inmovilizaba la cabeza obligándole a mirar a los tres que se estaban jugando la vida. Tal era mi agresividad que los lobatos se quedaron mudos.

-¿Dónde  está tu querido jefe de campamento, Mario? - Le chillé con furia -¿Al lado del fuego? ¡Idiota! -Y le zarandeaba -No está... Está el tercero de la cola -Respondió asustado – Y ¿Sabes quién es el segundo? ¡Subnormal! - Le volvía a preguntar e insultar - ¡No! -Decía con un hilo de voz- ¡Míralo bien! So desgraciado¡ Míralo bien! ¡Mi novio! Es mi novio ¿Y el que está más cerca del fuego? ¡Imbécil!- ¡No! ¡No! -Repetía llorando -¡No! ¡No lo sé! -Notaba que estaba tiritando, pero no me importaba -Mi hermano pequeño ¿Te enteras? Mi hermano pequeño Y  ¡Tú! ? Encima que estoy intentando calmar a la histérica de tu hermana. ¿Sabes?....¡Eres un desgraciado! ¡Un amargado a tus diez años! ¡Me das lástima! No eres más que un viejo prematuro...

Y allí en el momento más inoportuno le chillé, le insulté y le dije todo lo que me había estado callando en los campamentos anteriores. Por el acoso que había sentido todas las veces que me tuve que levantar de madrugada por las rabietas de su hermana y él allí esperándome y cuestionando toda lo que hacía. O cuando lo descubría detrás de algún árbol o muro espiando las actividades que compartíamos con los pioneros, los más mayores. Me resarcí del mocoso en aquel instante por el hostigamiento que había sufrido durante meses.

 Las primeras gotas me hicieron reaccionar. Tome conciencia de dónde nos encontrábamos, de quién era yo y de quién era él. Respiré hondo a la vez que notaba la lluvia en mi cara. Los chicos habían desaparecido. Solo nos quedamos los dos. Nos sentamos abatidos y derrotados en una roca. Le cogí la mano. Una mano deformada por una quemadura que sufrió cuando era pequeño y metió la mano en un brasero. Se la acaricié a la vez que recordaba lo que me habían contado mis compañeros. De cómo su padre se mofaba de él y sólo tenía ojos para su hermana, la perfecta.

A mi edad y con mi falta de experiencia no tenía ni idea de cómo se trataba una situación así. Y lo único que se me ocurrió fue decirle -¡Perdóname, Mario! – Me quedé callada y él me sorprendió contestándome – ¡Y tú a mí, Concha! – Le eché el brazo por encima de sus hombros e incliné mi cabeza sobre la suya  mientras nos empapábamos. Él no se desprendió del apretón sino que sus cortos brazos rodearon lo que pudieron de mi cintura.

Tres años después de aquel fuego que tubo en jaque a la Guardia Civil de Sierra Nevada, me despedí del grupo. Mis compromisos de estudios y trabajo me obligaba a cerrar esa puerta en mi vida. Mario y yo nos mantuvimos a distancia durante ese tiempo. Yo  le evitaba por vergüenza o remordimientos. Él, no supe por qué.

Todos uniformados se fueron despidiendo. De refilón yo me percataba del que muchacho adrede se iba quedando el último. Al final no tuvo más remedio que acercarse. Noté una sombra de bigote y unos granitos en la piel, se estaba haciendo un hombre. Me tendió la mano. Su mano quemada. Ya no la ocultaba. Yo le di un fuerte abrazo  y él aprovechó para decirme:

-Ya que no te  vas a poner más la pañoleta. ¿Por qué no me la regalas?

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Bofetada sin manos, por Matilde López de Garayo



Mauricio llegó a la pequeña residencia de estudiantes un mes después de comenzar el curso. Su equipaje consistía en una enorme y vieja maleta y  un estuche que contenía un violonchelo. Acababa de terminar una gira con su cuarteto de música barroca por algunos pueblos del norte de España. Pero ahora estaba en la capital, como un universitario más y deseando comenzar la carrera de psicología.

Su pelo largo recogido en un coletero, su gabán tres cuartos de un color impreciso entre el beige y verde de constitución delgada, metro sesenta y cuatro de estatura y su aparente desaliño parecía definir a un joven débil. Sin embargo también denotaba una mirada inteligente, una sonrisa franca y unas cuidadas manos que desentonaban un poco con su aspecto general.

Llamó al timbre de lo que iba a ser su hogar en los próximos meses ignorando que también se iba a convertir en su infierno en los siguientes días. Era carne de cañón. El único novato de la residencia. El resto de los inquilinos rozaban los veinte cinco años, repetidores asiduos, incluso alguno en el último año de la carrera.

