lunes, 19 de enero de 2015

Colector, por Samuel Lara



No me considero un asesino. No soy de los que le gusta mancharse las manos de sangre o simplemente hacer el trabajo sucio. Pero si soy de los que disfrutan al verlo, por eso me hice colector de semillas.

Todos los seres vivos tienen varias reliquias, por así decirlo, objetos sin los que no se puede vivir. Un colector se encarga de extraer las semillas estelares de un ser cuando este muere. Una semilla estelar es una parte del alma capaz, una vez extraída, de ascender al cielo y convertirse en una estrella. Pero el colector es quien se encarga de la decisión.

Durante años me he dedicado a mover algunos hilos para que mi colección aumente exponencial mente. Solo tengo que quitarles el resto de sus almas y son todo míos. Freddy, Jason, Chucky y otros asesinos famosos trabajaron para mí, todas sus víctimas las escogí yo.

Euforia, eso es lo que siento cada vez que uno de mis soldados desgarran a sus objetivos esparciendo sangre y todo lo que llevan en sus decrépitos cuerpos.

Se puede decir que soy mala persona, no tengo humanidad, la prueba son los dos brazaletes dorados con las dos joyas en cada uno, que me permiten extraer semillas a cambio de darle la mía propia a la guerrero Galaxia, la guardiana que se encarga de crear un universo estrellado, cuanto la odio. Antes molaba, era despiadada, pero esa chica lo estropeó todo.

No soy el único ser con una colección, el  mismo rey tiene una, pero el convierte algunas en estrellas, patético. Me gusta recolectar, pero el espectáculo de ver apagarse una vida mientras el cuerpo sufre desmembramientos, derrames de sangre, excitante.

Mi favorito es Jigsaw, el único al que no he controlado, todo un emprendedor. No era un psicópata, pero solo le sobraba su humanidad, aún estaba en él. Era increíble su talento, incluso muerto seguía fastidiando a los vivos y luego el amor de su vida siguió con su legado, simplemente fascinante. Su forma de prepara esos aparatos mortales, lo que haría yo con unos cuantos.

Observo, recojo y disfruto del trabajo. Semillas, semillas y más semillas, eso si es una bomba de placer.

El Secreto, por Luisa Yamuza




Siguiendo el consejo de su médico, a primera hora de la tarde Andrés recorría a paso ligero los 5 km del  paseo a orillas del Guadalquivir que daba justa fama a Coria del Río. Solía hacer dos pases, descansando al final del primero en los últimos bancos del parque Carlos de Mesa. Sin embargo, ese día sus piernas necesitaban más camino y no se detuvo. Siguió andando a buen paso por un sendero de tierra y la vegetación de ribera fue aumentando hasta llegar a cubrir el cielo. Le agradaba aquél entorno y el frescor de la arboleda le reconfortaba. El río no se veía desde allí pero sentía que el susurro del discurrir de sus aguas le llegaba a la mente a través de sus oídos y arrastraba las inquietudes que en los últimos tiempos tanto le angustiaban.

El fallecimiento de su mujer no le había sorprendido pues una larga enfermedad fue minando su fortaleza y el desenlace se produjo dos meses atrás, cuando Amparo contaba 81 años.  Su único hijo, tras el sepelio lo acompañó en los tristes trámites que suceden a la desaparición de una persona pero, como es natural, su familia lo esperaba en Zaragoza. Recibió innumerables visitas de condolencias de amigos, vecinos y de los pocos familiares cercanos. Durante varias jornadas apenas pudo dedicarse a sobrevivir. Sin embargo, la soledad no se hizo esperar y de repente golpeó su alma.

Desconcertado ante aquélla nueva sensación, buscó desesperadamente la forma de superar su aflicción. Poner orden a su alrededor pensó que sería una buena opción sobre todo porque en los dos últimos años había sido del todo imposible para ellos. Empezó por el armario de la habitación pequeña, la que usaban a modo de sala de lecturas. 

Allí la encontró. La abrió despreocupadamente pues, parecía tratarse de una caja de zapatos más, repleta de los recortes de prensa que su mujer había coleccionado durante años con la intención de documentar un libro que nunca llegó a escribir. Andrés ya había destapado varias de aquéllas cajas. Esta tenía aspecto de ser muy antigua a la vista de que estaba reforzada con varias vueltas de cinta adhesiva alrededor pero no le llamó atención hasta que al destaparla vio que no eran pedazos de periódico. No, eran cartas, y empujaban la tapa hacia arriba como si quisieran salir de su clausura. 