Esa misma noche fue víctima de la primera novatada. Lo levantaron a las tres de la mañana y lo obligaron a ducharse con agua fría. Después permaneció en la calle tiritando durante una hora. Ya le habían avisado de la práctica de semejantes pruebas, aunque siempre pensó que eran exageraciones 

Al día siguiente lo acorralaron entre varios. Tirado en el suelo lo inmovilizaron entre cuatro para raparle la cabeza. Intento liberarse de sus agresores, lo que le ocasionó una visita al ambulatorio para que le curasen algunos cortes en la cabeza. Después en una peluquería intentaron arreglarle como pudieron los trasquilones. Cuando llegó a la residencia sus compañeros le esperaban en el salón y le chillaron cuando pasó de largo:

-¡Eh! Novato, ¡Qué lo hacemos para espabilarte! ¡Qué pareces recién salido del pueblo! –Y se quedaron cuchicheando y riendo, posiblemente planificando la siguiente novatada.

Mauricio se miró al espejo y exclamó- ¡Serán bestias! Los cortes que me han hecho...  -Se probó como pudo un gorro de lana y viendo que le molestaba dijo- No hace frío, y ¡Qué más da, el pelo crece!

No habían pasado tres días cuando sin saber cómo habían conseguido una copia de la llave de su habitación. Estuvieron interrumpiéndole durante horas incluso por la noche. Esa novatada acabó cuando entró el más veterano. Mauricio le estaba esperando detrás de la puerta  y le sujetó del brazo al mismo tiempo que le hacía una zancadilla. El veterano, Tomás, cogido por sorpresa sólo consiguió escuchar -¡Basta ya! ¿Vale? Cuando cerró la puerta la atrancó como pudo. No le encontraba sentido a aquellas vejaciones, que ellos llamaban novatadas. Había estado a punto de comportarse igual, pero menos mal que en el último momento le agarró. Y él no era así. Quizás lo más inteligente sería encontrar otra residencia, pero a estas alturas del curso sería bastante difícil. Ya le había costado encontrar ésta. 

La respuesta no se hizo esperar al día siguiente en el comedor le retiraron la silla y se calló. Le empezaron a  insultar ¡Palurdo! ¡Inútil! . Se levantó como pudo. Divisó a Tomás al fondo ajeno a lo que estaba pasando. Se cruzaron las miradas Tomás negó con la cabeza, ésta vez no había intervenido en la novatada. Mauricio  y se dirigió a su cuarto. Notaba pasos detrás de él. Le estaban siguiendo.

Su cara  colorada y rígida mostraba la tensión que estaba soportando. Abrió la puerta de su habitación, deseando refugiarse en las cuatro paredes. Encerrarse con llave y alejarse durante un rato de las bromas.
Se quedó boquiabierto cuando vio en que se había reducido su dormitorio. No se imaginaba como lo habían conseguido pero los muebles habían desaparecido: Cama, mesa de estudio, mesilla y las puertas abiertas del armario mostraban las perchas y  los cajones vacíos. Todo se había evaporado excepto una silla en mitad de la habitación y el estuche del violonchelo que permanecía apoyado en un rincón. Rezó para que no le hubieran tocado el instrumento

Escuchó las risotadas de sus compañeros detrás de él. Y sentía como sus miradas se le calvaban en la nuca. Involuntariamente se le humedecieron los ojos y sintió como se les deslizaban las lágrimas de indignación por la cara. Movía un pie hacia delante y hacia atrás como meditando la decisión que iba a tomar de inmediato. Abría y cerraba las manos con fuerza. Se estaba conteniendo. Esperó en silencio. Reparó en las dos únicas cosas que le habían dejado dentro. El ritmo cardiaco de le aceleró y numerosas partituras le vinieron a la cabeza. Decidió actuar como siempre había hecho cuando las circunstancias le desbordaban.

Entró en la habitación cogió el violonchelo. Se sentó en la silla. Abrió los cierres lentamente sin mirar a su público que lo observaba  con sonrisa sarcástica. Respiró profundamente, habían respetado el instrumento.  Se inclinó para pillar  el puntal con la cinta a la pata de la silla. Después sus  piernas rodearon el chelo y lo inclinó contra él. Lo acarició y colocó sus dedos a distinta distancia del mástil. Empezó a frotar el arco contra las cuerdas para afinarlo. Su concentración le iba absorbiendo poco a poco. Empezó a tocar. Las lágrimas habían dejado de brotar hacía minutos.

Aquel acoso, aquella humillación nunca justificada por diversión o por una malentendida integración se fue eclipsando con las notas del violonchelo. El sonido que Mauricio le arrancaba era como su voz.Una voz humana desgarrada por la ira, por la cólera, por el inconformismo. Hasta que poco a poco se fue apaciguando.

Su propósito había sido calmarse, huir de aquel momento. Pero sus efectos además fueron otros: No sólo la música llegó a todos los rincones de la residencia sino también al corazón de sus agresores. Avergonzados los residentes que habían pretechado la última gamberrada empezaron a devolver sus cosas colocando los muebles y la ropa en su sitio. Si hicieron ruido él no se enteró. 

Cuando terminó al cabo de hora y media, sin descaso, levantó los ojos y miró a su alrededor. Se sintió aliviado. Habían colocado hasta la papelera en el mismo sitio. Se asomó al pasillo que estaba desierto y silencioso. Cerró la puerta. Se apoyó en ella y llevándose la mano a la cabeza mientras se acariciaba un incipiente pelo exclamó: ¡Por fin!¡Por fin! Se acabaron las novatadas.