Con cuidado tomó entre sus manos casi todos los documentos y los colocó en forma de abanico encima de la mesa.  Eran cuartillas dobladas por la mitad, en general blancas, aunque un color amarillento distinguían a las más antiguas. También había algunas azules, rosas y verdes. Andrés observó que estaban ordenadas cronológicamente y se asombró al comprobar que la más antigua estaba fechada en 1946. Permaneció unos minutos frente a la figura geométrica que componían las cartas.  La curiosidad lo embargaba pero sentía que estaba traicionando a Amparo, que las había mantenido en secreto. Aunque, si era un secreto ¿porqué las había guardado en casa? ¿querría ella que él las encontrara? ¿cómo era posible que él nunca hubiera visto ninguna de aquéllas cartas en el buzón de casa? ¿quién las enviaba? Tantas preguntas sin respuesta se le agolpaban en la cabeza que, impulsivamente, cogió la primera de las cartas, la que había estado arriba del todo de la caja, la primera que vio. Era corta,  estaba fechada un año antes, en 1999 y empezaba de forma simple:

"Hola, espero que te encuentres mejor de los dolores de piernas y brazos que me comentabas en tu última carta. Yo también ando regular con la cadera desde que me pusieron la prótesis hace 2 años. Los años van pasando factura, ¿verdad?. Bueno lo importante es seguir sumándolos.

Por aquí las cosas van más o menos bien. A Manuel no lo despidieron al final, con lo preocupados que estábamos todos. Aunque le han rebajado el sueldo sigue trabajando que en estos tiempos es para celebrarlo. Mi nieta Amparo ha empezado sus estudios de Bellas Artes en Sevilla. No es una carrera de mucho futuro, pero ella dice que es lo que le gusta así que.... Los otros dos, ahí andan sacando a trancas y barrancas el bachillerato. Por más que les pregunto no tienen ni idea de lo que harán después. En fin, ya se irá viendo.........."

Andrés leyó con rapidez el contenido del escrito que contaba algunos acontecimientos de la vida sencilla de una mujer y su familia más cercana. Sin muchas concreciones,  saltaba a la vista que eran sucesos y personas conocidos previamente por Amparo. Parecía ser una antigua amiga o al menos una persona querida. Sin embargo, al llegar al final de la redacción, la despedida le nubló la vista: "Hasta pronto, madre". Entre un garabato superficial figuraba el nombre de Ana María.

Todas y cada una de las cartas pasaron por sus manos una y otra vez hasta que pudo hacerse una idea bastante completa de la vida de Ana María y de la relación con su madre, Amparo. Descubrió que había nacido en 1936, en plena guerra civil, teniendo Amparo tan solo 17 años y que la chiquilla había sido bautizada en la parroquia del Salvador de Sevilla. Su partida de nacimiento también estaba en la caja. Nunca vivieron juntas, la niña se crió con la abuela Felisa en Lucena, pero siempre estuvieron en contacto. Sobre todo desde que la muchacha aprendió a escribir con soltura y empezó a compartir sus experiencias con su madre.  Incluso se habían encontrado en algunas ocasiones en Sevilla, en Córdoba o en Lucena. Nunca en Coria. Ana María tenía 2 hijos y tres nietos de los que daba detalles a su madre desde sus respectivos nacimientos. 

La sorpresa y el lógico disgusto inicial de Andrés, dejaron paso a un periodo de evaluación y reflexión sobre el secreto destapado. Se hizo muchas preguntas, intentó entender las razones de Amparo para ocultarle aquella historia, pero sobre todo sintió lástima por no haber disfrutado de aquella hija de su mujer. Aprovechaba los paseos a orillas del río prescritos por su médico para meditar sobre la decisión que debía tomar. Pero su corazón y su mente no se ponían de acuerdo.

Frenó en seco, dobló la espalda hacia abajo y con las manos se sujetó en las rodillas. Respiraba rápido, tenía la cara colorada y el sudor perlaba su frente. De allí no pasaba. Recuperó el resuello haciendo círculos con sus piernas cansadas y los brazos en jarra. Según se enfriaba lo vio con claridad en su mente: la buscaría, no sería tan difícil. Lo tenía claro, quería conocerla. Y  empezó el camino de vuelta a casa, ahora caminando, no debía forzar la máquina. Aún tenía una tarea pendiente, una nueva ilusión.

viernes, 16 de enero de 2015

El Santuario, por Juan Carlos García Reyes




Un resplandor en el horizonte le llamó la atención.

Paseaba por el paseo marítimo de Chipiona a la caída del sol, observando el juego de luces que se formaba al esconderse el astro rey tras las nubes y volver a salir justo antes del ocaso, cuando la luz de la baliza brilló más de lo normal.

Fijó su atención sobre las olas del mar y se percató que la marea estaba inusualmente baja, dejando a la vista la piedra de Salmedina: aquel paraje donde una vez al año, coincidiendo con la mayor bajamar de la temporada, se celebraba un concierto.

Esa circunstancia, le hizo recordar que tenía que acercarse hasta los archivos de la parroquia para buscar una documentación para su tesina sobre la localidad. Debía buscar entre antiguos legajos intentando obtener alguna evidencia de los orígenes o aspectos excepcionales de la bella ciudad costera. Miró entre las estanterías más escondidas, las que acumulaban más polvo, entendiendo que debían de ser las más antiguas.

Por casualidad dio con unos viejos papeles que mostraban el proyecto de la edificación de un monumento al Sagrado Corazón de Jesús. Una abultado montón de escritos de un tiempo no muy lejano. Releyó, retrayéndose al momento que viviera quien las escribió, a aquella utópica propuesta de levantar un altar dedicado a Jesús en la piedra, en la convulsa época previa a la triste Guerra Civil española. Incluso la contestación de la Santa Sede congratulándose de la idea, pero a la vez desechándola por impropia en aquella agitada etapa de la historia. Leía los documentos, creyendo que eran un amplio detalle de lo que el ingeniero sevillano Mario Pérez de Olivares había diseñado.

De pronto, cuando se había relatado todo lo exponible, una duda asaltó su mente. ¿Qué serían entonces aquellos documentos guardados bajo una fina capa de cuero y cerrados con una delgada cinta de color marrón, que acompañaban a lo leído? Se dispuso a abrirlos con cautela, con delicadeza, entendiendo que debía ser algo importante. Lo que vio lo dejó sin palabras. Tenía ante sus ojos una documentación más antigua que la anterior, de un pasado muy lejano. Estaban escritos en latín, a tinta, en una escritura cursiva y en desuso. Comenzó a leerlos y a traducirlos de continuo, sin remisión.

“Yo, Marco Emilio Lépido, Pontífice Máximo de Roma, sufrago de mi propia hacienda, la construcción de un templo dedicado a la diosa Minerva, protectora de Roma, en el mismo lugar donde los fenicios levantaron un templo dedicado a la diosa Astarté, protectora de la naturaleza, la vida y la fertilidad.”

Tenía ante sí, la constatación que durante tanto tiempo el arqueólogo alemán Adolf Shulten había buscado con tanto ahínco, intuyendo la construcción de un edificio de grandes dimensiones en la piedra Salmedina. Se enorgulleció de ser el depositario de una valiosa reliquia que sabría administrar con sabiduría y templanza. Sabía que lo que reposaba con delicadeza entre sus manos era la confirmación de la presencia romana en la ciudad, y que por tanto podía empezar a rehacer su tesina. Haría suyas las palabras del cónsul y triunviro con Augusto y Antonio. Relataría sin remisión, que Chipiona, la ciudad que daba paso al devenir del río Guadalquivir; la que había sido la puerta hacia Tartessos, tenía una historia oculta y ahora descubierta.

Siguió leyendo los documentos, tratando de encontrar alguna alusión a la famosa cena que mantuvo el cónsul con Julio César la noche antes de su asesinato. O tal vez, la confirmación, en sus propias palabras, de la conversión de Sexto Pompeyo al redil romano tras la muerte del dirigente y que le valieran una “supplicatio” a manos de Marco Antonio.

Nada de eso encontró, tan sólo la valiosa información sobre la edificación de un lugar de culto durante el periodo romano y, a su vez, el mismo hecho en época fenicia.

Al salir de los archivos de la parroquia, volvió sobre sus pasos para volver a observar la piedra Salmedina. Para ver de nuevo aquella luz que le presagiara la suerte de haber encontrado los documentos, sin percatarse que alguien, que le había observado en el interior de la iglesia sin ser visto, le seguía a distancia con su mano reposando en la culata de un revólver.